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El último detalle

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Z serii: Myron Bolitar #6
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3

Win había cargado una montaña de vídeos en el yate. Miraron los viejos episodios de Batman (aquellos con Julie Newmar como Cat Woman, y Lesley Gore como Pussycat ¡doble miau!), La extraña pareja (Óscar y Félix en Pasapalabra), un episodio de En los límites de la realidad («Servir al hombre») y uno más actual, Seinfeld (Jerry y Elaine visitan a los padres de Jerry en Florida). Olvídense del estofado. Ésta era comida para el espíritu. Pero ante la posibilidad de que no fuese lo bastante sustanciosa, también había Doritos, ganchitos de queso, más Yoo-Hoo e incluso una pizza recalentada de Calabria’s Pizzería en Livingston Avenue.

Win. Podía ser un sociópata, pero vaya tío.

El efecto de todo el conjunto estaba más allá de lo terapéutico, el tiempo pasado en el mar y más tarde en el aire era como una cámara hiperbárica emocional, una oportunidad para que el alma de Myron se recuperase de los dolores del síndrome de descompresión, para volver a la súbita reaparición en el mundo real.

Los dos amigos apenas si hablaron, excepto para suspirar por Julie Newmar como Cat Woman (cada vez que ella aparecía en pantalla con su ajustado traje de gata negro, Win decía: «miauuefecto»). Ambos tenían cinco o seis años cuando emitieron la serie por primera vez, pero algo en Julie Newmar como Cat Woman destrozaba completamente cualquier noción freudiana de latencia. Por qué, ninguno de los dos lo podía decir. Quizá su villanía. O algo más primitivo. Esperanza sin duda tendría una opinión interesante. Intentó no pensar en ella —un trabajo inútil y agotador cuando no podía hacer nada al respecto—, pero la última vez que había hecho algo así había sido en Filadelfia con Win y Esperanza. La echaba de menos. Mirar los vídeos no era lo mismo sin sus comentarios.

El yate atracó y se dirigieron al avión privado.

—La salvaremos —afirmó Win—. Después de todo, somos los buenos.

—Dudoso.

—Ten fe, amigo mío.

—No, me refiero a que seamos los buenos.

—Tendrías que saberlo.

—Ya no —dijo Myron.

Win puso aquella cara con la barbilla sobresaliente, aquella que había venido a bordo del Mayflower.

—Esta crisis moral tuya —comentó— te favorece muy poco.

Una rubia espectacular de voz ronca como sacada de un viejo número de cabaret los recibió desde la cabina del avión de la compañía Lock-Horne. Les sirvió bebidas entre risitas y mohines. Win le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa.

—Curioso —dijo Myron.

—¿Qué es curioso?

—Siempre contratas azafatas espectaculares.

Win frunció el entrecejo.

—Por favor. Prefiere que la llamen asistenta de vuelo.

—Perdona mi torpe insensibilidad.

—Intenta ser un poco más tolerante —dijo Win—: adivina cómo se llama.

—¿Tawny?

—Cerca. Candi. Con i latina. Y no le pone el punto. Le dibuja un corazón encima.

Win podía ser más cerdo, pero resultaba difícil imaginar cómo.

Myron se sentó. La voz del piloto sonó en el sistema de megafonía. Se dirigió a ellos por el nombre, y después despegó. Un avión privado. Un yate. Algunas veces era agradable tener amigos ricos.

Cuando llegaron a la altitud de crucero, Win abrió lo que parecía una caja de puros y sacó un móvil.

—Llama a tus padres —dijo.

Myron permaneció callado por un momento. Le invadió una nueva oleada de culpa, que le coloreó las mejillas. Asintió, cogió el móvil, marcó el número. Sujetó el móvil con demasiado fuerza.

Atendió su madre.

—Mamá… —dijo Myron.

Su madre comenzó a llorar. Consiguió llamar a su padre, que cogió el supletorio en la planta baja.

—Papá…

Y entonces él también comenzó a llorar. Llanto estereofónico. Myron se apartó el teléfono del oído por un momento.

—Estaba en el Caribe —explicó—, no en Beirut.

Una explosión de risas por parte de ambos. Después más llantos. Myron observó a Win. Éste permaneció impasible. Myron puso los ojos en blanco, pero por supuesto también estaba complacido. Quéjense todo lo que quieran, ¿a quién no le gusta que le quieran de esta manera?

Sus padres comenzaron una charla insensata; insensata a posta, sospechó Myron. Aunque podían ser unos plastas, sus padres tenían la maravillosa capacidad de saber cuándo no debían preguntar. Consiguió explicar dónde había estado. Escucharon en silencio. Después su madre preguntó:

—¿De dónde nos llamas ahora?

—Desde el avión de Win.

Ahora exclamaciones en estéreo.

—¿Qué?

—La compañía de Win tiene un avión privado. Te acabo de decir que él me recogió…

—¿Estás llamando desde su teléfono?

—Sí.

—¿Tienes idea de lo que cuesta?

—Mamá…

Pero la charla sin sentido se acabó deprisa. Cuando Myron colgó unos segundos después, se echó hacia atrás. La culpa reapareció como una ducha helada.

Sus padres ya no eran jóvenes. No lo había pensado antes de largarse. No había pensado en un montón de cosas.

—No tendría que haberles hecho esto —dijo Myron—, y tampoco a ti.

Win se removió en el asiento; un lenguaje corporal que en su caso era todo un detalle. Candi apareció de nuevo. Bajó una pantalla y apretó un interruptor, apareció una película de Woody Allen. La última noche de Boris Grushenko. Ambrosía para la mente. La vieron sin hablar. Cuando acabó, Candi le preguntó a Myron si quería darse una ducha antes de aterrizar.

—¿Perdón? —dijo Myron.

Candi soltó una risita, lo llamó tontorrón y se alejó.

—¿Una ducha?

—Hay una en la parte de atrás —dijo Win—. También me tomé la libertad de traerte una muda.

—Eres un buen amigo.

—Lo soy, tontorrón.

Myron se duchó y se vistió, y después todos se abrocharon los cinturones de seguridad para la aproximación. El avión descendió sin demora, con un aterrizaje tan perfecto que podría haber sido coreografiado por los Temptations. Una limusina los aguardaba en la pista. Cuando descendieron del avión, el aire parecía extraño y desconocido, como si hubiesen estado visitando otro planeta en lugar de otro país. También llovía con fuerza. Bajaron la escalerilla a la carrera y entraron en la limusina, que ya tenía las puertas abiertas.

Se sacudieron un poco.

—Supongo que te quedarás conmigo —dijo Win.

Myron había estado viviendo en un ático en Spring Street con Jessica. Pero eso era antes.

—Si te va bien.

—Me va bien.

—Podría irme con mis padres…

—Acabo de decir que me va bien.

—Me buscaré un lugar.

—No hay prisa —dijo Win.

La limusina se puso en marcha. Win unió los dedos para formar una capillita. Siempre lo hacía. Quedaba muy bien. Con los dedos unidos, apoyó los índices en los labios.

—No soy la mejor persona con quien hablar de estos temas —dijo—, pero si quieres hablar de Jessica, Brenda o lo que sea…

Separó los dedos, e hizo un gesto con la mano derecha. Win lo intentaba. Los asuntos del corazón no eran su fuerte. Sus sentimientos respecto a las relaciones románticas podían ser calificados objetivamente como «deplorables».

—No te preocupes —manifestó Myron.

—Entonces de acuerdo.

—De todas maneras, gracias.

Un asentimiento rápido.

Después de una década de luchar con Jessica —años de estar enamorado de la misma mujer, pasar por una ruptura importante, volver a encontrarse, dudar, crecer hasta reunirse de nuevo—, se había acabado.

—Echo de menos a Jessica —dijo Myron.

—Creía que no íbamos a hablar de ello.

—Lo siento.

Win se removió de nuevo en el asiento.

—No, continúa.

Como si hubiese preferido que le hicieran un tacto rectal.

—Es que… supongo que una parte de mí siempre estará enredada en Jessica.

Win asintió.

—Como algo en un fallo mecánico.

Myron sonrió.

—Sí. Algo así.

—Entonces amputa el miembro y déjalo atrás.

Myron miró a su amigo.

Win se encogió de hombros.

—He estado mirando Sally Jessy en los ratos libres.

—Ya se nota —afirmó Myron.

—El episodio titulado «Mamá me quitó el anillo del pezón» —dijo Win—. No me avergüenza decir que me hizo llorar.

—Es bueno ver que te pones en contacto con tu lado sensible. —Como si Win lo tuviese—. ¿Qué viene a continuación?

Win consultó su reloj.

—Tengo un contacto en las celdas del juzgado de Bergen County. Ya tendría que estar allí.

Apretó el botón del altavoz y marcó unos números. Escucharon el timbre del teléfono. Después de dos timbrazos una voz respondió:

—Schwartz.

—Brian, soy Win Lockwood.

El habitual silencio reverente cuando se escucha ese nombre. Luego:

—Hola, Win.

—Necesito un favor.

—Di.

—Esperanza Díaz. ¿Está ahí?

Una breve pausa.

—No lo has oído de mí —dijo Schwartz.

—¿Oír qué?

—Vale, siempre que nos entendamos mutuamente. Sí, está aquí. La trajeron esposada hace un par de horas. Todo muy de tapadillo.

—¿Por qué de tapadillo?

—No lo sé.

—¿Cuándo será procesada?

—Supongo que mañana por la mañana.

Win miró a Myron. Éste asintió. Esperanza permanecería detenida toda la noche. No era una buena señal.

—¿Por qué la detuvieron tan tarde?

—No lo sé.

—¿Viste cómo la traían esposada?

—Sí.

—¿No le permitieron entregarse por su cuenta?

 

—No.

De nuevo los dos amigos se miraron el uno al otro. El arresto a última hora. Las esposas. La noche en la celda. Alguien en la oficina del fiscal estaba cabreado e intentaba dejar las cosas muy claras. No era nada bueno.

—¿Qué más puedes decirme? —preguntó Win.

—No mucho. Como dije, llevan todo esto muy a la chita callando. El fiscal ni siquiera lo ha comunicado a los medios. Pero lo hará. Con toda probabilidad antes de las noticias de las once. Un anuncio rápido, sin tiempo para preguntas, esa clase de cosas. Demonios, yo ni siquiera me hubiese enterado de no haber sido un gran aficionado.

—¿Un gran aficionado?

—A la lucha profesional. Verás, la reconocí de sus viejos días de luchadora. ¿Sabías que Esperanza Díaz era la Pequeña Pocahontas, la princesa india?

Win miró a Myron.

—Sí, Brian, lo sabía.

—¿De verdad? —Brian estaba ahora muy excitado—. La Pequeña Pocahontas era mi gran preferida. Una gran luchadora. De primera clase. Entraba en el cuadrilátero con aquel pequeño bikini de ante, y después comenzaba a luchar contra las otras tías, tías muy grandes, revolcándose por el suelo y hacía cosas, lo juro por Dios, era tan caliente que se me derretían hasta las uñas.

—Gracias por la imagen —dijo Win—. ¿Algo más, Brian?

—No.

—¿Sabes quién es su abogada?

—No. —Después—: Ah, otra cosa. Tiene a alguien más o menos con ella.

—¿Más o menos con ella, Brian?

—Afuera. En la escalinata del juzgado.

—No estoy seguro de entenderte —dijo Win.

—Afuera, bajo la lluvia. Está sentada allí. Si no supiese que no es posible, juraría que es la vieja compañera de equipo de la Pequeña Pocahontas. Mamá Gran Jefe. ¿Sabías que Mamá Gran Jefe y la Pequeña Pocahontas fueron el equipo campeón intercontinental tres años seguidos?

Win suspiró.

—No me digas.

—Vete a saber lo que significa intercontinental. Me refiero a ¿qué es intercontinental? No estoy hablando de ahora, de hace cinco u ocho años, como mínimo. Pero, tío, eran impresionantes. Grandes luchadoras. Hoy, bueno, la liga ya no tiene clase.

—Mujeres que luchan vestidas con bikini —dijo Win—. Ya no las hacen como antes.

—Eso es. Demasiadas falsificaciones, pechos de silicona, al menos es como lo veo. Una de ellas va a caer sobre el estómago y bum, las tetas revientan como un neumático viejo. Así que ahora ya no lo sigo mucho. Quizá si estoy haciendo zapping y algo me llama la atención puede que eche un vistazo…

—Hablabas de una mujer bajo la lluvia.

—Correcto, Win, vale, lo siento. En cualquier caso, está allí, sea quien sea. Sentada en los escalones. Los polis le preguntaron qué estaba haciendo. Dijo que estaba esperando a su amiga.

—¿Así que está allí ahora mismo?

—Sí.

—¿Qué aspecto tiene, Brian?

—Como el Increíble Hulk. Sólo que da más miedo. Y quizás es más verde.

Win y Myron intercambiaron una mirada. No había duda. Mamá Gran Jefe también conocida como Big Cyndi.

—¿Alguna cosa más, Brian?

—No, en realidad no. —Después preguntó—: ¿Así que conoces a Esperanza Díaz?

—Sí.

—¿En persona?

—Sí.

Un silencio de asombro.

—Jesús, tú sí que has vivido, Win.

—Así es.

—¿Crees que podrías conseguirme su autógrafo?

—Haré todo lo que pueda, Brian.

—¿Quizás una foto autografiada? ¿De la Pequeña Pocahontas en bikini? Soy un gran aficionado.

—Ya lo veo, Brian. Adiós.

Win colgó y se reclinó en el asiento. Se volvió hacia Myron, que asintió. Win cogió el intercomunicador y le dijo al chófer que los llevase al juzgado.

4

Cuando llegaron al juzgado en Hackensack eran casi las diez de la noche. Big Cyndi estaba sentada bajo la lluvia, con los hombros encorvados; al menos Myron creyó que era Big Cyndi. A lo lejos, parecía como si alguien hubiese aparcado un escarabajo Volkswagen en las escalinatas del juzgado.

Myron se bajó del coche y se acercó.

—¿Big Cyndi?

La masa oscura soltó un gruñido sordo, una leona que advierte a un animal inferior que se ha perdido.

—Soy Myron.

El gruñido se acentuó. La lluvia había aplastado el peinado punky de Big Cyndi contra el cuero cabelludo, para convertirlo en otro estilo Julio César. El color de hoy era difícil de descifrar —a Big Cyndi le gustaba la variedad en el tinte capilar— pero no se parecía a ningún color que pudiese encontrarse en estado natural. A veces le gustaba combinar los tintes al azar y ver qué pasaba. También insistía en que la llamasen Big Cyndi. No Cyndi. Big Cyndi. Incluso se había hecho cambiar el nombre legalmente. Los documentos oficiales decían: Cyndi, Big.

—No puedes quedarte aquí toda la noche —añadió Myron.

Big Cyndi rompió su silencio.

—Váyase a casa.

—¿Qué ha pasado?

—Usted se marchó.

La voz de Cyndi era como la de un niño perdido.

—Sí.

—Nos dejó solas.

—Lo siento. Pero ahora he vuelto.

Se arriesgó a dar otro paso. Ojalá tuviese algo para calmarla. Como dos litros de Häagen-Dazs. O un cordero pascual.

Big Cyndi se echó a llorar. Myron se acercó poco a poco, con la mano derecha un tanto extendida por si ella quería olisquearla. Pero ahora los gruñidos habían desaparecido, reemplazados por los sollozos. Myron apoyó la palma en un hombro que parecía una pelota de fútbol.

—¿Qué pasó? —preguntó de nuevo.

Ella se sorbió los mocos. Sonoramente. El sonido casi abolló el guardabarros de la limusina.

—No se lo puedo decir.

—¿Por qué no puedes?

—Ella me dijo que no lo hiciera.

—¿Esperanza?

Big Cyndi asintió.

—Necesitará nuestra ayuda —dijo Myron.

—No quiere su ayuda.

Las palabras le dolieron. Continuó lloviendo. Myron se sentó en el escalón a su lado.

—¿Está furiosa porque me marché?

—No se lo puedo decir, señor Bolitar, lo siento.

—¿Por qué no?

—Ella me dijo que no lo hiciera.

—Esperanza no puede afrontar todo esto por su cuenta —afirmó Myron—. Necesitará un abogado.

—Ya tiene uno.

—¿Quién?

—Hester Crimstein.

Big Cyndi jadeó como si se hubiese dado cuenta de que había hablado demasiado, pero Myron se preguntó si el desliz no había sido intencionado.

—¿Cómo consiguió a Hester Crimstein? —preguntó Myron.

—No puedo decir nada más, señor Bolitar. Por favor, no se enfade conmigo.

—No estoy enfadado, Big Cyndi. Sólo estoy preocupado.

Entones Big Cyndi le sonrió. La visión hizo que Myron contuviese un alarido.

—Es agradable tenerle de vuelta —dijo ella.

—Gracias.

Big Cyndi apoyó la cabeza en su hombro. El peso lo hizo vacilar, pero consiguió mantenerse más o menos erguido.

—Ya sabes lo que siento por Esperanza —dijo Myron.

—Sí —dijo Big Cyndi—. Usted la quiere. Y ella le quiere a usted.

—Entonces déjame ayudar.

Big Cyndi apartó la cabeza de su hombro. La sangre volvió a circular.

—Creo que ahora debe irse.

Myron se levantó.

—Venga. Te llevaremos a casa.

—No, me quedo.

—Está lloviendo y es muy tarde. Alguien podría intentar atacarte. No es un lugar seguro.

—Puedo cuidar de mí misma —señaló Big Cyndi.

Él había querido decir que no era seguro para los atacantes, pero lo dejó correr.

—No puedes quedarte aquí toda la noche.

—No voy a dejar a Esperanza sola.

—Pero ni siquiera sabe que estás aquí.

Big Cyndi se apartó la lluvia de la cara con una mano del tamaño de un neumático de camión.

—Lo sabe.

Myron se giró hacia el coche. Win estaba ahora apoyado en la puerta, con los brazos cruzados, el paraguas apoyado en el hombro. Mucho Gene Kelly. Le hizo un gesto a Myron.

—¿Estás segura? —preguntó Myron.

—Sí, señor Bolitar. Ah, y mañana llegaré tarde al trabajo. Espero que lo comprenda.

Myron asintió. Se miraron el uno al otro, la lluvia resbaló por su rostro. Un coro de risas hizo que ambos se volviesen hacia la derecha y mirasen el edificio con aspecto de fortaleza donde estaban las celdas. Esperanza, la persona más cercana a ambos, estaba encarcelada allí. Myron dio un paso hacia la limusina. Después se giró.

—Esperanza no mataría a nadie —afirmó.

Esperó a que Big Cyndi asintiera o al menos moviese la cabeza. Pero no lo hizo. Volvió a encorvar los hombros y desapareció dentro de sí misma.

Myron entró en el coche. Win lo siguió. Le dio a Myron una toalla. El conductor puso la limusina en marcha.

—Hester Crimstein es su abogada —dijo Myron.

—¿La señora Court TV?

—La misma.

—Ah —dijo Win—. ¿Cómo se llama su programa?

—Crimstein on Crime —contestó Myron.

Win frunció el entrecejo.

—No está mal.

—Ha publicado un libro con el mismo título. —Myron sacudió la cabeza—. No deja de ser extraño. Hester Crimstein ya no acepta muchos casos. ¿Cómo es que Esperanza la consiguió?

Win se tocó la barbilla con el índice.

—No lo puedo afirmar a ciencia cierta, pero creo que Esperanza tuvo una aventura con ella hace un par de meses.

—Bromeas.

—Bueno, sí, soy un chico muy divertido. ¿No te ha parecido gracioso?

Listillo. Pero tenía sentido. Esperanza era la bisexual perfecta: todos, sin importar sexo ni preferencias, la encontraban sumamente atractiva. Si ibas a jugar a dos bandas, lo mejor es tener un atractivo universal.

Myron lo pensó por unos momentos.

—¿Sabes dónde vive Hester Crimstein? —preguntó.

—Dos edificios más allá del mío, en Central Park West.

—Vayamos a hacerle una visita.

Win frunció el entrecejo.

—¿Para qué?

—Quizá pueda decirnos algo.

—No hablará con nosotros.

—Quizá lo haga.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Para empezar —dijo Myron—, me siento especialmente encantador.

—Dios mío. —Win se inclinó hacia delante—. Chófer, pise el acelerador.

5

Win vivía en el Dakota, uno de los edificios más pijos de Manhattan. Hester Crimstein vivía dos manzanas al norte, en el San Remo, otro edificio pijo. Entre los inquilinos estaban Diane Keaton y Dustin Hoffman, pero el San Remo era más conocido por ser el edificio que había rechazado la solicitud de Madonna para vivir allí.

Había dos entradas, ambos con porteros vestidos como Brezhnev dando un paseo por la Plaza Roja. Brezhnev I anunció en un tono seco que la señora Crimstein «no estaba presente». No miento, utilizó la palabra «presente»; las personas no lo hacían a menudo en la vida real. Le sonrió a Win y miró a Myron por encima de la nariz. No era una tarea fácil —Myron le pasaba unos quince centímetros— y obligó a Brezhnev I a echar la cabeza hacia atrás de forma tal que los orificios nasales parecían la entrada oeste del túnel de Lincoln. ¿Por qué los sirvientes de los ricos y famosos se comportaban más altivos que sus amos?, se preguntó Myron. ¿Era simple resentimiento? ¿Era porque los miraban todo el día por encima de la nariz y por lo tanto necesitaban la ocasión de ser ellos quienes mirasen hacia abajo? ¿O sencillamente las personas atraídas por estos empleos eran unos inseguros lameculos?

Los pequeños misterios de la vida.

—¿Espera que la señora Crimstein vuelva esta noche? —preguntó Win.

Brezhnev I abrió la boca, se detuvo, miró con desconfianza, como si temiese que Myron fuese a defecar en la alfombra persa. Win leyó la expresión y se lo llevó a un aparte, alejando a ese miembro inferior de la chusma.

—No tardará en regresar, señor Lockwood. —Ah, así que Brezhnev I había reconocido a Win; nada extraordinario—. La clase de aerobic de la señora Crimstein concluye a las once.

Gimnasia a las once de la noche. Bienvenido a los noventa, donde el tiempo de ocio se succiona de la vida como otro producto más de liposucción.

No había sala de espera ni dónde sentarse en el San Remo —la mayoría de los edificios pijos no alientan ni siquiera a los inquilinos aprobados a holgazanear—, así que salieron a la calle.

Central Park estaba al otro lado de la calle; más o menos árboles y un muro de piedra, y eso era todo. Montones de taxis pasaban hacia el norte. La limusina de Win había partido —calculaban que podrían caminar las dos manzanas hasta la casa de Win—, pero había otras cuatro limusinas aparcadas en una zona prohibida. Una quinta se detuvo. Una limusina Mercedes de color plateado. Brezhnev corrió hacia la puerta del vehículo como si ya no aguantase más la necesidad de mear y adentro hubiese un baño.

 

Un hombre anciano, calvo, excepto por una corona de pelo blanco, se apeó tambaleante, tenía la boca retorcida como si hubiese sufrido una embolia. Le siguió una mujer que parecía una ciruela pasa. Ambos vestían prendas de lujo y debían rondar los cien años. Había algo en ellos que preocupó a Myron. Sí, parecían marchitos. Viejos, desde luego. Pero Myron intuyó que había algo más. La gente habla de los encantadores viejecitos, pero estos dos no podían ser más opuestos a esa idea, los ojos vidriosos, los movimientos furiosos, furtivos y temerosos. La vida les había arrebatado todo lo bueno, la esperanza de la juventud, para dejarles sólo una vitalidad basada en algo feo y odioso. La amargura era lo único que les quedaba. Si la amargura estaba dirigida a Dios o a la humanidad, Myron no lo podía decir.

Win le dio un codazo. Miró a la derecha y vio a una figura, que reconoció de la televisión como Hester Crimstein, dirigiéndose hacia ellos. Tiraba a rellenita, al menos para las retorcidas normas actuales de Kate Moss, y su rostro era carnoso y angelical. Calzaba unas Reebok blancas, calcetines blancos, pantalones elásticos verdes que probablemente hubiesen hecho fruncir el entrecejo a Kate, una sudadera, y un sombrero de punto con el pelo rubio mate asomando por debajo. El viejo se detuvo cuando vio a la abogada, sujetó la mano de la señora ciruela y se apresuró a entrar.

—¡Puta! —consiguió decir el viejo por el lado bueno de la boca.

—Que te zurzan, Lou —le respondió Hester.

El viejo se detuvo, pareció que iba a decir algo más, y se alejó cojeando.

Myron y Win intercambiaron una mirada y se acercaron.

—Un viejo adversario —dijo ella a modo de explicación—. ¿Alguna vez han oído el viejo refrán de que sólo los buenos mueren jóvenes?

—Por supuesto.

Hester Crimstein hizo un gesto con ambas manos hacia la pareja anciana como si fuese Carol Merrill mostrando un coche flamante.

—Ahí tienen la prueba. Hace un par de años ayudé a sus hijos a poner un pleito al hijo de puta. Nunca vi nada parecido. —Echó la cabeza hacia atrás—. ¿Se han fijado en que algunas personas son como los chacales?

—¿Perdón?

—Se comen a los cachorros. Así es Lou. Y mejor que no hable de esa bruja arrugada con la que vive. Una puta de cinco dólares que dio el braguetazo. Resulta difícil de creer viéndola ahora.

—Comprendo —dijo Myron, aunque no era verdad. Intentó seguir adelante—. Señora Crimstein me llamo…

—Myron Bolitar —lo interrumpió ella—. Por cierto, es un nombre horrible. Myron. ¿En qué estarían pensando sus padres?

Una buena pregunta.

—Si sabe quién soy, entonces sabe por qué estoy aquí.

—Sí y no —dijo Hester.

—¿Sí y no?

—Bueno, sé quién es porque soy una fanática de los deportes. Solía verle jugar. El partido contra Indiana en la final del campeonato de la NCAA fue todo un clásico. Sé que los Celtics le ficharon en primera ronda, ¿cuánto hace, once, doce años?

—Algo así.

—Pero, con sinceridad, y no pretendo ofender a nadie, no estoy segura de que tuviese la velocidad requerida para ser un gran profesional, Myron. El lanzamiento, sí. Siempre podía lanzar. Sabía usar el físico, pero cuánto mide, ¿uno noventa y cinco?

—Más o menos.

—Lo hubiese pasado mal en la NBA. Es sólo la opinión de una mujer. Pero por supuesto el destino se ocupó de eso al lesionarle la rodilla. Sólo un universo alternativo sabe la verdad. —Sonrió—. Ha sido un placer hablar con usted. —Ella miró a Win—. Con usted también, pico de oro. Buenas noches.

—Espere un segundo —dijo Myron—. Estoy aquí por Esperanza Díaz.

Ella fingió una exclamación de sorpresa.

—¿De verdad? Y yo que creía que sólo quería recordar su carrera atlética.

Myron se volvió hacia Win.

—El encanto —susurró Win.

Luego miró de nuevo a Hester.

—Esperanza es mi amiga —dijo.

—¿Y?

—Quiero ayudar.

—Fantástico. Comenzaré a enviarle los honorarios. Este caso le costará un pastón. Soy muy cara. No puede imaginar lo que cuesta el mantenimiento de este edificio. Ahora los porteros quieren uniformes nuevos. Creo que algo de color malva.

—No es a eso a lo que me refiero.

—¿Ah, no?

—Me gustaría saber qué está pasando con el caso.

Hester hizo una mueca.

—¿Dónde ha estado estas últimas semanas?

—Fuera.

—¿Fuera dónde?

—En el Caribe.

Ella asintió.

—Bonito bronceado.

—Gracias.

—Pero podría haberse bronceado en una cabina de rayos UVA. Tiene la pinta de un tipo que frecuenta las cabinas de rayos UVA.

Myron miró de nuevo a Win.

—El encanto, Luke —susurró Win en su mejor representación de Alex Guinnes como Obi-Wan Kenobi—. Recuerda el encanto.

—Señora Crimstein…

—¿Alguien puede dar testimonio de su paradero en el Caribe, Myron?

—¿Perdón?

—¿Tiene problemas de audición? Pregunto si alguien puede verificar su paradero en el momento del supuesto asesinato.

Presunto asesinato. Al tipo le disparan tres veces en su casa pero el asesinato es sólo «presunto». Abogados.

—¿Por qué quiere saberlo?

Hester Crimstein se encogió de hombros.

—La presunta arma asesina fue presuntamente encontrada en las oficinas de una tal MB SportsReps. Es su compañía, ¿no?

—Lo es.

—Y usted utiliza el coche de la empresa donde la presunta sangre y las presuntas fibras fueron presuntamente encontradas.

—Aquí la palabra clave es «presunta» —le sopló Win.

Hester Crimstein miró a Win.

—Vaya, pero si habla.

Win sonrió.

—¿Cree que soy sospechoso? —preguntó Myron.

—Claro, ¿por qué no? Se llama duda razonable, pimpollos. Soy una abogada defensora. Somos fantásticas con las dudas razonables.

—Por mucho que desee ayudar, hay un testigo de mi paradero.

—¿Quién?

—No se preocupe por eso.

Otro encogimiento de hombros.

—Fue usted quien dijo que quería ayudar. Buenas noches. —Ella miró a Win—. Por cierto, es usted el hombre perfecto: muy guapo y casi mudo.

—Cuidado —le dijo Win.

—¿Por qué?

Win señaló a Myron con el pulgar.

—En cualquier momento pondrá en marcha su encanto y reducirá a escombros su resistencia.

Hester miró a Myron y se echó a reír.

Myron lo intentó de nuevo.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.

—¿Perdón?

—Soy su amigo.

—Sí, creo que ya lo ha mencionado.

—Soy su mejor amigo. Me preocupo por ella.

—Bien, mañana le pasaré una nota durante el recreo y averiguaré si a ella también le cae bien. Luego podrán encontrarse en Pop’s y compartir una gaseosa.

—No es eso lo que… —Myron se detuvo, le dirigió su lenta sonrisa un-tanto-despistado-pero-estoy-aquí-para-ayudar. La sonrisa 18: el modelo Michael Landon, excepto que no podía quebrar la ceja—. Sólo quiero saber qué ha pasado. Creo que es fácil de entender.

El rostro de Hester se suavizó.

—Usted fue a la Facultad de Derecho, ¿no?

—Sí.

—Nada menos que a Harvard.

—Sí.

—Entonces debió de faltar el día que explicaron lo que nosotros llamamos privilegio abogado-cliente. Si quiere le puedo recomendar algunos excelentes libros sobre el tema. O quizá prefiera ver algún episodio de Ley y orden. Por lo general lo mencionan antes de que el viejo fiscal le diga a Sam Waterston que no tiene un caso y debería hacer un trato.

Vaya con el encanto.

—Sólo se está cubriendo el culo —dijo Myron.

Ella se miró las nalgas. Después frunció el entrecejo.

—No es tarea fácil, se lo aseguro.

—Creía que usted era una abogada de primera.

Ella suspiró, se cruzó de brazos.

—Vale, Myron, le escucho. ¿Por qué me estoy cubriendo el culo? ¿Por qué no soy la extraordinaria abogada que creía que era?

—Porque no permitieron que Esperanza se entregase por propia voluntad. Porque se la llevaron esposada. Porque la retienen durante la noche en lugar de hacerla pasar por el sistema en el mismo día. ¿Por qué?

Ella bajó las manos a los costados.

—Buena pregunta, Myron. ¿Por qué cree que fue?

—Porque a alguien de allí no le gusta su abogada de primera fila. Alguien en la oficina del fiscal probablemente la tiene tomada con usted y se descarga con su cliente.

—Es una posibilidad —admitió ella—. Pero tengo otra.

—¿Cuál?

—Quizás a ellos no les guste su empleador.

—¿Yo?

Ella fue hacia la puerta.

—Háganos a todos un favor, Myron. Manténgase fuera de esto. Sólo manténgase lejos. Y quizá deba buscarse un abogado.