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Z serii: Myron Bolitar #6
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—Lo están —afirmó Myron—. Nunca he robado ni un centavo.

Hester se volvió hacia Win.

—¿Y qué pasa con usted?

Win colgó el teléfono.

—¿Qué pasa conmigo?

—También revisarán sus libros.

Win enarcó una ceja.

—Lo intentarán.

—¿Están limpios?

—Puede comer en ellos —contestó Win.

—Bien. Dejaré que sus abogados se ocupen. Ya tengo bastante de qué ocuparme.

Silencio.

—¿Cómo la sacamos de allí? —preguntó Myron.

—Nosotros no la sacamos. Yo la saco. Manténgase apartado.

—No recibo órdenes de usted.

—¿No? ¿Qué le parece recibirlas de Esperanza?

—¿Qué pasa con Esperanza?

—Es su petición, no la mía. Manténgase apartado de ella.

—No me creo que lo haya dicho.

—Créalo.

—Si quiere que me mantenga apartado —dijo Myron—, tendrá que decírmelo a la cara.

—Muy bien —dijo Crimstein con un fuerte suspiro—. Vamos a ocuparnos de eso ahora mismo.

—¿Qué?

—¿Quiere preguntárselo a ella? Deme cinco minutos.

8

—Tengo que volver a la oficina —dijo Win.

Myron se sorprendió.

—¿No quieres oír lo que Esperanza tenga que decir?

—No tengo tiempo.

Su tono dio un portazo a cualquier discusión. Win acercó la mano al pomo de la puerta.

—Si necesitas de mis talentos especiales —añadió—, tengo el móvil.

Salió a la carrera en el momento en que entraba Hester Crimstein. Ella lo miró desaparecer por el pasillo.

—¿Adónde va?

—A su oficina.

—¿Cómo es que de pronto le ha entrado tanta prisa?

—No pregunte.

Hester Crimstein enarcó una ceja.

—Umm.

—¿Umm, qué?

—Win era quien estaba a cargo de la cuenta donde desapareció el dinero.

—¿Y?

—Quizá tenía un motivo para silenciar a Clu Haid.

—Eso es bastante ridículo.

—¿Me está diciendo que es incapaz de asesinar?

Myron no contestó.

—Si sólo la mitad de las historias que he oído de Windsor Lockwood son verdad…

—Usted sabe que no se debe hacer caso de los rumores.

Ella lo miró.

—Por lo tanto si le cito como testigo y le pregunto si alguna vez ha visto a Windsor Horne Lockwood III matar a alguien, ¿qué respondería?

—No.

—Vaya. Creo que también faltó a la clase sobre el perjurio.

Myron no se molestó con una réplica.

—¿Cuándo puedo ver a Esperanza?

—Venga. Le está esperando.

Esperanza estaba sentada a una mesa larga. Aún vestía el mono naranja de la cárcel, las manos ahora libres de las esposas apoyadas delante de ella, su expresión serena como la imagen de una iglesia. Hester le hizo una seña al guardia, y ambos salieron de la habitación.

Cuando se cerró la puerta, Esperanza le sonrió.

—Bienvenido a casa.

—Gracias —contestó Myron.

La mirada de Esperanza se posó en él.

—Si tu bronceado fuese más oscuro, podrías pasar por mi hermano.

—Gracias.

—Veo que sigues siendo un pico de oro con las damas.

—Gracias.

Ella casi sonrió. Incluso en estas condiciones, Esperanza se veía radiante. La piel tersa y el pelo negro brillaban contra el fondo naranja fluorescente. Sus ojos todavía despertaban recuerdos de lunas mediterráneas y blusas de campesina blancas.

—¿Te sientes mejor ahora? —le preguntó ella.

—Sí.

—¿Se puede saber dónde estabas?

—En una isla privada en el Caribe.

—¿Durante tres semanas?

—Sí.

—¿Solo?

—No.

Cuando él no explicó más, Esperanza se limitó a decir:

—Detalles.

—Me escapé con una hermosa presentadora de televisión que apenas conocía.

Esperanza sonrió.

—¿Ella, no sé cómo decir esto con delicadeza, te folló hasta el tuétano?

—Así es.

—Me alegra oírlo. Si hay un tipo que necesitaba que se lo follasen hasta el tuétano…

—Correcto, soy ese tipo. Votado como el tipo más necesitado de que se lo follasen por el último curso.

A ella le gustó la frase. Se echó hacia atrás y cruzó las piernas como si estuviese en un bar. Curioso en este entorno, por decir algo.

—¿No le dijiste a nadie dónde estabas?

—Así es.

—Sin embargo, Win te encontró en cuestión de horas.

Ninguno de los dos se sorprendió. Permanecieron en silencio durante un par de segundos. Después Myron preguntó:

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Necesitas algo?

—No.

Myron no estaba seguro de cómo continuar, qué tema tocar o cómo abordarlo. Una vez más Esperanza cogió la pelota y comenzó a driblar.

—¿Así que tú y Jessica habéis acabado? —preguntó ella.

—Sí.

Era la primera vez que lo decía en voz alta. Le sonó extraño.

Esta vez la hizo sonreír de oreja a oreja.

—Ah, no hay mal que por bien no venga —exclamó triunfante—. ¿De verdad que se ha acabado? ¿La reina puta se ha ido para siempre?

—No la llames así.

—¿Se ha ido para siempre?

—Eso creo.

—Di que sí, Myron. Te sentirás mejor.

Pero él no pudo.

—No estoy aquí para hablar de mí.

Esperanza se cruzó de brazos. No dijo nada.

—Te sacaremos de ésta —añadió Myron—. Te lo prometo.

Ella asintió, continuó mostrándose despreocupada; si hubiese sido fumadora, estaría soplando anillos de humo.

—Será mejor que vuelvas a la oficina. Ya hemos perdido demasiados clientes.

—No me preocupa.

—A mí sí. —Su voz adquirió un tono tajante—. Ahora soy socia.

—Ya lo sé.

—Así que soy dueña de una parte de MB SportsReps. Si quieres autodestruirte, vale. Pero no arrastres mi deseado culo contigo, ¿de acuerdo?

—No me refería a eso. Sólo me refería a que ahora mismo tenemos preocupaciones más grandes.

—No.

—¿Qué?

—No tenemos preocupaciones más grandes. Quiero que te mantengas apartado de esto.

—No lo entiendo.

—Tengo a una de las mejores abogadas defensoras del país trabajando en mi caso. Que ella se ocupe.

Myron intentó dejar que sus palabras se asentasen, pero eran como niños traviesos que se disputaban una golosina. Se inclinó un poco hacia delante.

—¿Qué está pasando aquí?

—No puedo hablar de ello.

—¿Qué?

—Hester me dijo que no debía hablar del caso con nadie, ni siquiera contigo. Nuestras conversaciones no están protegidas.

—¿Crees que hablaría?

—Te pueden forzar a testificar.

—Entonces mentiría.

—No tendrás que hacerlo.

Myron abrió la boca, la cerró, probó de nuevo.

—Win y yo te podemos ayudar. Somos buenos en esto.

—No te ofendas, Myron, pero Win es un psicópata. Le quiero, pero no necesito esa clase de ayuda. Y tú —Esperanza se detuvo, miró hacia el techo, separó los brazos, bajó la mirada para mirarlo—, eres una mercancía estropeada. No te culpo por largarte. Es probable que fuese lo correcto. Pero no finjamos que has vuelto a la normalidad.

—No he vuelto a la normalidad —asintió él—. Pero estoy preparado para esto.

Esperanza negó con la cabeza.

—Concéntrate en MB. Harán falta todos tus esfuerzos para mantenerla a flote.

—¿No vas a decirme qué pasó?

—No.

—No tiene ningún sentido.

—Acabo de explicarte mis razones…

—¿De verdad temes que vaya a declarar contra ti?

—Yo no he dicho eso.

—¿Entonces qué es? Si crees que no estoy a la altura, vale, me lo creeré. Pero eso no te puede impedir hablar conmigo. De hecho, probablemente me dirías que continúe hurgando. ¿Qué está pasando aquí?

Su rostro se cerró.

—Ve a la oficina, Myron. ¿Quieres ayudar? Salva nuestro negocio.

—¿Lo mataste?

Lo lamentó en el momento en que sus palabras salieron de su boca. Lo miró como si él acabase de extender un brazo por encima de la mesa y la hubiese abofeteado.

—No me importa si lo hiciste —insistió Myron—. Estaré a tu lado incondicionalmente. Quiero que lo sepas.

Esperanza recuperó la compostura. Apartó la silla y se levantó. Por unos momentos lo miró, observó su rostro como si estuviese buscando algo que normalmente estaba allí. Después dio media vuelta, llamó al guardia, y salió de la habitación.

9

Big Cyndi estaba atendiendo la recepción cuando Myron llegó a las oficinas de MB SportsReps. Tenían una ubicación de primera, en pleno centro de Park Avenue. El edificio Lock-Horne había sido propiedad de la familia de Win desde que el gran-gran-gran-etcétera abuelo Horne (¿o era Lockwood?) había derrumbado una tienda india y comenzado a construirlo. Myron le alquilaba el espacio a Win con un gran descuento. A cambio Win se encargaba de todas las finanzas de los clientes de Myron. El arreglo era una ganga para Myron. Con el prestigio de la dirección y la capacidad de garantizar a sus clientes los servicios financieros del casi legendario Windsor-Horne Lockwood III, MB SportsReps tenía un aire de legitimidad que pocas compañías pequeñas podían proclamar.

MB SportsReps estaba en el piso doce. Un ascensor se abría a la recepción. Mucha clase. Los teléfonos sonaban. Big Cyndi puso a las personas en espera y lo miró. Se veía incluso más ridícula de lo habitual. No era tarea fácil. En primer lugar, los muebles eran demasiado pequeños para ella, y las patas de la mesa bailaban sobre sus rodillas como algo que puede sucederle a un padre cuando visita el parvulario de su hijo. En segundo lugar, aún no se había lavado ni cambiado desde la noche anterior. En otra situación, Myron el empresario, siempre consciente de la imagen, hubiese hecho un comentario, pero ahora no le pareció un momento apropiado o seguro.

 

—La prensa está apelando a todos los trucos para llegar hasta aquí, señor Bolitar —Big Cyndi siempre lo llamaba señor Bolitar. Le gustaban las formalidades—. Dos de ellos incluso han fingido ser posibles clientes que provenían de las primeras divisiones de los institutos.

Myron casi no se sorprendió.

—Dile al guardia del vestíbulo que esté muy alerta.

—También están llamando un montón de clientes. Están preocupados.

—Pásamelos. Líbrate de todos los demás.

—Sí, señor Bolitar. —Como si quisiese saludar a un oficial. Big Cyndi le entregó una pila de papeles azules—. Éstas son las llamadas de los clientes de esta mañana.

Él comenzó a repasar la pila.

—Para su información —continuó Big Cyndi—, les dijimos a todos que se había ido por uno o dos días. Después una semana o dos. Luego comenzamos a inventarnos emergencias: problemas familiares, ayudar a un cliente enfermo, esa clase de cosas. Pero algunos de los clientes se cansaron de las excusas.

Myron asintió.

—¿Tienes una lista de los que nos han dejado?

Big Cyndi ya la tenía en la mano. Se la dio, y él se dirigió hacia su despacho.

—¿Señor Bolitar?

Él se volvió.

—¿Sí?

—¿Estará bien Esperanza?

De nuevo aquella voz diminuta y distante que desmentía su tamaño, como si la enorme forma que tenía delante se hubiese tragado a un niño y estuviese pidiendo ayuda.

—Sí, Big Cyndi. Estará bien.

—¿Usted la ayudará, verdad? ¿Pese a que ella no quiere que lo haga?

Myron hizo un medio gesto de asentimiento. No pareció satisfacerla, así que agregó:

—Sí.

—Bien, señor Bolitar. Es lo correcto y se debe hacer.

Él no tenía nada que añadir, así que entró en su oficina. Myron no había estado en MB en seis semanas. Extraño. Había trabajado tanto y tan fuerte para construir MB SportsReps —M de Myron, B de Bolitar, un nombre con gancho, ¿no?— y ahora la había abandonado. Como si nada. Abandonado su negocio. Sus clientes. Y a Esperanza.

Habían acabado las reformas —habían cortado una parte de la sala de reuniones y la recepción para que Esperanza pudiese tener su propio despacho—, pero la nueva habitación continuaba sin acabarse. Por lo tanto, Esperanza había estado utilizando su despacho. Se sentó a su mesa y de inmediato el teléfono comenzó a sonar. No le hizo caso durante unos segundos, la mirada puesta en la pared de clientes, con las fotos de todos los atletas en acción que MB representaba. Se fijó en la imagen de Clu Haid. Clu estaba en la base del lanzador, inclinado hacia delante, a punto de estirarse, la mejilla abultada con la bola de tabaco de mascar, mirando una señal que sólo él veía.

—¿Qué has hecho esta vez, Clu? —preguntó en voz alta.

La foto no le respondió, algo que probablemente era bueno. Pero continuó mirando. Había sacado a Clu de tantos líos a lo largo de los años que no pudo dejar de preguntarse: ¿si no me hubiese largado al Caribe, habría sido capaz de sacar a Clu de éste también?

Una introspección inútil: uno de los muchos talentos de Myron.

Big Cyndi lo llamó.

—¿Señor Bolitar?

—Sí.

—Sé que me dijo que sólo le pasase a los clientes, pero Sophie Mayor está al teléfono.

Sophie Mayor era la nueva propietaria de los Yankees.

—Pásamela.

Oyó un clic y dijo «Hola».

—Myron, Dios mío. ¿Qué demonios está pasando?

Sophie Mayor no era muy dada a los prolegómenos corteses.

—Todavía estoy tratando de aclararme.

—Creen que su secretaria mató a Clu.

—Esperanza es mi socia —le corrigió él aunque no tenía claro por qué—. Ella no mató a nadie.

—Estoy aquí con Jared. —Jared era su hijo, y el «cogerente general» de los Yankees; co significa comparte el título con alguien que sabe lo que hace porque él recibió el empleo por nepotismo. Jared significa nacido después de 1973—. Tenemos que decirle algo a la prensa.

—No estoy seguro de cómo puedo ayudar, señora Mayor.

—Me dijo que Clu lo había superado, Myron.

Él no dijo nada.

—Las drogas, las bebidas, las fiestas, los problemas —continuó Sophie Mayor—. Dijo que todo había quedado atrás.

Estaba a punto de defenderse pero se lo pensó mejor.

—Creo que lo mejor será hablar de esto en persona —dijo Myron.

—Jared y yo estamos de viaje con el equipo. Ahora mismo estamos en Cleveland. Volvemos a casa esta noche.

—¿Qué tal entonces mañana por la mañana?

—Estaremos en el estadio —respondió ella—. A las once.

—Allí estaré.

Myron colgó el teléfono. Big Cyndi le pasó de inmediato la llamada de un cliente.

—Aquí Myron.

—¿Dónde demonios has estado?

Era Marty Towey, un defensor de los Viking. Myron respiró hondo y soltó una frase medio preparada: estaba de vuelta, las cosas iban muy bien, no te preocupes, el dinero entra a raudales, tengo un contrato aquí mismo, muy ocupado buscando nuevos patrocinadores, bla, bla, bla. Vaselina. Vaselina.

Marty era duro de pelar.

—Maldita sea, Myron. Escogí MB porque no quería que me atendiesen los subalternos. Quería tratar con el gran jefe. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Claro, Marty.

—Esperanza es bonita y todo eso. Pero no eres tú. Te contraté a ti. ¿Lo entiendes?

—Ya he vuelto, Marty. Todo irá bien, te lo prometo. Escucha, estaréis en la ciudad dentro de un par de semanas, ¿no?

—Jugamos contra los Jets dentro de dos semanas.

—Bien. Me encontraré contigo en el partido y después nos iremos a cenar juntos.

Cuando Myron colgó, se dio cuenta de que había desatendido tanto los asuntos de los clientes que ni siquiera sabía si Marty estaba jugando en el nivel All-Pro, o si sólo lo tenían en el banquillo a la espera de traspasarlo. Diablos, tendría que ponerse al día.

Las llamadas fueron más o menos por el estilo durante las dos horas siguientes. La mayoría de los clientes se calmaron. Algunos permanecieron sin decidirse. Nadie más le abandonó. No había arreglado nada, pero había conseguido reducir la sangría a un goteo serio.

Big Cyndi llamó y abrió la puerta del despacho.

—Problemas, señor Bolitar.

Un desagradable, aunque no desconocido, olor comenzó a emanar desde la puerta.

—¿Qué demonios…? —comenzó Myron.

—Apártese, nena.

La voz áspera sonó detrás de Big Cyndi. Myron intentó ver quién era, pero Big Cyndi le tapaba la línea de visión como un eclipse solar. Por fin se apartó, y los mismos dos policías de paisano del juzgado se apresuraron a entrar. El más grande tenía unos cincuenta y tantos, los ojos somnolientos, harto del mundo y una de aquellas caras que parecían sin afeitar incluso después de afeitarse. Vestía una trinchera con las mangas que apenas si le llegaban a los codos y zapatos que tenían más rozaduras que una pelota de béisbol de Gaylord Perry. El tipo más bajo era joven y realmente feo. Su rostro le recordó una foto ampliada de un piojo. Vestía un traje gris claro con chaleco —la prenda informal de Sears para el representante de la ley— y una de aquellas corbatas Looney Tunes que gritaba 1992.

El terrible olor comenzó a penetrar por las paredes.

—La orden —dijo el grandullón. No mascaba un puro, pero tendría que haberlo hecho—. Antes que me diga que estamos fuera de nuestra jurisdicción, aún trabajamos con Michael Chapman, en Manhattan Norte. Llámelo si tiene un problema. Ahora fuera de la silla, gilipollas, así podemos revisar este lugar.

Myron arrugó la nariz.

—Jesús, ¿cuál de ustedes usa la colonia?

Piojo le dirigió una mirada rápida a su compañero. La mirada decía: «Eh, aceptaré que me disparen por este tipo, pero no voy a aceptar la culpa del pestazo». Comprensible.

—Escúcheme, listillo —continuó el grandullón—. Mi nombre es detective Winters…

—¿De verdad? ¿Su mamá le puso Detective?

Apenas un suspiro.

—… y éste es el detective Martínez. Apártese de ahí, atontado.

El olor comenzaba a afectarle.

—Joder, Winters, tiene que dejar de pedirle colonia prestada a los asistentes de vuelo.

—Siga con lo suyo, chistoso.

—De verdad, ¿en la etiqueta pone usar en abundancia?

—Es un auténtico comediante, Bolitar. Hay tantos graciosos como usted en la trena que es una pena que no televisen Sing Sing.

—Creía que ya habían registrado el lugar.

—Lo hicimos. Ahora hemos vuelto para buscar los libros de contabilidad.

Myron señaló a Piojo.

—¿No puede hacerlo él solo?

—¿Qué?

—Nunca conseguiré quitar el olor de aquí.

Winter sacó un par de guantes de látex; eran para no estropear cualquier posible huella digital. Se los colocó con mucha alharaca, incluso movió los dedos, y sonrió.

Myron le guiñó un ojo.

—¿Quiere que me agache y me sujete los tobillos?

—No.

—Joder, con lo que necesito una cita.

¿Quiere chinchar a un poli? Utilice el humor gay. Myron aún no había conocido a ningún poli que no fuese completamente homofóbico.

—Le vamos a hacer pedazos este lugar, gracioso —dijo Winters.

—Lo dudo —replicó Myron.

—¿Ah sí?

Myron se levantó, buscó en el archivador detrás de él.

—Eh, no puede tocar nada de aquí dentro.

Myron no le hizo caso, sacó una cámara de vídeo pequeña.

—Sólo para llevar un registro de lo que hacen, agente. En el actual clima de falsas acusaciones de corrupción policial, no queremos ningún malentendido. —Myron puso en marcha la cámara y enfocó al grandullón—. ¿Verdad?

—No —dijo el grandullón, con la mirada fija en la cámara—. No queremos ningún malentendido.

Myron mantuvo el ojo en el visor.

—La cámara capta su verdadera esencia, detective. Estoy seguro de que si vemos la filmación incluso podríamos oler su colonia.

Piojo ocultó una sonrisa.

—Por favor, quítese de nuestro camino, señor Bolitar —dijo Winters.

—Por supuesto. Cooperación es mi segundo nombre.

Comenzaron la búsqueda, que consistió básicamente en coger todos los documentos a los que pudieron echar mano, meterlos en cajas y llevárselos. Las manos enguantadas lo tocaron todo, y Myron sintió como si le tocasen a él. Intentó parecer inocente —a saber qué significaba eso—, pero no podía evitar sentirse nervioso. La culpa es una cosa curiosa. Tenía muy claro que no había nada irregular en los expedientes, pero no obstante se sentía a la defensiva.

Myron le dio la cámara de vídeo a Big Cyndi y comenzó a llamar a los clientes que habían dejado MB. La mayoría no cogió el teléfono. Los pocos que lo hicieron intentaron desviar la conversación. Myron se mostró amable, convencido que pasarse de agresivo sería contraproducente. Sólo les dijo que estaba de regreso y que le gustaría mucho hablar con ellos lo antes posible. Un montón de ejem y ajás de aquellos que hablaron con él. Nada inesperado. Recuperar su confianza llevaría tiempo.

Los polis acabaron y se marcharon sin ni siquiera decir adiós. Vaya modales. Big Cyndi y Myron observaron cómo se cerraban las puertas del ascensor.

—Esto va a ser muy difícil —dijo Myron.

—¿Qué?

—Trabajar sin los archivos.

Big Cyndi abrió el bolso y le mostró los discos.

—Está todo aquí.

—¿Todo?

—Sí.

—Las cartas y la correspondencia, vale, pero necesito los contratos…

—Todo —repitió ella—. Compré un escáner y escaneé todos los documentos del despacho. Hay una copia de seguridad en una caja en el CitiBank. Actualizo los discos cada semana. Por si se produce un incendio o cualquier otra emergencia.

Esta vez, cuando sonrió, el encogimiento de Myron apenas si fue perceptible.

—Big Cyndi, eres una mujer sorprendente.

Era difícil saberlo debajo de la máscara de lápices de cera fundida, pero casi le pareció que se sonrojaba.

Sonó el intercomunicador. Big Cyndi atendió el teléfono.

 

—¿Sí? —Pausa. Luego su voz se hizo grave—. Sí, hágala subir.

Colgó.

—¿Quién es?

—Bonnie Haid quiere verle.

Big Cyndi hizo entrar a la viuda Haid a su despacho. Myron estaba de pie detrás de la mesa, sin saber qué hacer. Esperó a que hiciese el primer movimiento, pero no lo hizo. Bonnie Haid se había dejado crecer el pelo, y, por un momento, se sintió de nuevo en Duke. Clu y Bonnie sentados en un sofá en el sótano de la casa de estudiantes, con otro barril de cerveza detrás de ellos, el brazo de Clu sobre el hombro de ella, vestida con una sudadera gris, las piernas recogidas debajo de las nalgas.

Tragó saliva y se movió hacia Bonnie. Ella dio un paso atrás y cerró los ojos. Levantó una mano para detenerle como si creyese que no podría soportar el dolor de su intimidad. Myron permaneció donde estaba.

—Lo siento —dijo Myron.

—Gracias.

Permanecieron así, dos bailarines que esperan a que comience la música.

—¿Puedo sentarme? —preguntó Bonnie.

—Por supuesto.

Ella se sentó. Myron titubeó y después decidió volver a sentarse a su mesa.

—¿Cuándo has regresado? —preguntó Bonnie.

—Anoche. No supe lo de Clu hasta entonces. Lamento no haber estado aquí por ti.

Bonnie ladeó la cabeza.

—¿Por qué?

—¿Perdón?

—¿Por qué lamentas no haber estado aquí? ¿Qué podrías haber hecho?

Myron se encogió de hombros.

—Quizás ayudar.

—¿Ayudar cómo?

Bolitar se volvió a encoger de hombros, abrió los brazos.

—No sé qué decir, Bonnie. Estoy perdido.

Ella lo miró por un momento, desafiante. Después bajó los ojos.

—Sólo me estoy descargando con cualquiera que tenga delante —dijo—. No me hagas caso.

—No me importa; descárgate.

Bonnie casi consiguió sonreír.

—Eres un buen tipo, Myron. Siempre lo fuiste. Incluso en Duke había algo en ti que era, no lo sé, quizá noble.

—¿Noble?

—Suena ridículo, ¿verdad?

—Mucho —asintió Myron—. ¿Cómo están los chicos?

Ella se encogió de hombros.

—Timmy tiene dieciocho meses, o sea que no se da cuenta de nada. Charly tiene cuatro años, y ahora está bastante confuso. Mis padres cuidan de ellos.

—No quiero continuar sonando como un mal cliché —dijo Myron—, pero si hay algo que pueda hacer…

—Una cosa.

—Di.

—Háblame del arresto.

Myron se aclaró la garganta.

—¿Qué pasa con el arresto?

—Me he encontrado con Esperanza unas cuantas veces a lo largo de los años. Supongo que me resulta difícil creer que ella matase a Clu.

—No lo hizo.

Bonnie entrecerró un poco los ojos.

—¿Por qué estas tan seguro?

—Conozco a Esperanza.

—¿Eso es todo?

Él asintió.

—Por ahora.

—¿Has hablado con ella?

—Sí.

—¿Y?

—No puedo entrar en detalles —sobre todo porque no conocía ninguno; Myron casi agradecía que Esperanza no le hubiese dicho nada—, pero ella no lo hizo.

—¿Qué pasa con todas las pruebas que encontró la policía?

—Todavía no puedo responder a eso, Bonnie. Pero Esperanza es inocente. Encontraremos al verdadero asesino.

—Pareces muy seguro.

—Lo estoy.

Guardaron silencio. Myron esperó, mientras pensaba en cómo abordarlo. Había preguntas que necesitaba hacer, pero esta mujer acababa de perder a su marido. Había que caminar con cuidado ante el riesgo de tropezar con una mina terrestre emocional.

—Voy a hurgar en el asesinato —dijo Myron.

Ella parecía confusa.

—¿Qué quieres decir con hurgar?

—Investigar.

—Pero si eres un agente deportivo.

—También tengo algo de experiencia en ese ramo.

Ella le observó.

—¿Win también?

—Sí.

La viuda asintió como si de pronto todo tuviese sentido.

—Win me aterra.

—Es sólo porque estás cuerda.

—¿Ahora vas a intentar descubrir quién mató a Clu?

—Sí.

—Comprendo —asintió Bonnie. Se removió en el asiento—. Dime una cosa, Myron.

—Lo que sea.

—¿Cuál es tu prioridad en este asunto: encontrar al asesino o liberar a Esperanza?

—Es la misma cosa.

—¿Y si no lo es? ¿Y si te enteras de que Esperanza le mató?

Tiempo de mentir.

—Entonces será castigada.

Bonnie comenzó a sonreír como si pudiese ver la verdad.

—Buena suerte —dijo.

Myron apoyó un tobillo en la rodilla. «Ahora tranquilo,» pensó.

—¿Puedo preguntarte algo?

Ella se encogió de hombros.

—Claro.

Suave, suave.

—No pretendo faltarte al respeto, Bonnie. No pregunto esto por ser un entrometido…

—La sutileza nunca ha sido tu fuerte, Myron. Haz la pregunta de una vez.

—¿Tú y Clu teníais problemas?

Una sonrisa triste.

—¿No los hemos tenido siempre?

—Oí que esta vez era algo más serio.

Bonnie cruzó los brazos debajo de los senos.

—Vaya, vaya. No hace ni un día que has vuelto y ya te has enterado de tantas cosas. Trabajas rápido, Myron.

—Clu se lo mencionó a Win. ¿Le habías pedido el divorcio?

—Sí.

Ninguna vacilación.

—¿Puedes decirme qué pasó?

En la distancia, el fax comenzó con su chirrido infernal. El teléfono continuó sonando. Myron sabía que no los interrumpirían. Big Cyndi había trabajado durante años como gorila en un bar sadomasoquista; cuando la situación lo requería podía ser tan agradable como un rinoceronte rabioso con un grave problema de hemorroides. Bueno, en realidad podía serlo también cuando la situación no lo requería.

—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó Bonnie.

—Porque Esperanza no le mató.

—Se está convirtiendo en algo así como un mantra para ti, Myron. Si lo repites una y otra vez te lo acabas creyendo, ¿no?

—Yo lo creo.

—¿Y?

—Si ella no le mató, alguien lo hizo.

Bonnie lo miró.

—Si ella no le mató, alguien lo hizo —repitió. Pausa—. Antes no estabas alardeando. De verdad tienes experiencia en esto.

—Sólo estoy intentando descubrir quién le mató.

—¿Preguntando por nuestro matrimonio?

—Preguntando por cualquier cosa turbulenta en su vida.

—¿Turbulenta? —La viuda soltó una carcajada—. Estamos hablando de Clu, Myron. Todo era turbulento. Lo difícil era encontrar un momento de calma.

—¿Cuánto tiempo llevabais juntos? —preguntó Myron.

—Ya sabes la respuesta.

La sabía. Primer año en Duke. Bonnie había bajado al sótano de la casa de estudiantes vestida con un suéter con un monograma, un collar de perlas y una preciosa cola de caballo. Myron y Clu se ocupaban del barril de cerveza. A Myron le gustaba trabajar con el barril porque le mantenía tan ocupado que no bebía mucho. No vayan a hacerse una idea errónea. Myron bebía. Casi era un requisito en la vida universitaria de aquellos días. Pero nunca había sido un buen bebedor. Siempre parecía perderse aquel punto de diversión, aquel zumbido entre la sobriedad y la vomitera. Era casi inexistente para él. Algo en sus ancestros, suponía. Le había ayudado en los últimos meses. Antes de escaparse con Terese, Myron había intentado el viejo sistema de ahogar las penas. Pero, seamos sinceros, por lo general vomitaba antes de llegar al olvido.

Una bonita manera de prevenir el abuso del alcohol.

En cualquier caso, el encuentro de Clu y Bonnie había sido muy simple. Bonnie entró. Clu apartó la mirada del barril y fue como si el capitán Marvel lo hubiese paralizado con un rayo. «Caray», murmuró Clu, la cerveza se derramaba en un suelo tan empapado que los ratones a menudo se quedaban pegados y se ahogaban. Entonces Clu saltó por encima de la barra, fue tambaleante hacia Bonnie, hincó una rodilla en tierra, y se le declaró. Tres años más tarde formalizaron su compromiso.

—Entonces, después de todos estos años, ¿qué ha ocurrido?

Bonnie bajó la mirada.

—No tiene nada que ver con el asesinato.

—Es probable que así sea, pero necesito tener una imagen completa de su vida, encontrar un hilo para tirar…

—Gilipolleces, Myron. Te digo que no tiene nada que ver con el asesinato, ¿vale? Déjalo ya.

Él se pasó la lengua por los labios, cruzó las manos, las puso sobre la mesa.

—En el pasado tú le habías echado por alguna otra mujer.

—Nada de una mujer. Mujeres. En plural.

—¿Es lo que pasó de nuevo esta vez?

—Había jurado apartarse de las mujeres. Me prometió que no habría ninguna más.

—¿Quebrantó su promesa?

Bonnie no respondió.

—¿Cómo se llamaba?

—Nunca lo supe —respondió con voz suave.

—¿Pero había alguien más?

De nuevo no respondió. No era necesario. Myron intentó ponerse en su piel de abogado por un momento. Que Clu tuviese una aventura era una cosa muy positiva para la defensa de Esperanza. Cuantos más motivos encontrabas, más dudas razonables podías crear. ¿La novia lo había matado porque él quería continuar junto a su esposa? ¿Lo había hecho Bonnie llevada por los celos? Después estaba lo del dinero desaparecido. ¿La novia y/o Bonnie lo sabían? ¿No podía ser otro motivo añadido para el asesinato? Sí, a Hester Crimstein le gustaría. Lanzas suficientes posibilidades en un juicio, enturbias las aguas todo lo posible, y la absolución es casi del todo inevitable. Era una ecuación sencilla: confusión equivale a duda razonable, que equivale a veredicto favorable.