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Golpe de efecto

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Z serii: Myron Bolitar #2
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4

Aquello era Yuppylandia.

La decimocuarta planta de Inversiones y Valores Lock-Horne le recordaba a Myron una fortaleza medieval. Tenía un inmenso espacio en el centro y una muralla gruesa e imponente —los despachos de los peces gordos— protegiendo el perímetro. La zona central albergaba a cientos de trabajadores, en su mayoría hombres, gente joven, soldados de combate fácilmente sacrificables y reemplazables; formaban un mar en apariencia interminable que se balanceaba y se mezclaba con la moqueta color gris corporativo, las mesas idénticas, las sillas con ruedas también idénticas, las terminales de ordenador, los teléfonos y los faxes. Y como soldados que eran, todos llevaban uniforme: camisa blanca, tirantes, corbata de colores vivos que les ahogaba la carótida y americana colgada en el respaldo de las sillas con ruedas, todas ellas idénticas. Había ruido, gritos, teléfonos sonando y hasta algo parecido a chillidos agónicos. Todo el mundo estaba en movimiento. Todo el mundo se dispersaba en distintas direcciones, como presa del pánico y bajo constantes ataques.

Sí, aquél era uno de los últimos bastiones del auténtico yuppismo, un lugar donde el hombre tenía total libertad para practicar la religión de la avaricia de los ochenta, la codicia a toda costa, sin pretensiones de estar haciendo lo contrario. No había hipocresía. Las casas de inversión no se dedicaban a ayudar al prójimo. Su objetivo no era ofrecer un servicio a la humanidad ni hacer nada por el bien común. Aquel refugio tenía una meta básica, simple y muy clara: hacer dinero y punto.

Win tenía un despacho muy amplio en un rincón desde el que se veía Park Avenue y la Calle 5 2. Una vista de lujo para el gestor número uno de la compañía. Myron llamó a la puerta.

—Pase —dijo Win.

Myron se lo encontró sentado en el suelo en la posición del loto, con expresión serena en el rostro y formando un círculo con cada mano mediante la unión del índice y el pulgar. Meditación. Win lo hacía todos los días sin falta. Y normalmente más de una vez.

Sin embargo, al igual que la mayoría de las cosas relacionadas con Win, sus momentos de soledad interior no llegaban a ser convencionales del todo. Por un lado le gustaba mantener los ojos abiertos al meditar mientras la mayoría de la gente los mantenía cerrados. Por otro, no se imaginaba escenas idílicas de cascadas o ciervos en el bosque; Win prefería ver cintas caseras de vídeo, con sí mismo y una interesante variedad de amiguitas emitiendo toda una gama de jadeos pasionales.

—¿Quieres apagar eso? —dijo Myron poniendo cara de asco.

—Lisa Goldstein —dijo Win señalando una masa de carne contorsionada en la pantalla.

—Encantado de haberla conocido, vamos.

—No estoy seguro de habértela presentado.

—Pues no sabría decírtelo —dijo Myron—. Quiero decir, ni siquiera sé muy bien dónde tiene la cara.

—Una chica encantadora. Judía, por cierto.

—¿Lisa Goldstein? Estás de broma.

Win sonrió. Descruzó las piernas y se puso en pie de un salto con mucha agilidad. Apagó el televisor, pulsó el botón de «EJECT» y guardó la cinta en una caja con etiqueta marcada como «L. G.». Luego colocó la caja en la sección «G» del armario de roble que contenía otras muchas cintas.

—¿Eres consciente de que estás muy trastornado? —dijo Myron.

Win cerró el armario con llave. Qué discreción.

—Todo el mundo necesita una afición.

—Eres un golfista nato y campeón de artes marciales. Eso sí son aficiones. Pero lo otro es un trastorno. Aficiones; trastorno. ¿Ves la diferencia?

—Ahora me das sermones —dijo Win—. Muy amable de tu parte.

Myron no respondió. Llevaban manteniendo conversaciones parecidas desde su primer año en la Universidad de Duke y Myron sabía que no conducían a nada.

El despacho de Win era del todo elitista y claramente perteneciente al típico estilo de la clase blanca protestante anglosajona. Las paredes revestidas de madera estaban decoradas con cuadros de la caza del zorro. Sillas de cuero color burdeos complementaban a la perfección la moqueta color verde bosque oscuro. Un globo terráqueo de época descansaba junto al escritorio de madera de roble que habría podido muy bien usarse como pista de squash. La sensación que daba el conjunto podía resumirse en dos palabras: muchísimo dinero.

—¿Tienes un momento? —dijo Myron sentándose en una de las sillas de cuero.

—Por supuesto —respondió Win.

Abrió un armario del bar que había detrás de su mesa y dejó ver una pequeña nevera. Sacó un Yoo-Hoo y se lo pasó a Myron. Éste agitó la lata siguiendo las instrucciones que rezaban «¡Agítalo! ¡Es genial!», mientras Win se servía un dry martini muy seco.

Myron comenzó contándole la visita de la policía al apartamento de Duane Richwood. Win se mantuvo impasible y sólo se permitió una sonrisa cuando oyó que Dimonte lo había llamado yuppy psicópata. Después Myron le comentó lo del Cadillac azul. Win se recostó contra el respaldo de la silla y juntó las yemas de los dedos. Escuchó toda la historia de Myron sin interrumpir y, cuando éste terminó, se levantó y cogió un putter.

—Así que nuestro amigo el señor Richwood se está callando algo.

—No lo sabemos seguro.

Win enarcó una ceja en señal de escepticismo.

—¿Y tienes alguna idea de qué relación puede existir entre Duane Richwood y Valerie Simpson? —preguntó Win.

—Pues no. Pero tenía la esperanza de que tal vez tú sí.

¿Moi?

—Tú la conocías —dijo Myron.

—Sólo era una conocida.

—Pero aun así tienes alguna idea.

—¿Sobre la posible relación entre Duane y Valerie? No.

—Pues entonces ¿qué?

Win fue paseando hasta un rincón donde había doce pelotas de golf alineadas y empezó a golpearlas suavemente.

—¿De verdad tienes la intención de seguir con esto? Con el asesinato de Valerie, me refiero.

—Pues sí.

—Pues a lo mejor no es asunto tuyo.

—A lo mejor... —dijo Myron asintiendo con la cabeza.

—O tal vez descubras algo desagradable.

—Cabe dentro de las posibilidades, sí.

Win asintió sin decir nada y examinó la disposición de la moqueta.

—No sería la primera vez —dijo Win.

—No. No sería la primera vez. ¿Puedo contar contigo?

—Nosotros no vamos a poder sacar nada de esto —dijo Win.

—Quizá no —dijo Myron haciendo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Ningún beneficio económico.

—Ninguno en absoluto.

—De hecho nunca hay ningún beneficio económico que sacar de tus cruzadas.

Myron se limitó a esperar.

Win se preparó para golpear otra pelota.

—Deja de poner esa cara —dijo Win—. Puedes contar conmigo.

—Bien. Y ahora dime qué es lo que sabes de este asunto.

—No mucho, en realidad. Es sólo una idea.

—Te escucho.

—Pues bueno, supongo que ya sabrás lo de la crisis nerviosa de Valerie —dijo Win.

—Sí.

—Fue hace seis años. Ella apenas tenía dieciocho. La versión oficial es que no pudo soportar la presión.

—¿La versión oficial, dices?

—Y tal vez sea la verdad. La presión que debía soportar era realmente impresionante. Podría decirse sin exagerar que su ascenso fue meteórico, pero ni mucho menos tanto como las expectativas que se habían creado en el mundo del tenis a 1 rededor de ella. Su consiguiente declive, por lo menos hasta el momento de sufrir la crisis nerviosa, fue lento y doloroso. Ni mucho menos como el tuyo. Tu caída, si no te importa que use esa palabra, fue mucho más rápida. Como una guillotina. Un día eras el número uno de los Celtics y al siguiente estabas acabado. Fin. Pero, al contrario que Valerie, tú sufriste una desafortunada lesión y por lo tanto no se te pudo criticar. La gente sintió pena por ti. Diste una imagen emotiva. En cambio, la caída de Valerie dio la impresión de ser culpa suya. Se le llamó fracasada y fue ridiculizada, pero aun así no era más que una niña. De cara al público en general, fue la veleidosa mano del destino quien puso fin a la carrera de Myron Bolitar. Sin embargo, en el caso de Valerie Simpson, ella y sólo ella fue la culpable de su desgracia. De cara al público, no tuvo la fortaleza mental necesaria para seguir adelante y, por consiguiente, su caída fue lenta, tortuosa y brutal.

—¿Y qué relación tiene eso con el asesinato?

—A lo mejor ninguna. Pero siempre he pensado que las circunstancias que rodearon la crisis nerviosa de Valerie fueron un poco inquietantes.

—¿Por qué?

—Su calidad de juego se había deteriorado, eso está claro. Pero su entrenador, aquel famoso caballero a quien tanto le gusta rodearse de celebridades...

—Pavel Menansi.

—Como se llame. Seguía creyendo que Valerie podía jugar de nuevo y volver a ganar. Siempre lo decía.

—Y de ese modo le ponía aún más presión encima.

—Tal vez —dijo Win con parsimonia tras un momento de vacilación—. Pero existe otro factor. ¿Te acuerdas del asesinato de Alexander Cross?

—¿El hijo del senador?

—Del senador de Pensilvania —añadió Win.

—Fue asesinado por unos atracadores en su club de campo. Hará cinco o seis años.

—Seis. Y era un club de tenis.

—¿Lo conocías?

—Por supuesto —dijo Win—. Los Horne han conocido a todos los políticos importantes de Pensilvania desde William Penn. Yo me crié junto a Alexander Cross. Fuimos juntos a Exeter.

—¿Y qué tiene eso que ver con Valerie Simpson?

—Pues que Alexander y Valerie podría decirse que fueron la pareja del momento.

 

—¿Iban en serio?

—Y tanto. Estaban a punto de anunciar su compromiso cuando asesinaron a Alexander. Precisamente fue esa misma noche.

Myron hizo ciertos cálculos mentales. Hacía seis años. Valerie podía haber tenido dieciocho años.

—Deja que lo adivine. La crisis de Valerie se produjo justo después del asesinato de Alexander —dijo Myron.

—Exacto.

—Pero hay algo que no entiendo. El asesinato de Cross salió en las noticias todos los días durante semanas. ¿Cómo es que no se mencionó nunca el nombre de Valerie?

—Esa es la razón por la que encontré las circunstancias un poco intrigantes —dijo Win recogiendo la pelota.

Durante un momento, ninguno de los dos dijo nada.

—Tenemos que hablar con la familia de Valerie —dijo Myron finalmente—. Y quizá con el senador también.

—Sí.

—Tú vives en ese mundo. Tú eres uno de ellos. Estarán más dispuestos a hablar contigo.

—No, no lo harían —dijo Win haciendo un gesto negativo con la cabeza—. Ser «uno de ellos», tal y como tú dices, es un impedimento. Con alguien como yo estarán con la guardia alta. Pero contigo no les preocupará tanto mantener las apariencias. Te considerarán alguien que no importa, alguien inferior, alguien por debajo de ellos. Un don nadie.

—Uf, eso ha sido muy halagador.

—Así es como funciona el mundo, amigo mío —dijo Win sonriendo—. Hay muchas cosas que cambian, pero esas gentes todavía se consideran a sí mismos los verdaderos y auténticos americanos. Tú y los de tu ralea no sois más que temporeros enviados desde Rusia, Europa oriental, del gulag o del gueto de donde procedieran los tuyos.

—Espero que no me hablen en ese tono —dijo Myron.

—Te concertaré una cita con la madre de Valerie para mañana por la mañana.

—¿Crees que querrá hablar conmigo?

—Si se lo pido yo, sí.

—Qué guay.

—Y que lo digas —dijo Win mientras guardaba el putter—. Y mientras tanto, ¿qué sugieres que hagamos?

Myron miró el reloj y luego dijo:

—Uno de los protegidos de Pavel Menansi va a jugar en el estadio dentro de una hora más o menos. He pensado que podría ir a verlo.

—¿Y pour moi?

—Valerie se pasó la última semana en el Plaza Hotel —dijo Myron—, me gustaría que fueras a echar un vistazo y ver si alguien recuerda algo. Comprueba las llamadas de teléfono.

—¿Para ver si de verdad llamó a Duane Richwood?

—Sí.

—¿Y de ser así?

—Entonces también tendremos que investigarlo a él —respondió Myron.

5

El USTA National Tennis Center se halla cómodamente instalado justo en el centro de las principales atracciones de Queens: el Shea Stadium (sede de los New York Mets), el Flushing Meadows Park (sede de la Exposición Universal de 1964-1965) y el aeropuerto de La Guardia (sede de, mmhm... retrasos).

Hacía años, los tenistas se quejaron del ruido de los aviones que pasaban volando encima del estadio por la sencilla razón de que estar en ese momento en el estadio era como estar en la plataforma de lanzamiento de un Apolo. El alcalde de aquel entonces, David Dinkins, persona siempre dispuesta a poner solución a cualquier terrible injusticia, se puso de inmediato manos a la obra. El excelentísimo alcalde de Nueva York, que por extrañas casualidades de la vida era un acérrimo aficionado al tenis, utilizó todo su poder político para detener el funcionamiento de La Guardia durante la celebración del Open. Los millonarios del tenis le estuvieron muy agradecidos y, en una demostración de mutuo respeto y admiración, el alcalde David Dinkins les compensó tanta gratitud acudiendo todos los días a los partidos durante las dos semanas que duraba el campeonato, a excepción, también muy casualmente, de los años en que se celebraron elecciones.

Para las sesiones nocturnas sólo se usaban dos canchas: la del Stadium Court y la del adyacente Granstand Court. Las sesiones diurnas, en opinión de Myron, eran mucho más divertidas. Podían llegar a celebrarse quince o dieciséis partidos a la vez.

Uno podía dar una vuelta, ver un gran partido de cinco sets en alguna cancha apartada, descubrir a un jugador revelación en otra, ver individuales, dobles y dobles mixtos, y todo bajo la gloriosa luz del sol.

Sin embargo, por la noche, la cosa se reducía básicamente a quedarse sentado viendo un partido iluminado con luz eléctrica. Y durante los dos primeros días del Open, ese partido solía constar de un cabeza de serie destrozando sin piedad a un clasificado normal.

Myron dejó el coche en el aparcamiento del Shea Stadium y cruzó el paso por encima del tren número siete. Se había instalado una caseta con radar de pistola para que el público marcara la velocidad de su propio saque y la gente hacía cola para probarlo. Los revendedores de entradas también estaban muy ocupados. Y lo mismo podía decirse de los que vendían camisetas falsas del US Open. Las camisetas falsas se vendían a cinco dólares, mientras que las que se vendían de puertas adentro costaban veinticinco. No estaban mal de precio, aunque, claro, después de un lavado, la camiseta falsa sólo se la podía poner una muñeca Barbie. Pero aun así merecía la pena.

Pavel Menansi estaba en uno de los palcos para los entrenadores, el mismo donde Myron y Win habían estado sentados por la mañana. Eran las 18:45 pm. El último partido de la sesión diurna ya había terminado y el primero de la sesión nocturna, en el que participaba la última protegida de Pavel, Janet Koffman, de catorce años, no iba a empezar hasta las 19:15 pm. Durante la transición entre las dos sesiones la gente se dedicaba a dar vueltas. Myron se encontró con el acomodador de la sesión diurna.

—¿Cómo le va, señor Bolitar? —dijo el acomodador.

—Muy bien, Bill. Sólo quería pasar un momento a saludar a un amigo.

—Claro, no hay problema, pase, pase.

Myron empezó a bajar los escalones y entonces, sin previo aviso, un hombre vestido con americana azul y gafas de sol de aviador se interpuso en su camino. Era un tipo enorme, de un metro noventa y cinco de alto y setenta centímetros de ancho, más o menos como Myron. Llevaba el pelo atusado sobre un rostro de expresión amable pero inflexible. El tipo ensanchó el pecho formando un muro y le bloqueó el paso.

—¿Puedo ayudarle en algo, señor? —dijo amablemente, aunque su tono de voz quería decir: «Lárgate, chaval».

Myron se quedó mirándolo.

—¿Te han dicho alguna vez que te pareces mucho a Jake Lord?

El tipo ni se inmutó.

—Sabes quién es, ¿no? —dijo Myron—. Jack Lord, el de la serie Hawaii 5-0...

—Tengo que pedirle que se marche, señor.

—Oye, que no te estoy insultando. Había mucha gente que consideraba a Jack Lord una persona muy atractiva.

—Señor, será la última vez que se lo pida amablemente.

Myron observó detenidamente la cara de aquel tipo.

—Es que hasta tienes la misma sonrisa hosca que tenía Jack Lord. ¿Te acuerdas?

Myron imitó la sonrisa, por si acaso el tipo no había visto nunca aquella serie.

—Muy bien, colega, vete de aquí —dijo el tipo haciéndole una mueca.

—Sólo quiero hablar un momento con el señor Menansi.

—Pues me temo que ahora mismo no es posible.

—Ah, de acuerdo —dijo Myron—. Por favor, dile al señor Menansi que el agente de Duane Richwood quería hablar de algo muy importante con él. Y si no le interesa, me marcho —dijo Myron elevando el tono de voz.

Pavel Menansi volvió la cabeza como si le hubieran tirado de una cuerda y su sonrisa vaciló igual que la llama de un mechero. Se levantó de su asiento con los ojos medio abiertos e irradiando aquel extraño encanto por todo su ser que algunas mujeres encontraban tan irresistible, y otras tan repulsivo. Pavel era rumano, había sido uno de los primeros «rebeldes» del tenis y el ex compañero de dobles de Ilie Nastase el Malo. Tenía cerca de cincuenta años y la cara tan bronceada que parecía de cuero. Cuando sonreía, el cuero se agrietaba de tal modo que casi podía oírse.

—Perdone —dijo con voz melosa, parte americana, parte rumana y parte Ricardo Montalbán hablando sobre cuero corintio—, usted es Myron Bolitar, ¿me equivoco?

—Lo soy.

Menansi hizo un gesto con la cabeza indicando a Jack Lord que se retirara. Al otro no le hizo demasiada gracia, p e ro se apartó de todas formas moviendo el cuerpo como si fuera una puerta metálica y dejando pasar a Myron solo. El entrenador rumano le extendió la mano y, por un segundo, Myron pensó que quería que se la besara. Pero todo terminó con un breve apretón.

—Por favor —dijo Pavel—, siéntese aquí. A mi lado.

Quienquiera que estuviese en ese asiento se esfumó de inmediato. Myron se sentó y Pavel hizo lo mismo.

—Le pido disculpas por el celo que pone mi guardaespaldas en su trabajo, pero tiene que entenderme, la gente quiere autógrafos, los padres quieren hablar de cómo ha jugado su hijo... Pero éste —dijo extendiendo los brazos— no es el momento ni el lugar adecuado.

—Comprendo —dijo Myron.

—He oído hablar bastante de usted, señor Bolitar.

—Por favor, puede llamarme Myron.

—Sólo si usted me llama Pavel. —El entrenador tenía la sonrisa de un fumador de toda la vida, pero sin la higiene dental apropiada.

—Trato hecho.

—Perfecto. Fue usted quien descubrió a Duane Richwood, ¿me equivoco?

—Alguien me lo señaló.

—Pero fue usted quien vio el potencial antes que nadie —insistió Pavel—. No jugó en los juniors ni tampoco fue a la universidad. Por eso les pasó inadvertido a las agencias, ¿no es cierto?

—Supongo que sí.

—Así que ahora tiene a uno de los mejores jugadores de tenis. Y ahora compite con los grandes, ¿verdad?

Pavel Menansi trabajaba para TruPro, una de las agencias de representación de deportistas más importantes del país. Trabajar para TruPro no te convertía automáticamente en un mezquino, pero te dejaba peligrosamente cerca. Pavel valía millones para ellos, no tanto por los beneficios que les reportaba sino por los jóvenes talentos que reclutaba. Pavel tenía una habilidad especial y perversa para hacerse con prodigios de ocho o diez años, cosa que proporcionaba a TruPro enorme ventaja para llegar a firmar un contrato con ellos. TruPro nunca había sido una agencia de reputación muy elevada, aunque pareciera bastante paradójico pero, a lo largo del último año, había caído bajo el control de la mafia y ahora la dirigían los hermanos Ache de Nueva York. Eos hermanos Ache estaban metidos en todos los negocios favoritos de la mafia: drogas, loterías ilegales, prostitución, extorsiones, apuestas. Bellísimas personas, los Ache.

—Su Duane Richwood —continuó Pavel— ha jugado un buen partido, hoy. Muy buen partido. Su potencial es infinito, ¿no cree?

—Se entrena mucho —respondió Myron.

—Seguro que sí. Dígame, Myron, ¿quién es el actual entrenador de Duane? —preguntó Pavel.

Había dicho «actual», pero pareció haber querido decir «ex».

—Henry Hobman.

—Ah —dijo Pavel asintiendo vigorosamente con la cabeza como si su respuesta explicara algo muy complejo, aunque, lógicamente, ya lo sabía. Probablemente sabía quién entrenaba a todos los jugadores del circuito—. Henry Hobman es un hombre excelente, y un entrenador competente —dijo. Había dicho «competente», sin embargo, sonó como si hubiese querido decir «patético»—. Pero creo que puedo ayudarle, Myron.

—La verdad es que no he venido para hablar de Duane —dijo Myron.

—¿Ah, no? —Pavel puso cara de sutil matiz de preocupación.

—Quiero hablar de otro cliente mío. O mejor dicho, de alguien que podía haber llegado a ser mi cliente.

—¿Y de quién se trata?

—De Valerie Simpson.

Myron estuvo atento a cualquier posible reacción por parte de su interlocutor y detectó una. Pavel se llevó las manos a la cabeza.

—Oh, Dios mío.

Pavel simuló a la perfección estar abrumado por el pesar. Varias personas le pusieron la mano en el hombro para tratar de consolarlo y pronunciaron su nombre en voz baja, pero él las apartó de sí, haciéndose el valiente.

—Valerie vino a verme hace unos días —continuó Myron—. Quería volver a jugar.

Pavel inspiró profundamente e hizo el numerito de irse recuperando poco a poco.

—Pobre niña, no me lo puedo creer, es que no puedo... —dijo cuando se sintió con fuerzas para continuar—. Se calló un momento, presa de dolor—. Yo fui su entrenador, ¿sabe? Durante su época de esplendor.

 

Myron asintió sin decir nada.

—Y que le dispararan de esa manera... Como a un perro —dijo Pavel. Luego agitó la cabeza muy dramáticamente con gesto de incredulidad.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a Valerie?

—Hace unos años —contestó Pavel.

—¿La vio después de que sufriera la crisis nerviosa?

—No. No la vi más desde que ingresó en el hospital.

—¿Y tampoco habló más con ella? ¿Por teléfono, tal vez?

Pavel volvió a negar con la cabeza y luego la bajó.

—Yo tuve la culpa de lo que le pasó. Debí haberme preocupado más por ella.

—¿A qué se refiere?

—Cuando te ocupas de entrenar a alguien tan joven, tienes responsabilidades que van más allá de la vida dentro de la cancha. Era una niña, una niña que crecía siendo el centro de atención de todo el mundo. Los medios de comunicación son despiadados, ¿sabe? No comprenden las consecuencias de lo que hacen para vender más periódicos. Yo intenté amortiguar algunos de los ataques. Intenté protegerla, no dejar que se carcomiera por dentro. Pero al final, fracasé.

Parecía estar diciendo la verdad, pero Myron sabía que eso no significaba nada. Algunas personas son profesionales de la mentira. Cuanto más sinceras sonaban sus palabras, cuanto más aguantaban la mirada y más de fiar parecían, más sociópatas eran.

—¿Tiene alguna idea de a quién podría interesarle matarla? —preguntó Myron.

—¿Por qué me lo pregunta, Myron? —dijo Pavel con cara de no entender la pregunta.

—Estoy investigando una cosa.

—¿Qué cosa? Si me permite la pregunta.

—Es algo un tanto personal.

El entrenador se lo quedó mirando unos segundos. El aliento le olía tan intensamente a tabaco que Myron se vio obligado a respirar por la boca.

—Le diré lo mismo que le dije a la policía —comentó Pavel—. En mi opinión, la crisis nerviosa de Valerie no fue a causa de las presiones normales del tenis.

Myron se limitó a asentir para animarlo a continuar hablando.

Pavel alzó las palmas de las manos, como pidiendo la intervención divina, y dijo:

—Quizá me equivoque. Quizá sólo quiera creerlo para, ¿cómo se dice eso?, para aliviar mi sentimiento de culpa. No lo sé, pero he entrenado a mucha gente joven y nunca me ha pasado nada como lo de Valerie. No, Myron, sus problemas se los causó algo más, aparte de las presiones del tenis profesional.

—¿Qué fue entonces?

—Yo no soy médico, ¿entiende? No puedo saberlo con certeza. Seguramente recordará que Valerie sufrió amenazas.

Myron esperó a que Pavel desarrollara el tema, pero al ver que no iba a hacerlo, dijo:

—¿Amenazas? —Los interrogatorios mediante preguntas sonda eran una de las especialidades de Myron.

—Acoso —comentó Pavel haciendo chasquear los dedos—. Es la palabra que se utiliza hoy en día. Valerie sufría acosos.

—¿De quién?

—De un hombre muy enfermo, Myron. Un hombre malísimo. Después de todos estos años todavía me acuerdo de cómo se llamaba. Roger Quincy. Una mala bestia. Le escribía cartas de amor. La llamaba sin parar. Merodeaba cerca de su casa, en los hoteles, en todos los partidos que jugaba...

—¿Cuándo ocurrió todo eso?

—Cuando participaba en los torneos, claro. Empezó, no sé, seis meses antes de ingresar en el hospital.

—¿Intentó detenerlo?

—Pues claro. Fuimos a la policía, pero no podían hacer nada. Intentamos obtener una orden judicial, pero ese tal Quincy no la había amenazado nunca. Sólo le decía «te quiero», «quiero estar contigo» y cosas así. Hicimos todo lo que pudimos. Cambiábamos de hotel, firmábamos con varios nombres falsos, etcétera. Pero claro, como usted recordará, Valerie no era más que una niña. Se volvió paranoica. La presión que tenía que soportar era ya tremenda, pero entonces tuvo que empezar a mirar por encima del hombro en todo momento. Y ese Roger Quincy era una mala bestia, eso es lo que era. Fue él a quien deberían haberle disparado.

Myron hizo un gesto afirmativo y aguardó un momento antes de lanzarse al ataque.

—¿Qué reacción tuvo Alexander Cross a lo de Roger Quincy?

La pregunta dejó a Pavel tan aturdido como un gancho de izquierda salido de la nada. Como el de Lennox Lewis contra Frank Bruno. El famoso entrenador vaciló, tratando de volver a recuperar el equilibrio. Justo entonces, los tenistas salieron del túnel y empezaron a oírse los aplausos. La distracción funcionó igual que una cuenta atrás hasta el número dos, que le dio a Pavel el tiempo necesario para recomponerse.

—¿Por qué me pregunta eso? —preguntó.

—¿No eran novios Alexander Cross y Valerie Simpson? —preguntó Myron.

—Supongo que podría decirse que sí.

—¿De verdad?

—Ella lo veía poco porque siempre estaba de viaje. Pero al parecer se tenían mucho cariño.

—Y supongo que ya habían iniciado su relación cuando Quincy empezó a acosar a Valerie, ¿no?

—Creo que las dos cosas sucedieron al mismo tiempo, sí.

—Pues entonces es una pregunta muy normal —dijo Myron—. ¿Cómo reaccionó el novio de Valerie?

—Tal vez sea normal —respondió Pavel—, pero no me negará que es una pregunta un tanto extraña. Alexander Cross ya hace años que murió. ¿Qué tiene que ver aquello con lo que le ha pasado ahora a Valerie?

—Pues, para empezar, que los dos han sido asesinados.

—¿Está usted sugiriendo que hay relación entre las dos muertes?

—No estoy sugiriendo nada —contestó Myron—. Pero no entiendo por qué no quiere responder a mi pregunta.

—No se trata de querer o no querer —contestó Pavel—. Sólo se trata de hacer lo que uno cree que es correcto. Está usted hurgando en asuntos que no le atañen. Asuntos personales. Asuntos que es imposible que tengan nada que ver con el presente. Me siento como si estuviera traicionando la confianza de ciertas personas. ¿Me entiende?

—No.

Pavel miró por encima del hombro hasta encontrar a Jack Lord y éste hizo un gesto nervioso con la boca. El entrenador se puso en pie de nuevo sacando pecho.

—El partido está a punto de comenzar —dijo Pavel—. No me gusta ser maleducado, pero tengo que pedirle que se marche ya.

—He puesto el dedo en la llaga, ¿eh?

—Sí. Yo me preocupaba mucho por el bienestar de Valerie.

—No era eso lo que quería decir.

—Márchese, por favor. Tengo que concentrarme en este partido.

Myron no se movió de donde estaba. Jack Lord le puso una mano en el hombro.

—Ya lo has oído —dijo—. Largo de aquí.

—Quítame la mano de encima —dijo Myron.

—Se acabaron los juegos, amigo —dijo Jack negando con la cabeza—. Es hora de marcharse.

—Si no me quitas la mano —le aclaró Myron en tono pausado—, voy a hacerte daño. Quizá mucho daño.

Jack sonrió desde detrás de sus gafas de sol y le apretó el hombro con más fuerza. Myron le cogió el pulgar rápidamente con la mano derecha, le bloqueó la articulación y se lo empujó hacia el lado contrario. Jack cayó de inmediato arrodillado en el suelo.

Myron se acercó al oído de Jack y le dijo:

—No quiero hacer ningún numerito, así que voy a dejarte en paz —le susurró—. Pero si haces algo más aparte de sonreír, pienso hacerte daño. Y ahora seguro que te haría mucho daño. Si me has entendido, asiente con la cabeza.

Jack asintió en silencio con la cara pálida.

—Nos vemos, Pavel —dijo Myron dejando ir el pulgar de Jack.

Pavel no respondió.

Myron pasó junto a Jack y, tal y como le había ordenado, éste no hizo más que sonreír.

—¡Arréstalos, Danno! —le dijo Myron imitando a Steve McGarrett.