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Z serii: Myron Bolitar #6
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—Había tenido aventuras antes, Bonnie, ¿por qué era diferente esta vez?

—Dame un descanso, Myron, ¿vale? Clu ni siquiera está enterrado.

Él se apartó.

—Lo siento.

Bonnie desvió la mirada. Su pecho se alzaba y descendía, su voz luchaba por mantenerse firme.

—Sé que sólo intentas ayudar —dijo—. Pero todo esto del divorcio… ahora mismo duele demasiado.

—Lo comprendo.

—Si tienes más preguntas…

—Oí que Clu no pasó el análisis de dopaje.

Era demasiado para dejarlo estar.

—Sólo sé lo que leí en los periódicos.

—Clu le dijo a Win que estaba trucado.

—¿Qué?

—Clu afirmó que estaba limpio. ¿Tú qué crees?

—Creo que Clu era un desastre maravilloso. Ambos lo sabemos.

—¿Entonces estaba consumiendo de nuevo?

—No lo sé. —Ella tragó saliva y cruzó una mirada con Myron—. Hacía semanas que no le veía.

—¿Y antes?

—En realidad, parecía limpio. Pero siempre era bueno en ocultarlo. ¿Recuerdas aquella intervención que intentamos hace tres años?

Myron asintió.

—Todos lloramos. Le rogamos que lo dejase. Por fin Clu también se derrumbó. Lloró como un bebé, dijo que estaba dispuesto a dar un giro en su vida. Dos días más tarde sobornó a un guardia y se escapó de la rehabilitación.

—¿Entonces crees que sólo estaba enmascarando los síntomas?

—Bien podría ser. Era muy bueno haciéndolo. —Titubeó—. Pero no lo creo.

—¿Por qué no?

—No lo sé. Quizás es sólo una ilusión, pero en realidad creo que esta vez estaba limpio. En el pasado siempre acababas descubriendo cómo simulaba la normalidad. Interpretaba un papel para mí o los chicos. Pero esta vez parecía más decidido. Como si supiese que este cambio era su última oportunidad para comenzar de nuevo. Trabajó como nunca le había visto hacerlo en nada. Creía que también lo estaba superando. Pero algo tuvo que echarle atrás…

La voz de Bonnie se apagó, y ahora sus ojos estaban cargados con lágrimas. Sin duda se estaba preguntando si no había sido ella aquel empujón, si de verdad Clu había estado limpio y ella le había echado de casa y le había metido de nuevo en el mundo de sus adicciones. Myron casi le dijo que no se culpase a sí misma, pero tuvo el buen sentido de callarse el manido tópico.

—Clu siempre necesitaba alguien u otra cosa —prosiguió ella—. Era la persona más dependiente que he conocido.

Myron asintió, dispuesto a alentarla.

—Al principio aquello me resultó atractivo, que me necesitase tanto. Pero al final resultó agotador. —Bonnie lo miró—. ¿Cuántas veces tuvieron que sacarle las castañas del fuego?

—Demasiadas —admitió Myron.

—Hay algo que me pregunto, Myron. —Se irguió un poco en la silla, ahora con los ojos más claros—. Me pregunto si entre todos no le hicimos un flaco favor. Quizá si no hubiésemos estado allí para salvarlo, tal vez podría haber cambiado. Si le hubiese echado hace años, a lo mejor hubiese tenido que corregirse y sobrevivir a todo esto.

Myron no dijo nada, sin molestarse en señalar la contradicción inherente en sus palabras: le había echado y él había acabado muerto.

—¿Sabías lo de los doscientos mil dólares? —preguntó Myron.

—Me enteré por boca de la policía.

—¿Tienes alguna idea de dónde pueden estar?

—No.

—¿O por qué pudo necesitarlos?

—No.

Ahora su voz sonaba muy distante, su mirada perdida por encima del hombro de Myron.

—¿Crees que era para drogas?

—Los periódicos dijeron que dio positivo en heroína —dijo Bonnie.

—Eso tengo entendido.

—Sería algo nuevo en Clu. Sé que es una adicción muy cara, pero doscientos mil dólares parecen excesivos.

Myron asintió.

—¿Tenía algún problema?

Bonnie lo miró.

—Me refiero además de los habituales. ¿Usureros, deudas de juego o algo por el estilo?

—Supongo que es posible.

—Pero no lo sabes.

Bonnie sacudió la cabeza, con la mirada aún perdida.

—¿Sabes en qué estoy pensando?

—¿En qué?

—En su primer año de profesional. La clase A con los Bisontes de Nueva Inglaterra. Inmediatamente después de que negociases su contrato. ¿Lo recuerdas?

Myron asintió.

—Una vez más, me pregunto...

—¿Te preguntas qué?

—Aquélla fue la primera vez que nos unimos todos para salvarle el culo.

Una llamada telefónica a medianoche. Myron saliendo del sueño para atender el teléfono. Clu llorando, casi incoherente. Había estado en el coche con Bonnie y con su viejo compañero de habitación en Duke, Billy Lee Palms, el receptor de los Bisontes. Conducía borracho, para ser más preciso. Había estrellado el coche contra una farola. Las heridas de Billy Lee eran menores, pero habían tenido que llevar a Bonnie al hospital. Clu, sin un rasguño, había sido arrestado, obviamente. Myron había tenido que salir pitando a Massachusetts occidental, con un montón de pasta en la mano.

—Lo recuerdo —dijo Myron.

—Tú acababas de conseguirle un patrocinio de aquella gran empresa lechera. Conducir borracho ya era bastante malo, pero si a eso le sumas un herido, bueno, podía ser destruido. Pero nosotros nos cuidamos de él. Se pagó a las personas adecuadas. Billy Lee y yo declaramos que una camioneta nos había cerrado el paso. Lo salvamos. Ahora me pregunto si hicimos lo correcto. Quizá si Clu hubiese pagado el precio entonces, quizás hubiese ido a la cárcel en lugar de caer en…

—No hubiese ido a la cárcel, Bonnie. Posiblemente le hubiesen quitado el carnet de conducir y lo hubiesen condenado a realizar servicios comunitarios por un tiempo.

—Vete tú a saber. La vida es cuestión de olas, como cuando tiras una piedra en un estanque, Myron. Algunos filósofos creen que todo lo que hacemos cambia el mundo para siempre. Incluso los actos más sencillos. Como salir de casa cinco minutos más tarde, o tomar una ruta diferente para ir al trabajo; lo cambia todo para el resto de tu vida. No me lo creo del todo, pero cuando se trata de cosas importantes, no sé, veo que las ondas perduran. O quizá comenzó antes de aquello. Cuando era un niño. La primera vez que comprendió que podía lanzar una esfera blanca con una velocidad sorprendente, la gente le trataba de una forma especial. Tal vez nosotros sólo continuamos el condicionamiento de aquel día. O lo llevamos a un nivel adulto. Clu aprendió que siempre habría alguien para salvarlo. Y lo hicimos. Aquella noche lo salvamos, y después vinieron las acusaciones de asalto, y el comportamiento obsceno y los análisis de dopaje fracasados y todo el resto.

—¿Crees que el asesinato fue un resultado inevitable?

—¿Tú no?

—No —respondió Myron—. Creo que la persona que le disparó tres veces es la responsable.

—La vida pocas veces es tan sencilla, Myron.

—Pero el asesinato lo es generalmente. Al final alguien le disparó. Fue así como murió. No murió porque le ayudamos a salir de algunos excesos autodestructivos. Alguien lo asesinó. Y esa persona, no tú, yo o los que se preocupaban por él, tiene la culpa.

Ella lo pensó por un momento.

—Quizá tengas razón.

Pero no parecía convencida.

—¿Sabes por qué Clu le pegó a Esperanza?

Bonnie negó con la cabeza.

—La policía también me lo preguntó. No sé. Quizás iba colocado.

—¿Se ponía violento cuando estaba colocado?

—No. Pero suena como si hubiese estado muy presionado. Quizá sólo se sentía frustrado porque ella no podía decirle dónde estabas.

Otra oleada de culpa. Esperó que desapareciese.

—¿A quién más podría haber acudido, Bonnie?

—¿A qué te refieres?

—Dijiste que necesitaba ayuda. Yo no estaba. Tú no hablabas con él. ¿Entonces a quién podía acudir?

Ella se lo pensó.

—No estoy segura.

—¿Algún amigo, compañero de equipo?

—No lo sé.

—¿Qué tal Billy Lee Palms?

Ella se encogió de hombros como si dijese no lo sé.

Myron lanzó unas cuantas preguntas más, pero no consiguió nada importante. Al cabo de un rato, Bonnie consultó la hora.

—Tengo que volver con los chicos —dijo.

Él asintió, se levantó de la silla. Esta vez, ella no lo detuvo. Myron la abrazó y Bonnie le devolvió el abrazo, sujetándolo con fuerza.

—Hazme un favor —dijo Bonnie.

—Di.

—Salva a tu amiga. Comprendo por qué necesitas hacerlo. Y no quiero que vaya a la cárcel por algo que no hizo. Pero después déjalo estar.

Myron se apartó un poco.

—No te entiendo.

—Como dije antes, eres un tipo noble.

Pensó en la familia Slaughter y en cómo había acabado; algo dentro de él volvió a ser aplastado de nuevo.

—La universidad queda muy atrás ya —dijo Myron con voz suave.

—No has cambiado.

—Te sorprenderías.

—Todavía necesitas justicia, los finales limpios y hacer lo correcto.

Myron no dijo nada.

—Clu no te lo puede dar —señaló Bonnie—. No era un hombre noble.

—No merecía ser asesinado.

Bonnie apoyó una mano en su brazo.

—Salva a tu amiga, Myron. Luego deja marchar a Clu.

10

Myron subió en el ascensor los dos pisos hasta el centro neurálgico de Lock-Horne Security. Unos hombres blancos agotados —había también mujeres y minorías, más cada año, pero el número en el recuento total todavía era muy escaso— se movían de un lado a otro, partículas sometidas a un calor al punto de ebullición, los teléfonos grises sujetos a sus oídos como cordones umbilicales que proporcionaban el soporte vital. El nivel de ruido y el espacio abierto le recordaba a Myron los casinos de Las Vegas, aunque los tupés eran mejores. Las personas gritaban de entusiasmo o agonía. El dinero se ganaba y se perdía. Los dados rodaban, giraban las ruletas y se repartían las cartas. Los hombres miraban constantemente un tablero electrónico, con el asombro en sus rostros, observando los precios de las acciones como los jugadores esperan que se detenga la ruleta en un número o los viejos israelitas miraban a Moisés y sus nuevas tablas de la ley.

 

Éstas eran las trincheras de las finanzas, los soldados armados apiñados, todos intentando sobrevivir en un mundo donde ganar menos de seis cifras significaba cobardía y probablemente la muerte. Los terminales informáticos parpadeaban a través de un diluvio de notas amarillas. Los guerreros bebían café y enterraban las fotos de familias enmarcadas debajo de un volcánico estallido de análisis de precios, declaraciones financieras y revisiones corporativas. Todos vestían camisas blancas y corbatas con nudo Windsor, con las americanas bien colgadas en los respaldos de las sillas, como si las sillas tuviesen un poco de frío o estuviesen preparándose para comer en Le Cirque.

Win no se sentaba aquí, por supuesto. Los generales de esta guerra —los gurús, los grandes productores, los pesos pesados, como quieras llamarlos— estaban acampados en el perímetro, sus oficinas junto a las ventanas, apartando a los soldados de a pie de cualquier rastro del cielo azul, aire fresco o cualquier elemento endémico a los seres humanos.

Myron subió por una pendiente alfombrada hacia un despacho en una esquina. Win por lo general estaba solo en su despacho. Hoy no. Myron asomó la cabeza, y un puñado de tipos trajeados se volvieron hacia él. Muchísimos trajes. Myron no podía decir cuántos. Quizá seis u ocho. Había una masa confusa de grises y azules con corbatas y pañuelos de rayas rojas, como la estela de una reconstrucción de la guerra civil. Los más viejos, tipos distinguidos de cabellos blancos con la manicura hecha y gemelos en los puños de las camisas, estaban sentados en las sillas de cuero color burdeos más cercanas a la mesa de Win y asentían mucho. Los jóvenes, apretujados en los sofás contra la pared, las cabezas gachas, tomaban notas como si Win estuviese divulgando el secreto de la vida eterna. De vez en cuando, los hombres jóvenes miraban a los viejos, atisbaban su glorioso futuro, que consistiría básicamente en una silla más cómoda y menos notas.

Las libretas eran el rasgo que los identificaba. Eran los abogados. Los viejos probablemente cobraban más de cuatrocientos dólares la hora, los jóvenes, doscientos cincuenta. Myron no se preocupó con la aritmética, sobre todo porque le llevaría demasiado esfuerzo contar cuántos trajes había en la habitación. No importaba. Lock-Horne se lo podía permitir. La redistribución de la riqueza —o sea, mover el dinero sin crear, producir o hacer algo nuevo— producía una ganancia increíble.

Myron Bolitar. El agente deportivo marxista.

Win dio una palmada y todos fueron despachados. Se levantaron lo más lentamente posible —los abogados cobraban por minuto, algo así como las líneas eróticas menos la prima garantizada— y salieron por la puerta del despacho. Los viejos salieron primero, los jóvenes les siguieron como esposas japonesas.

Myron entró.

—¿Qué está pasando?

Win le hizo un gesto a Myron para que se sentase. Luego se echó hacia atrás e hizo aquello de la capillita con las manos.

—Esta situación —dijo— me tiene preocupado.

—¿Te refieres al dinero que retiró Clu?

—Sí, en parte —respondió Win. Movió las puntas de los dedos antes de apoyar los índices en el labio inferior—. Me siento muy desgraciado cuando escucho la palabra «citación» y «Lock-Horne» en la misma frase.

—¿Y qué? No tienes nada que ocultar.

Win esbozó una sonrisa.

—¿Qué quieres decir?

—Deja que miren tus libros. Eres muchas cosas, Win. La honestidad es la primera de ellas.

Win sacudió la cabeza.

—Eres tan ingenuo.

—¿Qué?

—Mi familia dirige una firma financiera.

—¿Y?

—Pues que la más mínima insinuación puede destruir dicha firma.

—Creo que estás exagerando —dijo Myron.

Win enarcó una ceja, se llevó una mano al oído.

—¿Perdón?

—Venga, Win. Siempre hay algún escándalo u otro en Wall Street. La gente ya casi ni se fija.

—Ésos son escándalos de información confidencial.

—¿Y?

Win hizo una pausa, lo miró.

—¿Estas siendo obtuso a posta?

—No.

—La información confidencial es algo del todo diferente.

—¿Qué quieres decir?

—¿De verdad necesitas que te lo explique?

—Supongo que sí.

—Muy bien. Vamos a lo básico; la información confidencial es estafar o robar. A mis clientes no les importa si robo o estafo, siempre y cuando sea en su beneficio. De hecho, si cualquier acto ilegal aumentase sus carteras, la mayoría de los clientes sin duda lo apoyaría. Pero si su consejero financiero está jugando con sus cuentas personales, o algo también terrible, si su institución bancaria está involucrada en algo que le daría al gobierno el derecho de requisar sus archivos, los clientes se pondrían nerviosos.

—Ya veo dónde podría haber un problema —asintió Myron.

Win golpeó la superficie de la mesa con los dedos. Para él, era una muestra de agitación importante. Difícil de creer, pero por primera vez Win parecía un tanto nervioso.

—Tengo a tres despachos de abogados y dos firmas de publicidad trabajando en el asunto —confirmó.

—¿Trabajando cómo?

—Lo habitual —respondió Win—. Reclamando favores políticos, preparando una demanda contra la Oficina del Fiscal de Bergen County, por libelo y calumnias, colocando historias positivas en los medios, viendo qué jueces se presentarán a la reelección.

—En otras palabras —dijo Myron—, a quién puedes comprar.

Win se encogió de hombros.

—¿Aún no te han requisado los archivos?

—No. Pienso acabar con la posibilidad antes de que cualquier juez siquiera piense en firmar la orden.

—En ese caso quizá tendríamos que pasar a la ofensiva.

Win volvió a unir los dedos. Su gran mesa de caoba estaba pulida hasta el punto de que su reflejo parecía el de un espejo, como sacado de un viejo anuncio de lavavajillas donde un ama de casa se entusiasma al verse reflejada en un plato.

—Te escucho.

Myron recapituló su conversación con Bonnie Haid. El teléfono rojo en la estantería de Win —su batfono, tan enamorado del viejo aparato de Alan West que lo tenía tapado con una campana de cristal— le interrumpió varias veces. Win tuvo que atender las llamadas. En su mayoría eran de abogados. Myron oía el pánico de los abogados viajar a través del auricular y todo el camino a través de la mesa. Comprensible. Windsor Horne Lockwood III no era la clase de tipo al que desilusionar.

Win permanecía en calma. Su final de la conversación se podía reducir básicamente a dos palabras: cómo y cuánto.

Cuando Myron acabó, Win dijo:

—Hagamos una lista. —No cogió un bolígrafo. Tampoco Myron—. Uno, necesitamos los registros telefónicos de Clu.

—Se alojaba en un apartamento en Fort Lee —dijo Myron.

—La escena del crimen.

—Correcto. Clu y Bonnie alquilaron el apartamento cuando traspasaron a Clu en mayo. —A los Yankees. Un gran contrato que le dio a Clu, un veterano entrado en años, la última oportunidad para despilfarrar—. Se trasladaron a la casa en Tenafly en julio, pero el contrato de alquiler siguió en vigor por otros seis meses. Así que cuando Bonnie le echó, fue allí donde acabó.

—¿Tienes la dirección? —preguntó Win.

—Sí.

—Entonces bien.

—Envía los registros a Big Cyndi. Le diré que ella los repase.

Conseguir los registros de llamadas telefónicas era muy sencillo. ¿No lo cree? Abra las Páginas Amarillas de su ciudad. Escoja a un investigador privado al azar. Ofrézcale pagarle dos mil por la factura telefónica de cualquiera. Algunos le dirán que sí sin más, pero la mayoría intentará sacarle tres mil, la mitad del pago irá al subordinado en la compañía telefónica al que tienen que sobornar.

—También necesitamos investigar las tarjetas de crédito, la cuenta corriente, lo que sea, y ver en qué se había metido últimamente.

Win asintió. En el caso de Clu, era mucho más fácil. Toda su cartera financiera la tenía Lock-Horne Securities. Win había creado una cuenta separada para Clu, de manera que pudiese manejar sus finanzas de una forma mucho más sencilla. Incluía una tarjeta de débito VISA, las domiciliaciones de las facturas mensuales y un talonario de cheques.

—También necesitamos encontrar a la novia misteriosa —dijo Myron.

—No tendría que ser tan difícil —opinó Win.

—No.

—Como sugeriste antes, nuestro viejo hermano de la fraternidad, Billy Lee Palms, podría saber algo.

—Podemos buscarlo —dijo Myron.

Win levantó un dedo.

—Una cosa.

—Te escucho.

—Tendrás que hacer la mayoría del trabajo de a pie por tu cuenta.

—¿Por qué?

—Tengo un negocio que atender.

—Yo también —dijo Myron.

—Perdiste tu negocio y has perjudicado a dos personas.

—Tres —le corrigió Myron—. Te olvidas de Big Cyndi.

—No. Hablo de Big Cyndi y Esperanza. A ti te dejo aparte por razones obvias. Nuevamente, si quieres los clichés habituales, por favor, a ver qué te parece éste: tú te lo guisas, tú te lo comes…

—Ya te entiendo —le interrumpió Myron—. Pero aún tengo un negocio que proteger, si no por mi bien, al menos por el de ellas.

—No hay ninguna duda. —Win señaló hacia las trincheras—. Pero pese al riesgo de parecer melodramático, soy responsable de esas personas. De sus trabajos y seguridad financiera. Tienen familias, hipotecas y escuelas que pagar. —Observó a Myron con sus ojos azul hielo—. Es algo que no me tomo a la ligera.

—Lo sé.

Win se echó hacia atrás.

—Permaneceré involucrado, por supuesto. Y una vez más si se necesitan mis talentos particulares…

—Esperemos que no —le interrumpió Myron.

Win se encogió de hombros otra vez. Luego dijo:

—Curioso, ¿no?

—¿Qué?

—No hemos ni siquiera mencionado a Esperanza en todo esto. ¿Por qué crees que es?

—No lo sé.

—Quizás —añadió Win—, tenemos alguna duda sobre su inocencia.

—No.

Win enarcó la ceja, pero no dijo nada.

—No estoy siendo sólo emocional —continuó Myron—. Lo he estado pensando.

—¿Y?

—No tiene sentido. En primer lugar, ¿por qué Esperanza mataría a Clu? ¿Cuál es su móvil?

—El fiscal parece creer que ella lo mató por el dinero.

—Correcto. Y creo que es justo decir que ambos sabemos que no es así.

Win hizo una pausa, asintió.

—No, Esperanza no mataría por dinero.

—Entonces no tenemos un motivo.

Win frunció el entrecejo.

—Yo diría que esa conclusión es en el mejor de los casos prematura.

—Vale, pero ahora analicemos las pruebas. El arma, por ejemplo.

—Adelante —dijo Win.

—Piensa en ello por un segundo. Esperanza tiene un gran altercado con Clu delante de testigos, ¿correcto?

—Sí.

Myron levantó un dedo.

—Uno, ¿sería lo bastante estúpida para matar a Clu tan poco tiempo después de la pelea pública?

—Una observación justa —concedió Win—. Pero quizá la discusión en el garaje sólo subió las apuestas. Tal vez después de aquello Esperanza comprendió que Clu estaba fuera de todo control.

—Vale, digamos que Esperanza fue lo bastante idiota como para matarlo después de la pelea. Obviamente, sabría que era sospechosa, ¿no? Me refiero, a que había testigos.

Win asintió lentamente.

—Lo acepto.

—¿Entonces por qué estaba el arma asesina en el despacho? Esperanza no es tan estúpida. Trabajó con nosotros antes. Se conoce todas las minucias. Demonios, cualquiera que vea la tele sabe que debe deshacerse del arma.

Win titubeó.

—Comprendo lo que estás diciendo.

—Por lo tanto tuvieron que poner el arma allí. Y si pusieron el arma allí, consecuentemente la sangre y las fibras también las pusieron allí.

 

—Lógico.

Win estaba haciendo su mejor Señor Spock. El batfono sonó de nuevo. Win atendió y acabó con el asunto en segundos. Volvieron al razonamiento.

—Por otro lado —señaló Win—, nunca me he encontrado con un asesinato perfectamente lógico.

—¿A qué te refieres?

—La realidad es confusa y está llena de contradicciones. Mira el caso de O. J.

—¿El qué?

—El caso O. J. —repitió Win—. Si se derramó tanta sangre que hasta O. J. acabó empapado, ¿cómo es que se encontró tan poca?

—Se cambió de ropa.

—¿Y? Incluso si lo hizo, cualquiera hubiese esperado encontrar más que unas pocas gotas en el salpicadero, ¿no? ¿Si O. J. volvió a su casa y se duchó, cómo es que no encontraron sangre en los azulejos, en las tuberías o donde fuese?

—Entonces ¿crees que O. J. era inocente?

Win volvió a fruncir el entrecejo.

—No me entiendes.

—Explícamelo.

—Las investigaciones de un asesinato nunca tienen un sentido completo. Siempre hay rotos en el tejido de la lógica. Varios inexplicables. Quizás Esperanza cometió un error. Tal vez no creyó que la policía sospecharía de ella. Quizá creyó que el arma estaría más segura en el despacho que, digamos, en su casa.

—Ella no le mató, Win.

Win separó las manos.

—¿Quién entre nosotros es incapaz, dadas las circunstancias correctas, de asesinar?

Un pesado silencio.

Myron tragó con fuerza.

—Por el bien de la discusión, vamos a asumir que el arma la colocaron allí.

Win asintió poco a poco, la mirada fija en Myron.

—La pregunta es: ¿quién la dejó?

—Y por qué —añadió Win.

—Por lo tanto, necesitamos hacer una lista de sus enemigos —dijo Myron.

—Y nuestros.

—¿Qué?

—Esta acusación de asesinato nos está haciendo mucho daño a los dos —contestó Win—. Por lo tanto, debemos mirar varias posibilidades.

—¿Por ejemplo?

—Primero —dijo Win—, quizás estamos interpretando demasiadas cosas en este montaje.

—¿Qué quieres decir?

—A lo mejor no se trata en absoluto una venganza personal. Quizás el asesino se enteró de la discusión en el garaje y llegó a la conclusión de que Esperanza sería la sospechosa adecuada.

—¿Quieres decir que todo esto no es más que una manera de desviar la atención del verdadero asesino? ¿Nada personal?

—Es una posibilidad —admitió Win—. Ni más ni menos.

—Vale —admitió Myron—. ¿Qué más?

—El asesino quiere causarle un gran daño a Esperanza.

—La opción obvia.

—Y al parecer está funcionando —dijo Win—. Y la posibilidad número tres: el asesino quiere perjudicarnos a uno de nosotros dos.

—O —dijo Myron— a nuestras empresas.

—Sí.

Algo así como un gigantesco yunque de los dibujos animados cayó sobre la cabeza de Myron.

—Alguien como FJ.

Win se limitó a sonreír.

—Y —continuó Myron— Clu estaba haciendo algo ilícito, algo que necesitaba de una gran cantidad de dinero…

—Entonces FJ y su familia serían los primeros señalados —acabó Win por él—. Por supuesto, si olvidamos el dinero por un momento, FJ disfrutaría de cualquier oportunidad para aplastarte. ¿Qué mejor manera de diezmar tu empresa y encarcelar a tu mejor amiga?

—Dos pájaros de un tiro.

—Precisamente.

Myron se reclinó en la silla, agotado de pronto.

—No me gusta la idea de involucrarme con los Ache.

—A mí tampoco —manifestó Win.

—¿Tú? Antes, querías matar a FJ.

—A eso me refiero. Ahora no puedo. Si el joven FJ está detrás de esto, tenemos que mantenerlo vivo para poder demostrarlo. Atrapar sanguijuelas es peligroso. El exterminio sin más es la acción preferida.

—Así que ahora hemos eliminado tu opción favorita.

Win asintió.

—Triste, ¿verdad?

—Trágico.

—Pero todavía es peor, viejo amigo.

—¿Qué quieres decir?

—Inocente o culpable —dijo Win—, Esperanza nos está ocultando algo.

Silencio.

—No tenemos otra alternativa —prosiguió Win—. Necesitamos investigarla también a ella. Hurgar un poco en su vida personal.

—No me gusta la idea de involucrarme con los Ache —declaró Myron—, pero menos aún me gusta la idea de invadir la intimidad de Esperanza.

—Ten miedo —asintió Win—. Ten mucho miedo.

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