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La promesa

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Z serii: Myron Bolitar #8
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La promesa
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Título original inglés: Promise Me

© Harlan Coben, 2006.

© Traducción de Esther Roig, 2006.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF: OEBO307

ISBN: 978-84-9006-780-2

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

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57. CUATRO DÍAS DESPUÉS

AGRADECIMIENTOS

Notas

Para Charlotte, Ben, Will y Eve. Sois unos demonios,

pero siempre seréis mi mundo.

1

La chica desaparecida —no habían cesado de dar la noticia, sacando siempre aquella fotografía escolar angustiosamente corriente de la adolescente desaparecida, ya sabes cuál, con un fondo de arco iris ondulante, los cabellos demasiado lisos, la sonrisa demasiado afectada, y después una instantánea rápida de los preocupados padres en el jardín, rodeados de micrófonos, la madre en silencio y llorosa, el padre leyendo una declaración con labios temblorosos—, esa chica, esa chica desaparecida, acababa de pasar al lado de Edna Skylar.

Edna se quedó clavada en el sitio.

Stanley, su marido, dio unos pasos más hasta que se dio cuenta de que su esposa ya no estaba a su lado. Se volvió.

—Edna.

Estaban cerca de la esquina de la Calle 21 y la Octava Avenida de Nueva York. No había tráfico esa mañana de sábado, pero muchos peatones. La chica desaparecida se dirigía a la parte alta de la ciudad.

Stanley soltó un suspiro de fatiga.

—¿Y ahora qué?

—Calla.

Tenía que pensar. La fotografía de colegiala de la chica con el arco iris ondulante al fondo... Edna cerró los ojos. Tenía que evocar la imagen en su cabeza. Comparar y contrastar.

En la foto, la chica desaparecida tenía los cabellos largos y de un color castaño apagado. La mujer que acababa de pasar —mujer, no chica, porque la que acababa de pasar parecía mayor, pero tal vez la foto también era antigua— era pelirroja y llevaba los cabellos cortos y ondulados. La chica de la foto no llevaba gafas. La que se dirigía al norte por la Octava Avenida llevaba unas gafas de última moda, con la montura oscura y rectangular. Su ropa y su maquillaje eran más de persona mayor, a falta de una definición mejor.

Estudiar las caras era más que una afición para Edna. Tenía sesenta y tres años, y era una de las pocas doctoras de su edad que se especializaba en el campo de la genética. Los rostros eran su vida. Una parte de su cerebro siempre estaba trabajando, incluso cuando no estaba en la consulta. No podía evitarlo: la doctora Edna Skylar estudiaba los rostros. Sus amigos y familiares estaban acostumbrados a su mirada penetrante, aunque desconcertara a los desconocidos y a los que acababan de conocerla.

Eso era lo que estaba haciendo Edna. Pasear por la calle, ignorando, como solía hacer, las vistas y los sonidos, perdida en su propio gozo personal de estudiar las caras de los transeúntes. Observando la estructura de la mejilla y la profundidad de la mandíbula, la distancia entre los ojos y la altura de las orejas, el contorno de la mandíbula y el espacio orbital. Y fue por eso por lo que, a pesar del nuevo color de pelo y del corte, a pesar de las gafas a la última, y del maquillaje y la ropa de adulta, Edna había reconocido a la chica desaparecida.

—Iba con un hombre.

—¿Qué?

Edna no se había dado cuenta de que había hablado en voz alta.

—La chica.

Stanley frunció el ceño.

—¿De qué hablas, Edna?

De la foto. De la angustiosa foto de la colegiala normal y corriente. La has visto un millón de veces. La ves en un anuario escolar y las emociones se agolpan. Como una ola, ves su pasado, ves su futuro. Sientes la alegría de la juventud, sientes el dolor de crecer. Percibes su potencial. Sientes una punzada de nostalgia. Ves pasar su vida por delante, tal vez universidad, matrimonio, hijos, todo eso.

Pero cuando sacan esa foto en las noticias de la noche, se te encoge el corazón de terror. Miras la cara, la sonrisa incierta y los cabellos lisos y los hombros tensos, y tu cabeza vuela hacia rincones oscuros que se rehúyen.

¿Cuándo había desaparecido Katie? Ése era su nombre, Katie.

Edna intentó recordarlo. Probablemente hacía un mes. Tal vez seis semanas. La noticia sólo había salido en la televisión local y no durante mucho tiempo. Algunos creían que se había escapado de casa. Katie Rochester había cumplido dieciocho años unos días antes de su desaparición, lo cual la convertía en mayor de edad y por lo tanto disminuía la prioridad de la búsqueda. Se creía que había problemas en casa, sobre todo con su padre, un hombre estricto, aunque le temblaran los labios.

 

Tal vez Edna se había equivocado. Tal vez no fuera ella.

Sólo había una forma de averiguarlo.

—Corre —le dijo a Stanley.

—¿Qué? ¿Adónde vamos?

No había tiempo para responder. Seguramente la chica ya estaba una manzana más allá. Stanley la seguiría. Stanley Rickenbak, tocoginecólogo, era el segundo marido de Edna. El primer marido había durado un suspiro, un tipo impresionante, demasiado guapo y demasiado apasionado, y evidentemente un absoluto imbécil. Probablemente esto no era justo, pero ¿y qué? La idea de casarse con un médico —de eso hacía cuarenta años— había sido un cambio agradable en comparación con el marido número uno. No obstante, la realidad no había sido tan buena con él. Había creído que Edna abandonaría su ejercicio cuando tuvieran hijos, pero ella no lo dejó, más bien al contrario. La verdad —una verdad que no había pasado por alto a sus hijos— era que le gustaba más ser médica que madre.

Se precipitó tras la chica. Las aceras estaban repletas. Ella avanzó manteniéndose cerca del bordillo y aceleró el paso. Stanley intentó seguirla.

—Edna.

—No te apartes de mí.

Él la alcanzó.

—¿Qué ocurre?

Edna buscó a la pelirroja con la mirada.

Allí. Más adelante y a la izquierda.

Necesitaba verla de cerca. Edna se lanzó a la carrera, ofreciendo un espectáculo poco habitual, una mujer elegantemente vestida, de sesenta y tantos años, corriendo por la calle. Pero estaban en Manhattan; apenas le valió una mirada de curiosidad.

Se colocó frente a la mujer, intentando no ser demasiado visible, escondiéndose detrás de otros más altos, y cuando estuvo bien situada, se volvió. La presunta Katie caminaba hacia ella. Sus ojos se encontraron un momento muy breve y Edna la reconoció.

Era ella.

Katie Rochester iba con un hombre de cabello oscuro, probablemente de treinta y pocos, cogidos de la mano. No se la veía demasiado afligida. En realidad parecía contenta, en el momento en que sus ojos se encontraron, al menos, bastante contenta. Pero por supuesto eso no significaba nada. Elizabeth Smart, la joven secuestrada en Utah, había salido a la calle con su secuestrador y no intentó nunca pedir ayuda. Tal vez sucediera algo parecido con Katie.

Pero no lo creía.

La presunta Katie pelirroja le susurró algo a aquel hombre. Aceleraron el paso. Edna vio que doblaban a la derecha y bajaban la escalera del metro. El rótulo indicaba las líneas C y E. Stanley alcanzó a Edna. Estaba a punto de decir algo, pero vio su expresión y se contuvo.

—Vamos —dijo ella.

Cruzaron corriendo y bajaron la escalera. La mujer desaparecida y el hombre moreno cruzaban el torniquete. Edna lo miró.

—Mierda.

—¿Qué?

—No tengo tarjeta de metro.

—Yo sí —dijo Stanley.

—Dámela. Corre.

Stanley sacó la tarjeta de la cartera y se la dio. Ella la introdujo en la ranura, cruzó el torniquete y se la devolvió. No le esperó. Ellos bajaron por la escalera de la derecha. Se dirigió hacia allí. Oyó el rugido del tren que llegaba y bajó corriendo.

Los frenos chirriaron. Las puertas se abrieron, y el corazón de Edna empezó a latir desenfrenadamente en su pecho. Miró a derecha e izquierda, buscando a la pelirroja.

Nada.

¿Dónde estaba la chica?

—Edna.

Era Stanley. La había alcanzado.

Ella no dijo nada. Se quedó en el andén, pero no había rastro de Katie Rochester. Y aunque lo hubiera, ¿qué? ¿Qué podía hacer Edna? ¿Subir al metro y seguirla? ¿Adónde? ¿Y después qué? Encontrar el piso o la casa y llamar a la policía...

Alguien le tocó el hombro.

Edna se volvió. Era la chica desaparecida.

Durante un tiempo después, Edna se preguntaría qué había visto en la expresión de su cara. ¿Era una mirada de súplica, de desesperación, de calma, de alegría, incluso? ¿Decisión? Todo a la vez.

Se quedaron quietas un momento, mirándose. El tráfico de personas, los indescifrables sonidos de megafonía, el aviso del tren..., todo desapareció y quedaron sólo ellas dos.

—Por favor —dijo la chica desaparecida, con un susurro—. No comente que me ha visto.

Después subió al metro. Edna sintió un escalofrío. Se cerraron las puertas. Ella quería hacer algo, lo que fuera, pero no podía moverse. Su mirada estaba fija en la otra.

—Por favor —silabeó la chica a través del cristal.

Y el tren desapareció en la oscuridad.

2

Había dos chicas adolescentes en el sótano de Myron.

Así fue cómo empezó. Más tarde, cuando Myron recordaba toda la pérdida y la angustia, aquella serie de «y si» volvía y le obsesionaba de nuevo. Y si no hubiera necesitado hielo. Y si hubiera abierto la puerta del sótano un minuto antes o un minuto después. Y si las dos adolescentes —¿qué estaban haciendo solas en su sótano, para empezar?— hubieran hablado en susurros para que él no las oyera.

Y si él se hubiera ocupado de sus asuntos.

Desde lo alto de la escalera, Myron oyó reír a las chicas. Se paró. Por un momento pensó en cerrar la puerta y dejarlas solas. Su pequeña fiesta estaba escasa de hielo, pero aún quedaba algo. Podía volver más tarde.

Pero antes de que pudiera volverse, una de las voces de las chicas subió como el humo por el hueco de la escalera.

—Entonces ¿te fuiste con Randy?

La otra:

—Oh, Dios mío, estábamos tan colocados.

—¿De cerveza?

—Cerveza y chupitos, sí.

—¿Como llegaste a casa?

—Condujo Randy.

En lo alto de la escalera, Myron se quedó rígido.

—Pero si has dicho...

—Calla. —Después—: ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Pillado.

Myron bajó la escalera trotando y silbando. Con toda la naturalidad del mundo. Las dos chicas estaba sentadas en lo que antes había sido el dormitorio de Myron. El sótano había sido «decorado» en 1975 y se notaba. El padre de Myron, que en ese momento se estaría divirtiendo con su madre en un apartamento cercano a Boca Raton, había sido espléndido con la cinta adhesiva. El forro de madera, un diseño que había envejecido tanto como el Betamax, empezaba a soltarse. En algunos puntos las paredes de cemento estaban a la vista y se desconchaban de forma palpable. Las baldosas del suelo, pegadas con algo semejante a cola, se abombaban. Crujían como un escarabajo al pisarlas.

Las dos chicas —Myron conocía a una de ellas de toda la vida, a la otra acababa de conocerla— le miraron con los ojos muy abiertos. Por un momento, nadie habló. Las saludó con un gesto.

—Eh, chicas.

Myron Bolitar se enorgullecía de su capacidad para iniciar conversaciones.

Las dos chicas estaban en el último curso de instituto, y era bonito su aire de colegialas. La que estaba sentada en el extremo de su vieja cama —la que acababa de conocer hacía una hora— se llamaba Erin. Hacía dos meses que Myron salía con Ali Wilder, la madre de Erin, una viuda que trabajaba de periodista free lance. La fiesta, en la casa donde Myron había crecido y que ahora era suya, era algo así como la celebración del «noviazgo» de ellos dos.

La otra chica, Aimee Biel, imitó su gesto y su tono.

—Eh, Myron.

Más silencio.

La primera vez que vio a Aimee Biel fue el día siguiente a su nacimiento en el St. Barnabas Hospital. Aimee y sus padres, Claire y Erik, vivían a dos manzanas de distancia. Myron conocía a Claire desde que iban juntos a la Heritage Middle School, a medio kilómetro de allí. Myron miró a Aimee. Por un momento fue como volver veinticinco años atrás. Aimee se parecía tanto a su madre —tenía la misma sonrisa maliciosa y despreocupada—, que era como entrar en el túnel del tiempo.

—Iba a por más hielo —dijo Myron. Señaló el congelador con el pulgar para ilustrarlo.

—Bien —dijo Aimee.

—Muy frío —dijo Myron—. Helado, de hecho.

Myron chasqueó la lengua. Sólo él.

Con una sonrisa tonta todavía en la cara, Myron miró a Erin. Ella apartó la mirada. Ésa había sido su reacción básica ese día. Educada pero distante.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Aimee.

—Dispara.

Ella abrió las manos.

—¿No era ésta tu habitación de pequeño?

—Lo era.

Las dos chicas intercambiaron una mirada. Aimee se rió. Erin la imitó.

—¿Qué? —preguntó Myron.

—Esta habitación... no puede ser más fatal.

Erin habló por fin.

—Es casi demasiado retro para ser retro.

—¿Cómo le llamas a eso? —preguntó Aimee, señalando debajo de ella.

—Puf —dijo Myron.

Las dos chicas volvieron a reírse.

—Y esa lámpara, ¿por qué tiene la bombilla negra?

—Hace que brillen los pósteres.

Más risas.

—Oye, iba al instituto —dijo Myron, como si eso lo explicara todo.

—¿Trajiste a alguna chica aquí? —preguntó Aimee.

Myron se llevó una mano al corazón.

—Un caballero nunca habla de sus ligues. —Después—: Sí.

—¿Cuántas?

—¿Cuántas qué?

—¿Cuántas chicas trajiste?

—Oh. ¿Aproximadamente? —Myron miró al techo, y contó con los dedos—. Más o menos... diría que entre ochocientas y novecientas mil.

Eso provocó una risa desenfrenada.

—De hecho —dijo Aimee—, mamá dice que eras una monada.

—¿Era? —dijo Myron arqueando una ceja.

Las chicas se desternillaron de risa. Myron meneó la cabeza y gruñó algo referente a respetar a los mayores. Cuando se serenaron, Aimee dijo:

—¿Puedo hacerte otra pregunta?

—Dispara.

—Hablo en serio.

—Adelante.

—Las fotos tuyas de arriba. En la escalera.

Myron asintió. Ya se imaginaba adónde quería ir a parar.

—Saliste en la cubierta del Sports Illustrated.

—Ése soy yo.

—Mis padres dicen que eras el mejor jugador de baloncesto del país.

—Tus padres exageran —dijo Myron.

Las chicas le miraron. Pasaron cinco segundos. Después cinco más.

—¿Tengo algo entre los dientes? —preguntó Myron.

—¿No te contrataron los Lakers?

—Los Celtics —corrigió él.

—Lo siento, los Celtics. —Aimee no dejó de mirarle fijamente—. Y te lesionaste la rodilla, ¿no?

—Sí.

—Se acabó tu carrera. Así sin más.

—Más o menos, sí.

—¿Y qué? —Aimee se encogió de hombros—. ¿Cómo te sentiste?

—¿Por lesionarme la rodilla?

—Por ser una superestrella, y después, paf, no poder volver a jugar.

Las dos chicas esperaban una respuesta. Myron intentó pensar en algo profundo.

—Fue una auténtica mierda —dijo.

A las dos les encantó oírlo.

Aimee sacudió la cabeza.

—Debió de ser espantoso.

Myron miró a Erin, que tenía los ojos bajos. La habitación estaba en silencio. Esperó. Finalmente levantó la cabeza. Parecía asustada, pequeña y joven. Le habría gustado abrazarla, pero vaya, eso no habría sido buena idea en absoluto.

—No —dijo Myron bajito, sin dejar de mirarla—. No fue tan espantoso.

Una voz en lo alto de la escalera gritó:

—Myron.

—Ya voy.

En aquella época estuvo a punto de marcharse. El siguiente gran «y si». Pero las palabras que había oído en la escalera —«Condujo Randy»— le fastidiaban. «Cerveza y chupitos». No podía olvidarlo sin más, ¿no?

—Voy a contaros una historia —empezó Myron. Y entonces se detuvo. Lo que quería contarles era un incidente de sus días de instituto. Se había celebrado una fiesta en casa de Barry Brenner. Eso era lo que quería contarles. Estaba en su último año, como ellas. Habían bebido mucho. Su equipo, los Livingston Lancers, acababa de ganar el torneo de baloncesto estatal, gracias a los cuarenta y tres puntos de la superestrella americana Myron Bolitar. Todos estaban borrachos. Recordaba a Debbie Frankel, una chica inteligente, llena de vida, un diablillo siempre animado, siempre levantando la mano para contradecir al profesor, siempre discutiendo y poniéndose en el bando contrario, y a quien querían por eso. A medianoche Debbie fue a despedirse de él. Llevaba las gafas bajas sobre la nariz. Eso era lo que recordaba mejor, que las gafas le resbalaban. Él se dio cuenta de que estaba colocada. Como las otras dos chicas que irían en ese coche.

 

Es fácil imaginar cómo acaba la historia. Cogieron la colina en South Orange Avenue demasiado rápido. Debbie murió en el accidente. El coche aplastado estuvo expuesto frente al instituto seis años. Myron se preguntó dónde estaría ahora, qué habrían hecho por fin con la chatarra.

—¿Qué? —preguntó Aimee.

Pero Myron no les habló de Debbie Frankel. Sin duda Erin y Aimee habían oído otras versiones de la misma historia. No serviría de nada. De modo que intentó otra cosa.

—Necesito que me prometáis algo —dijo Myron.

Erin y Aimee le miraron.

Él sacó la cartera del bolsillo y buscó dos tarjetas suyas. Abrió el cajón de arriba y encontró un bolígrafo que funcionaba.

—Aquí están todos mis teléfonos: casa, trabajo, móvil, mi piso de Nueva York.

Myron garabateó en las tarjetas y dio una a cada chica. Ellas las cogieron sin decir palabra.

—Escuchadme bien, ¿vale? Si alguna vez estáis en un apuro. Si estáis por ahí bebiendo o vuestros amigos están bebiendo o estáis borrachas o colocadas o lo que sea, prometedme que me llamaréis. Iré a buscaros estéis donde estéis. No haré preguntas. No se lo diré a vuestros padres. Eso os lo prometo. Os llevaré donde queráis ir. Por tarde que sea. No me importa lo lejos que estéis o lo colocadas que vayáis. A cualquier hora, cualquier día. Llamadme e iré a buscaros.

Las chicas no dijeron nada.

Myron se acercó un paso más. Intentó que su voz no sonara suplicante.

—Por favor..., no subáis nunca al coche con alguien que haya bebido.

Se quedaron mirándolo.

—Prometédmelo —dijo él.

Y un momento después —¿el «y si» final?— lo prometieron.

3

Dos horas después, la familia de Aimee —los Biel— fueron los primeros en marcharse.

Myron los acompañó a la puerta. Claire le habló al oído.

—He oído que las chicas estaban en tu antigua habitación.

—Sí.

Ella le sonrió con malicia.

—¿Les has contado que...?

—Por Dios, no.

Claire meneó la cabeza.

—Eres un mojigato.

Él y Claire eran buenos amigos en el instituto. A él le encantaba su espíritu libre. Se portaba como un chico, a falta de una definición mejor. Cuando iban a una fiesta, intentaba ligar con alguien, normalmente con bastante éxito porque, vaya, era una chica atractiva. Le gustaban los musculitos. Salía con ellos una vez, tal vez dos, y cambiaba.

Ahora era abogada. Ella y Myron habían ligado una vez, en aquel mismo sótano, durante unas vacaciones escolares, en el último año. Myron había reaccionado peor que ella. Al día siguiente, Claire estaba tan tranquila. Sin escenas, ni tratamiento de silencio, ni «tal vez deberíamos hablar de esto».

Tampoco hubo bis.

En la facultad de derecho Claire conoció a su marido, «Erik con K», según se presentaba siempre. Erik era delgado y muy puesto. Casi nunca sonreía. Casi nunca se reía. Sus corbatas eran siempre maravillosamente elegantes. Erik con K no era el hombre con quien Myron habría imaginado que acabaría Claire, pero parecían llevarse bien. Debía de ser por aquello de que los opuestos se atraen.

Erik le dio un fuerte apretón de mano y le miró a los ojos.

—¿Nos veremos el domingo?

Solían jugar partidos improvisados de baloncesto los domingos por la mañana, pero Myron había dejado de ir hacía meses.

—No, esta semana no iré.

Erik asintió como si Myron hubiera dicho algo profundo y se fue a la puerta. Aimee sofocó la risa y se despidió.

—Me alegro de haberte visto.

—Lo mismo digo, Aimee.

Myron intentó mirarla de forma que transmitiera «Recuerda la promesa». No supo si lo había conseguido, pero Aimee asintió levemente con la cabeza antes de salir al jardín.

Claire le besó en la mejilla y volvió a susurrarle al oído:

—Pareces feliz.

—Lo soy —dijo.

Claire sonrió.

—Ali es estupenda, ¿eh?

—Lo es.

—¿Soy la mejor casamentera del mundo?

—Como salida de una producción barata de El violinista en el tejado —dijo él.

—No quiero apremiarte. Pero soy la mejor, ¿a que sí? Está bien, puedo asumirlo, la mejor del mundo.

—Sigues hablando de tu faceta de casamentera, ¿no?

—Claro, en lo otro ya sé que soy la mejor.

—Eh —dijo Myron.

Ella le pellizcó un brazo y se marchó. La vio alejarse, meneó la cabeza y sonrió. En cierto modo, siempre tienes diecisiete años y esperas que tu vida empiece.

Diez minutos después, Ali Wilder, el nuevo amor de Myron, llamó a sus hijos. Él los acompañó al coche. Jack, de nueve años, llevaba encantado el uniforme de los Celtics con el viejo número de Myron. Era lo más en moda hip-hop. Primero habían sido los uniformes retro de las estrellas favoritas. Ahora, en un sitio web llamado Big-Time-Losahs.com o algo por el estilo, vendían uniformes de jugadores que habían sido estrellas o que no habían llegado a serlo, jugadores que se lesionaron.

Como Myron.

Jack, a su edad, no entendía la ironía.

Cuando llegaron al coche, Jack dio un gran abrazo a Myron. Inseguro de cómo reaccionar, Myron se lo devolvió, pero fue breve. Erin se quedó aparte. Le saludó con la cabeza y subió al asiento trasero. Jack imitó a su hermana. Ali y Myron se quedaron de pie y se sonrieron como un par de adolescentes en su primera cita.

—Ha sido divertido —dijo Ali.

Myron seguía sonriendo. Ali le miró con sus maravillosos ojos marrón verdoso. Tenía el cabello rubio rojizo y conservaba restos de pecas infantiles. Su cara ancha y su sonrisa le cautivaban.

—¿Qué?

—Estás guapísima.

—No quiero jactarme, pero sí. Soy guapa.

Ali miró hacia la casa. Win —nombre real: Windsor Horne Lockwood III— estaba de pie con los brazos cruzados, apoyado en el umbral.

—Tu amigo Win —dijo—. Parece simpático.

—No lo es.

—Lo sé. Pensé que siendo tu mejor amigo y eso, debía decirlo.

—Win es complicado.

—Es guapo.

—Lo sabe.

—Pero no es mi tipo. Demasiado guapo. Demasiada pinta de chico rico.

—Tú prefieres a los machos —dijo Myron—. Lo comprendo.

Ella se rió disimuladamente.

—¿Por qué no deja de mirarme?

—Lo más probable es que te esté evaluando el culo.

—Es agradable saber que alguien lo hace.

Myron se aclaró la garganta y apartó la mirada.

—¿Quieres que cenemos mañana?

—Me encantaría.

—Te recogeré a las siete.

Ali le puso la mano en el pecho. Myron sintió algo eléctrico al contacto. Ella se puso de puntillas —él medía metro noventa y cinco— y le besó en la mejilla.

—Cocinaré yo.

—¿En serio?

—Nos quedaremos en casa.

—Bien. Entonces será algo familiar. ¿Para que conozca mejor a los chicos?

—Los chicos pasarán la noche en casa de mi hermana.

—Oh —dijo Myron.

Ali le miró intensamente y subió al coche.

—Oh —repitió Myron.

Ella arqueó una ceja.

—Y no querías fanfarronear sobre tu elocuencia...

Se marchó. Myron vio desaparecer el coche, todavía con la sonrisa de zombi en la cara. Se volvió y fue a la casa.

Win no se había movido. Había habido muchos cambios en la vida de Myron —sus padres se habían mudado al sur, el nuevo hijo de Esperanza, su empresa, incluso Big Cyndi— pero Win seguía siendo una constante. El cabello de un rubio ceniza se le había vuelto gris en las sienes, pero aún era un blanco privilegiado prototípico. La mandíbula noble, la nariz perfecta, los cabellos peinados por los dioses: olía, merecidamente, a privilegio, zapatos blancos y bronceado de golf.

—Seis coma ocho —dijo Win—. Lo dejaré en siete.

—¿Cómo dices?

Win levantó una mano, con la palma hacia abajo, y la meneó a un lado y otro.

—Tu señora Wilder. Siendo generoso, le daría un siete.

—Vaya, no sabes cuánto me alegro. Viniendo de ti y todo eso.

Entraron en la casa y se sentaron en la sala. Win cruzó las piernas con su elegancia habitual. Su expresión se instalaba pertinazmente en la arrogancia. Parecía mimado, consentido y blando, al menos por su cara. Pero el cuerpo era otra historia. Era todo músculo, nudoso y denso, delgado pero fuerte como un alambre.

Win chasqueó los dedos. En él quedaba elegante.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—No.

—¿Por qué estás con ella?

—Estás bromeando, espero.

—No. Quiero saber qué es exactamente lo que ves en la señora Ali Wilder.

Myron meneó la cabeza.

—Sabía que no debería haberte invitado.

—Ah, pero lo hiciste. Así que déjame perorar.

—Por favor, no lo hagas.

—En nuestros años de Duke, fue la preciosa Emily Dowing. Después, tu alma gemela durante más de diez años, la exquisita Jessica Culver, un breve flirteo con Brenda Slaughter y ay las, más recientemente, la pasión Terese Collins.

—¿Esto tiene algún objetivo?

—Lo tiene. —Win separó los dedos y los juntó de nuevo—. ¿Qué tienen en común todas esas mujeres, tus antiguos amores?

—Dímelo tú —dijo Myron.

—En una palabra: suculencia.

—¿Ésa es tu definición?

—Mujeres que echaban humo —siguió Win con su acento pedante—. Todas y cada una de ellas. En una escala del uno al diez, daría a Emily un nueve. Sería la puntuación más baja. Jessica sería un once, de las que te hacen perder el seso. Terese Collins y Brenda Slaughter eran ambas casi diez.

—Y en tu experta opinión...

—Un siete siendo generoso —terminó Win por él.

Myron sólo meneó la cabeza.

—Dime por favor —dijo Win—, ¿dónde radica la gran atracción?

—¿Eres tú de verdad?

—Ya lo creo.

—Pues, te daré una noticia, Win. Primero, aunque no sea realmente importante, no estoy de acuerdo con tu puntuación.

—¿Oh? ¿Cómo puntuarías a la señora Wilder?

—No pienso hablar de eso contigo. Pero, para que lo sepas, Ali tiene esa clase de físico que te va cautivando. Al principio crees que es atractiva, pero después, cuando la conoces...

—Bah.

—¿Bah?

—Racionalización.

—Bueno, te daré otra noticia. El físico no lo es todo.

—Bah.

—¿Otra vez con el bah?

Win volvió a unir los dedos.

—Hagamos un juego. Yo diré una palabra, y tú la primera cosa que te venga a la cabeza.

Myron cerró los ojos.

—No sé por qué hablo de asuntos del corazón contigo. Es como hablarle a un sordo de Mozart.

—Sí, muy gracioso. Va la primera palabra. De hecho, son dos palabras. Tú dime lo primero que se te ocurra: Ali Wilder.

—Calor.

—Mentiroso.

—Vale, creo que ya hemos hablado bastante de esto.

—Myron...

—¿Qué?

—¿Cuándo fue la última vez que fuiste a salvar a alguien?

Las caras de siempre cruzaron como un rayo por la cabeza de Myron. Intentó desecharlas.

—Myron...

—No empieces —dijo Myron suavemente—. He aprendido la lección.

—¿De verdad?

Pensó en Ali, en su maravillosa sonrisa y en la franqueza de su rostro. Pensó en Aimee y Erin en su antiguo dormitorio del sótano, en la promesa que les había forzado a hacer.

—Ali no necesita que la rescaten, Myron.

—¿Crees que se trata de eso?

—Cuando digo su nombre, ¿qué es lo primero que se te ocurre?

—Calor —repitió Myron.

Pero esta vez, incluso él supo que estaba mintiendo.

Seis años.

Hacía seis años desde la última vez que Myron había jugado al superhéroe. En seis años no había dado ni un puñetazo. No había empuñado, y mucho menos disparado, una pistola. No había amenazado ni le habían amenazado. No había chuleado con las glándulas pituitarias rebosando esteroides. No había llamado a Win, el hombre más aterrador que conocía, a que le echara una mano o lo sacara de un lío. En los últimos seis años, ninguno de sus clientes había sido asesinado, algo muy positivo en su ramo. Ninguno había sido herido o arrestado; bien, excepto la queja por prostitución en Las Vegas, pero Myron seguía sosteniendo que había sido una trampa. Ninguno de sus clientes, amigos o seres queridos había desaparecido. Había aprendido la lección. No metas la nariz en los asuntos de los demás. No eres Batman, y Win no es una versión psicótica de Robin. Sí, Myron había salvado a algunos inocentes durante sus días de casiheroicidad, incluida la vida de su hijo, Jeremy, que tenía diecinueve años —casi no podía creerlo— y cumplía el servicio militar en algún lugar desconocido de Oriente Medio.