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El miedo más profundo

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Z serii: Myron Bolitar #7
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7

Demasiada historia de nuevo.

La última vez que los dos hombres se habían encontrado en una misma habitación, Myron estaba sentado a horcajadas sobre el pecho de Greg e intentaba matarlo, dándole puñetazos en la cara hasta que Win (¡Win, nada más y nada menos!) logró separarlos. De eso hacía tres años. Myron no lo había vuelto a ver más que en algún destacado de las noticias de la noche.

Greg Downing miró a Myron, luego a Karen Singh y luego otra vez a Myron, como si esperara que para entonces se hubiera evaporado.

—¿Qué demonios haces aquí? —volvió a preguntarle.

Greg iba vestido con una camisa de franela sobre una especie de camiseta de canalé de esas que comprarías en Baby Gap, unos vaqueros descoloridos y unas botas inverosímilmente desgastadas. Una estampa de leñador suburbano.

Myron sintió de pronto que algo se le encendía en el pecho, le ardía, despegaba.

Desde el primer día en que se pelearon por un rebote en sexto de primaria, Greg y Myron respondían a la perfección a la definición de rivales de ciudad. En el instituto, donde llegó realmente la gota que colmó su copa competitiva, Greg y Myron se habían enfrentado ocho veces, repartiéndose el resultado equitativamente. Corría el rumor de que entre las dos superestrellas había mala sangre, pero eran sólo las típicas exageraciones deportivas. La realidad era que Myron apenas conocía a Greg fuera de la cancha. Eran rivales a muerte, eso era cierto, dispuestos a hacer prácticamente cualquier cosa por ganar, pero una vez sonaba el pitido de final del partido, los chicos se estrechaban la mano y la rivalidad quedaba congelada hasta el próximo enfrentamiento.

O eso había creído siempre Myron.

Cuando él aceptó la beca de estudios en Duke y Greg optó por la Universidad de Carolina del Norte, los aficionados al baloncesto se quedaron encantados. Su rivalidad aparentemente inocente estaba lista para colocarse en el prime time de la ACC. Myron y Greg no defraudaron: los partidos entre Duke y la UNC lograron audiencias espectaculares y ningún partido se decidió por una diferencia de más de tres puntos. Ambos estaban haciendo unas carreras universitarias extraordinarias, ambos fueron nombrados estrellas del primer equipo, ambos fueron portada del Sports Illustrated, incluso juntos en una ocasión. Pero la rivalidad permanecía en la cancha. Sus enfrentamientos eran sangrientos, pero la competición nunca pasó al terreno personal.

Hasta que llegó Emily.

Antes de empezar el último curso de la universidad, Myron le planteó el tema del matrimonio a Emily. Al día siguiente, ella fue a verlo, lo tomó de las manos, lo miró a los ojos y le soltó: «No estoy segura de amarte». ¡Pam!, tal cual. Todavía se preguntaba qué había ocurrido. Se había precipitado, supuso. La clásica necesidad de abrir las alas un poco, jugar un poco, cosas así. Pasó un tiempo. Tres meses, calculaba Myron. Y entonces Emily se empezó a ver con Greg. Myron le restó importancia públicamente, incluso cuando Greg y Emily se prometieron justo antes de la graduación. El draft de la NBA también tuvo lugar por aquella época. Ambos pasaron la primera selección, aunque, por sorpresa, Greg fue elegido antes que Myron.

Ahí fue cuanto se desencadenó todo.

¿Resultado final?

Casi una década y media más tarde, Greg Downing estaba en la última etapa de una carrera deportiva en la liga All-Star. El público lo aclamaba, ganaba millones y era famoso. Jugaba a lo que le gustaba. Para Myron, en cambio, el sueño había terminado antes de empezar. Durante su primer partido de pretemporada con los Celtics, Big Burt Wesson le cayó encima y la rodilla de Myron quedó atrapada entre él y otro jugador. Hubo un golpe, un crujido, un ruido seco... y luego un dolor ardiente, desgarrador, como si unas garras de metal le estuvieran cortando la rótula a tiras.

Myron no se volvió a recuperar nunca más.

Un accidente bien raro, o eso pensó todo el mundo, incluido Myron. Durante más de diez años pensó que el accidente había sido una simple casualidad, la obra arbitraria del azar. Pero ahora sabía que había algo más, ahora sabía que el hombre que tenía delante había sido la causa, sabía que su rivalidad infantil, aparentemente inocente, se había convertido en algo monstruoso, había devorado su sueño, se había encarnizado con el matrimonio de Greg y Emily y, con toda probabilidad, había provocado el nacimiento de Jeremy Downing.

Sintió las manos apretadas como puños:

—Ya me iba.

Greg le puso la mano en el pecho:

—Te he hecho una pregunta.

Myron observó la mano:

—Hay una cosa positiva —dijo.

—¿Cuál?

—Que no tendremos que perder tiempo con el traslado —dijo Myron—, porque ya estamos en el hospital.

Greg se rió, burleta:

—La última vez me diste un puñetazo.

—¿Quieres recordarlo?

—Perdónenme —intervino Karen Singh—, pero ¿están hablando en serio?

Greg seguía mirando a Myron.

—Déjalo —dijo Myron—, o me mearé encima.

—Eres un hijo de puta.

—Bueno, yo tampoco te mandaría una felicitación de Navidad, Greg el cagado. —Greg el cagado... Una actitud muy adulta.

Greg se le acercó todavía más.

—¿Sabes qué tengo ganas de hacerte, Bolitar?

—¿Besarme en la boca? ¿Regalarme flores?

—Flores para tu tumba, a lo mejor.

Myron asintió con la cabeza:

—Muy buena, Greg. Quiero decir, uy, qué miedo...

Karen Singh dijo:

—Que estemos en un pabellón infantil no significa que tengan que portarse como niños.

Greg dio un paso atrás sin dejar de mirarle ni un segundo.

—Emily —escupió de pronto—. Te ha llamado, ¿no?

—No tengo nada que decirte, Greg.

—Te ha pedido que encuentres al donante, como me encontraste a mí.

—Siempre has sido un chico listo.

—Pienso convocar una rueda de prensa hoy mismo. Haré una petición directa al donante. Le ofreceré una recompensa.

—Muy bien.

—Así que no te necesitamos para nada, Bolitar.

Myron lo observó y por un momento fue como si volvieran a estar en la pista, con las caras bañadas en sudor, el público alrededor aclamándolos, el reloj avanzando, el balón botando. Nirvana. Nunca más. Arrebatado por Greg. Y por Emily. Y tal vez, por encima de todo, cuando lo analizaba con honestidad, por la propia estupidez de Myron.

—Tengo que irme —dijo Myron.

Greg volvió a retroceder. Myron pasó por su lado y llamó el ascensor.

—Oye, Bolitar.

Se volvió hacia Greg.

—He venido a hablar de mi hijo con la doctora —dijo Greg—, no a remover nuestro pasado.

Myron no respondió. Se volvió hacia el ascensor.

—¿Crees que puedes ayudar a salvar a mi hijo? —preguntó Greg.

A Myron se le secó la boca.

—No lo sé.

El ascensor soltó un pitido y se abrieron las puertas. No hubo ni un adiós, ni un saludo con la cabeza, ni ningún tipo de comunicación más. Se metió dentro y dejó que las puertas se cerraran. Cuando llegó a la primera planta se dirigió al laboratorio de análisis. Se subió la manga. Una mujer le extrajo sangre, le desató el torniquete y le dijo:

—Su médico se pondrá en contacto con usted para comentarle los resultados.

8

Win estaba aburrido, de modo que llevó a Myron al aeropuerto a recoger a Terese. Apretaba el pedal del gas a fondo como si le hubiera ofendido. El Jaguar volaba. Como solía hacer cuando iban en el coche de Win, Myron mantenía la mirada desviada.

—Al parecer —explicó Win—, nuestra mejor opción sería localizar una clínica satélite de médula ósea, de esas que están en alguna zona remota. Por el interior del estado, o por el oeste de Jersey. Luego nos tendríamos que colar de noche con un experto en informática.

—No funcionará —dijo Myron.

—Pourquoi?

—El centro de Washington cierra la red informática a las seis en punto. Incluso si consiguiéramos colarnos, no podríamos acceder al registro principal.

Win musitó:

—Hum.

—No temas —dijo Myron—. Tengo un plan.

—Cuando hablas así —dijo Win—, se me ponen los pezones duros.

—Pensaba que sólo te excitabas con la acción real.

—¿Y esto no es acción real?

Dejaron el coche en el aparcamiento de estancias cortas del JFK y llegaron a la terminal de Continental Airlines diez minutos antes de que aterrizara el avión. Cuando empezaron a salir los pasajeros, Win propuso:

—Esperaré ahí en el rincón.

—¿Por qué?

—No me gustaría hacer sombra a vuestro reencuentro —explicó—. Y desde allí tendré una visión más buena de la retaguardia de la señorita Collins.

Por Dios, Win.

Al cabo de dos minutos, Terese Collins —por usar un término aeroportuario— desembarcó. Iba ataviada de manera desenfadada, blusa blanca y pantalones verdes. Llevaba el pelo castaño recogido en una coleta. La gente se avisaba disimuladamente con pequeños codazos, gesticulando y murmurando sutilmente, y la miraban de manera furtiva, de aquella manera que transmite «sé quién eres pero no quiero parecer un adulador».

Terese se acercó a Myron y le ofreció su sonrisa «pasamos a la publicidad». Era una sonrisa breve y contenida, que trataba de ser simpática pero, al mismo tiempo, de recordar a los telespectadores que les estaba hablando de guerra y pestilencia y tragedia y que tal vez una sonrisa feliz resultaría algo obscena. Se abrazaron un poco demasiado fuerte y Myron sintió que lo embargaba una tristeza conocida. Le ocurría cada vez que se abrazaban, una sensación de que algo en su interior volvía a desmoronarse, y tenía la impresión que a ella le ocurría lo mismo.

 

Win se les acercó.

—Hola, Win —lo saludó ella.

—Hola, Terese.

—¿Mirándome el culo de nuevo?

—A mí me gusta más el término derrière. Y, sí.

—¿Sigues encontrándolo de primera?

—Categoría selecta.

—Ehem —intervino Myron—. Os ruego que esperéis a que venga el inspector cárnico.

Win y Terese se miraron y pusieron los ojos en blanco.

Myron ya se había equivocado antes. Emily no era la preferida de Win, era Terese..., aunque eso era estrictamente porque vivía lejos.

—Eres el típico tío patético y necesitado que se siente incompleto sin una novia fija —le dijo Win en una ocasión—. De modo que, ¿qué mejor que una mujer comprometida con su profesión y que vive a más de mil kilómetros?

Win se dirigió a buscar el Jaguar mientras ellos esperaban que saliera la maleta. Terese observó a Win mientras se alejaba. Myron le preguntó:

—¿Es su culo mejor que el mío?

—No hay ningún culo mejor que el tuyo —respondió ella.

—Eso ya lo sé. Sólo te estaba poniendo a prueba.

Terese siguió mirándolo:

—Win es un tipo interesante —comentó.

—Desde luego —asintió Myron.

—Por fuera es todo frío y distante —añadió—. Pero, por dentro, es todo frío y distante.

—Percibes muy bien a la gente, Terese.

Win los dejó en el Dakota y volvió a la oficina. Cuando Myron y Terese entraron en el apartamento, ella lo besó con ganas. En ella había siempre cierto apremio, cierta desesperación en su manera de hacer el amor. Agradable, ciertamente, incluso sorprendente, pero seguía teniendo cierta aura de tristeza. Una tristeza que no se desvanecía cuando hacían el amor, sino que durante un rato se levantaba como las nubes, flotando por encima en vez de pesarles.

Se habían liado unos meses atrás en una función benéfica a la que ambos habían sido arrastrados por amistades bienintencionadas. Fue su tristeza mutua lo que los atrajo, como si fuera una especie de aura que sólo ellos fueran capaces de detectar. Se conocieron y aquella misma noche se marcharon juntos al Caribe en uno de esos retos tipo «huyamos». Al eternamente predecible Myron, aquel acto de espontaneidad le sentó sorprendentemente bien. Pasaron tres semanas de placer adormecedor, solos en una isla privada, tratando de posponer el recorrido del dolor. Cuando Myron se vio finalmente obligado a regresar a casa, ambos asumieron que lo suyo había acabado, pero se equivocaron. Al menos, eso parecía.

Myron reconoció que su propia curación estaba finalmente de camino. No había recuperado toda su fuerza, ni su estado normal ni nada de eso, y dudaba que jamás lo hiciera. Ni siquiera sabía si quería hacerlo. Unas manos gigantes lo habían retorcido y luego lo habían dejado caer, y aunque su mundo iba volviendo lentamente a su posición, sabía que nunca volvería a tener su forma original.

Volviendo de nuevo al lado doloroso.

Pero fuera lo que fuese lo que le había sucedido a Terese, lo que le había brindado aquella tristeza y había retorcido su universo, por así decirlo, seguía estando ahí y se negaba a alejarse de ella.

Terese tenía la cabeza apoyada sobre su pecho y descansaba abrazada a él. No podía verle la cara. Ella nunca le mostraba la cara cuando acababan.

—¿Quieres que hablemos? —preguntó él.

Ella todavía no se lo había contado, y Myron casi nunca le preguntaba. Al hacerlo, y él lo sabía, quebrantaba una norma no escrita pero fundamental.

—No.

—No te quiero presionar —le dijo—. Sólo quiero que sepas que, si estás preparada, estoy aquí.

—Lo sé —respondió ella.

Él quería añadir algo más, pero ella estaba todavía en ese lugar en el que las palabras o son superfluas o duelen. Se quedó en silencio y le acarició el pelo.

—Esta relación —dijo Terese—. Es rara.

—Supongo.

—Alguien me ha dicho que estás saliendo con Jessica Culver, la escritora.

—Rompimos —aclaró él.

—Vaya. —Se quedó quieta, todavía abrazada a él un poco demasiado fuerte—. ¿Puedo preguntar cuándo?

—Un mes antes de que tú y yo nos conociéramos.

—¿Y cuánto tiempo estuvisteis juntos?

—Trece años, contando los paréntesis y las reconciliaciones.

—Entiendo —dijo ella—. ¿Y yo soy tu consuelo?

—¿Soy yo el tuyo?

—Quizá —respondió ella.

—Lo mismo digo.

Ella lo meditó un poco.

—Pero Jessica Culver no es el motivo por el que huiste conmigo.

Él recordó el cementerio que daba al patio del colegio.

—No, ella no es el motivo.

Terese finalmente se volvió hacia él:

—No tenemos ninguna posibilidad. Lo sabes, ¿no?

Myron no respondió.

—Eso no es raro que pase —prosiguió ella—. Hay muchas relaciones sin ninguna posibilidad, pero la gente las mantiene porque es divertido. Pero lo nuestro tampoco es divertido.

—Habla por ti.

—No me malinterpretes, Myron. Eres un polvo magnífico.

—¿Lo podrías afirmar en una declaración jurada?

Ella sonrió, pero todavía sin alegría.

—Entonces, ¿qué es lo que hay entre nosotros?

—¿La verdad?

—Lo preferiría, sí.

—Tengo tendencia a analizarlo todo demasiado —dijo Myron—. Es algo que forma parte de mi naturaleza. Cuando conozco a una mujer, de inmediato me imagino con ella en una casa de los suburbios con la verja de madera blanca y nuestros 2,5 niños. Pero, por una vez, no lo he hecho. Simplemente, estoy dejando que ocurra. Así que, respondiendo a tu pregunta, no lo sé. Y tampoco sé si me importa.

Ella bajó la cabeza:

—Pero te das cuenta de que estoy bastante jodida.

—Supongo que sí.

—Arrastro más equipaje que la mayoría.

—Todos llevamos equipaje —dijo Myron—. El tema es, ¿encaja tu equipaje con el mío?

—¿Quién lo dijo?

—Estoy parafraseando algo de un musical de Broadway.

—¿Cuál?

—Rent.

Ella frunció el ceño.

—No me gustan los musicales.

—Lástima —dijo Myron.

—¿Te sabe mal?

—Oh, sí.

—Tienes treinta y pico, eres soltero, sensible y te gustan los musicales —dijo ella—. Si vistieras mejor pensaría que eres gay.

Le dio un beso breve e intenso en los labios y luego se abrazaron un poco más. De nuevo, él tuvo ganas de preguntarle lo que le había ocurrido, pero no lo hizo. Un día se lo contaría. O no. Decidió cambiar de tema.

—Necesito que me ayudes en algo —le propuso.

Ella lo miró.

—Necesito entrar en el sistema informático de un centro de donaciones de médula ósea —explicó—, y creo que puedes ayudarme.

—¿Yo?

—Tú.

—Te equivocas de tecnófoba —bromeó ella.

—Es que no necesito a una tecnófoba, necesito a una presentadora de noticias famosa.

—Entiendo. ¿Y lo pides como favor postcoital?

—Bueno, eso era parte de mi plan —dijo Myron—. Ahora te he debilitado la voluntad. No puedes negarte.

—Suena diabólico.

—Desde luego.

—¿Y si me niego?

Myron movió las cejas:

—Volveré a utilizar mi cuerpo musculoso y mi técnica amatoria patentada para hacerte sucumbir.

—¿Sucumbir? —repitió, atrayéndolo hacia ella—. ¿Eso son dos palabras o una?

9

Fue asombrosamente rápido de organizar.

Myron le contó su plan a Terese y ella le escuchó sin interrumpir. Cuando acabó, ella se puso a hacer llamadas. Nunca preguntó por qué buscaba al donante ni qué conexión había entre ellos. Otra vez la norma no escrita, supuso.

En una hora tenían una unidad móvil en forma de furgón equipado con cámara de televisión en la puerta del Dakota. El director del Bergen County Blood Center —un centro de médula ósea cercano, situado en Nueva Jersey— había accedido a dejarlo todo para darle una entrevista a Terese Collins, una extraordinaria presentadora de las noticias. El poder de la caja tonta.

Cogieron Harlem River Drive hasta George Washington Bridge, cruzaron el Hudson y salieron a Jones Road en Englewood, Nueva Jersey. Aparcaron y Myron cargó la cámara, que pesaba más de lo que preveía. Terese le explicó cómo tenía que sujetarla, cómo apoyársela al hombro y cómo enfocar. El aparato parecía un bazuca.

—¿Crees que debería ir de camuflaje? —dijo Myron.

—¿Por qué?

—La gente todavía me reconoce de cuando jugaba a baloncesto.

Ella hizo una mueca.

—Hay círculos en los que soy bastante famoso.

—No te engañes, Myron: eres ex jugador. Si hay alguien que, milagrosamente, te reconoce, se pensará que has tenido la suerte de no acabar en la cuneta como la mayoría de ex jugadores.

Él lo meditó un segundo.

—Está bien.

—Y otra cosa —añadió ella—. Y ésta te resultará casi imposible.

—¿Qué?

—Tendrás que mantener la bocaza cerrada —apuntó Terese.

—Oh, Dios.

—Ahora sólo eres el cámara.

—«Director de fotografía», si no te importa.

—Limítate a hacer tu trabajo. Deja la entrevista en mis manos.

—¿Puedo, al menos, usar un seudónimo? Puedes llamarme Objetivo. O Primicia.

—¿Y qué te parece Bobo? No, calla, que eso sería un sinónimo.

Todo el mundo es tan listillo.

Cuando entraron en el vestíbulo de la clínica, la gente que había se volvió hacia Terese, de nuevo con aquella mirada furtiva. Myron se dio cuenta de que hoy era la primera vez que estaban juntos en público. Nunca había pensado bien en lo famosa que era.

—¿Provocas siempre estas miradas en todas partes? —le susurró.

—Bastante.

—¿Te molesta?

Ella negó con la cabeza.

—Eso son bobadas.

—¿El qué?

—Los famosos que se quejan porque la gente los mira. ¿Quieres fastidiar realmente a un famoso? Hazlo ir a algún sitio donde nadie lo reconozca.

Myron sonrió.

—Eres tan consciente de ti misma.

—¿Es una nueva manera de llamarme cínica?

La recepcionista dijo:

—El señor Englehardt dice que ya pueden pasar.

Los guió por un pasillo con las paredes ligeramente encaladas y mal pintadas. Englehardt estaba sentado tras una mesa de fórmica. Aparentaba casi treinta años, de complexión enclenque y un mentón más flojo que el café americano de máquina.

Myron se fijó rápidamente en la instalación informática. Había dos ordenadores: uno en su mesa de despacho, el otro en la mesa subsidiaria. Vaya.

Englehardt se levantó tan rápido como si le hubieran dicho que había pulgas en su silla. Tenía los ojos abiertos de par en par, clavados en Terese. Era como si Myron no existiera y se sintió como eso, el cámara. Terese sonrió cálidamente a Englehardt y el hombre se quedó perdido.

—Soy Terese Collins —dijo, ofreciéndole la mano. Englehardt hizo todos los ademanes posibles, excepto besarle la rodilla—. Y éste es mi cámara, Malachy Throne.[5]

Myron esbozó algo parecido a una sonrisa. Después de aquel comentario de los musicales se preocupó un poco. Pero ¿Malachy Throne? Genial. Absolutamente genial.

Intercambiaron algunos comentarios graciosos. Englehardt no dejaba de arreglarse el pelo con los dedos, esforzándose mucho por fingir que era un gesto sutil y que no pareciera que se estaba preparando para la cámara. No cuela, tío. Finalmente Terese indicó que estaban listos para empezar.

—¿Dónde quiere que me siente? —preguntó Englehardt.

—Detrás de la mesa estaría bien —dijo ella—. ¿Estás de acuerdo, Malachy?

—Detrás de la mesa, sí —dijo Myron—. Justo ahí.

Iniciaron la entrevista. Terese mantenía la mirada en su interlocutor; Englehardt, atrapado en el foco, no podía mirar a ningún otro sitio. Myron acercó el ojo a la cámara. Un profesional consumado, muy Richard Avedon.

Terese le preguntó a Englehardt cómo se había iniciado en aquel negocio, cuál era su historial, tonterías de relleno para que se relajara y llevarlo a un terreno en el que se sintiera cómodo, aplicando una técnica no muy distinta de la que Myron había utilizado con la doctora Singh. Ahora estaba en modo «en el aire». Tenía la voz distinta, la mirada más fija.

 

—¿De modo que el registro nacional de Washington tiene los datos de todos los donantes? —preguntó Terese.

—Correcto.

—¿Tienen ustedes acceso a esos datos?

Englehardt tecleó en el ordenador de su mesa. La pantalla estaba colocada hacia él, el dorso del monitor hacia ellos. Vale, pensó Myron. Era el de la mesa. Eso lo haría más difícil, pero no imposible.

Terese miró a Myron.

—¿Por qué no haces una toma por detrás, Malachy? —Y luego, volviéndose hacia Englehardt—. Si está usted de acuerdo, claro.

—No hay ningún problema —dijo Englehardt.

Myron empezó a avanzar hasta la posición. El monitor estaba apagado. Nada sorprendente.

Terese continuaba sosteniéndole la mirada a Englehardt:

—¿Tiene todo el personal del centro acceso al ordenador del registro nacional?

Englehardt negó con un gesto categórico:

—Yo soy el único.

—¿Cuál es el motivo?

—La información es confidencial. No se puede violar el secreto bajo ninguna circunstancia.

—Entiendo —dijo ella. Myron ahora estaba en posición—. Pero ¿qué les impide entrar cuando usted no está?

—La puerta de mi despacho queda siempre cerrada —explicó Englehardt, medio incorporado y ansioso por complacer—. Y sólo se puede acceder a la red con una contraseña.

—¿Es usted el único que sabe la contraseña?

Englehardt intentaba no congratularse, pero no se esforzaba lo suficiente:

—Correcto.

¿Habéis visto alguna vez esas historias de cámara oculta de los programas de citas a ciegas, o de reportajes? Siempre graban desde algún ángulo extraño y en blanco y negro. Lo cierto es que es fácil para cualquier aficionado comprarse una cámara de este tipo, y es incluso fácil obtener una que grabe en color. En pleno Manhattan hay tiendas que las venden, o se pueden encontrar por Internet, buscando por «tiendas de espionaje». Hay cámaras ocultas en relojes de pared, bolígrafos, maletines y, lo más habitual, en detectores de humo, asequibles para cualquiera que tenga la pasta. Myron tenía una que parecía un rollo de película. Ahora la dejó en la repisa de la ventana con el objetivo enfocado hacia el monitor del ordenador.

Cuando estuvo colocado, Myron se tocó la nariz a lo Robert Redford en El golpe. Era su señal. Bolitar, Myron Bolitar. Un Yoo-Hoo. Agitado, no revuelto. Terese recogió el guante. La sonrisa desapareció de su cara como un fantasma.

Englehardt pareció sobresaltado:

—¿Señora Collins? ¿Se encuentra bien?

Por unos instantes, ella no fue capaz de mirarle; luego dijo, con la misma voz que usaba para anunciar hechos como la Guerra del Golfo:

—Señor Englehardt, debo confesarle algo.

—¿Perdone?

—Estoy aquí con una excusa falsa.

Englehardt parecía confuso. Terese era tan buena que hasta Myron parecía casi confuso.

—Creo sinceramente que ustedes están haciendo un trabajo muy importante —prosiguió ella—. Pero hay otras personas que no están tan convencidas.

Englehardt tenía los ojos abiertos de par en par.

—No la entiendo.

—Necesito su ayuda, señor Englehardt.

—Billy —la corrigió.

Myron hizo una mueca: ¿Billy?

Terese no perdía el paso:

—Hay alguien que intenta trastornar su trabajo, Billy.

—¿Mi trabajo?

—El trabajo del registro nacional.

—Sigo sin entender lo que...

—¿Le suena de algo el caso de Jeremy Downing?

Englehardt negó con la cabeza:

—Nunca sé los nombres de los pacientes.

—Es el hijo de Greg Downing, la estrella del baloncesto.

—Ah, espere, sí, he oído hablar de él. Su hijo padece anemia de Franconi.

Terese asintió:

—Correcto.

—¿No va a dar una rueda de prensa hoy, Downing? ¿Para encontrar a un donante?

—Exactamente, Billy, y he aquí el problema.

—¿Cuál?

—El señor Downing ha encontrado al donante.

Seguía con la misma expresión confusa:

—¿Y eso es un problema?

—No, claro que no, si esa persona es el donante. Y si esa persona está diciendo la verdad.

Englehardt miró a Myron. Éste se encogió de hombros y retrocedió hasta delante de la mesa. Dejó el rollo de película en la repisa de la ventana.

—Creo que no la sigo, señora Collins.

—Terese —dijo ella—. Ha salido un hombre que dice que es el donante idóneo.

—¿Y usted cree que miente?

—Déjeme terminar. No sólo dice que es el donante, sino que dice que el motivo por el cual se negaba a donar su médula es el horrible tratamiento que recibió por parte de este centro.

Englehardt casi se cayó de la silla:

—¿Cómo?

—Alega que lo trataron de manera desconsiderada, que su personal fue maleducado con él y que hasta se está planteando presentar una demanda.

—Eso es ridículo.

—Probablemente.

—Miente.

—Probablemente —repitió.

—Y le desenmascararán —insistió Englehardt—. Le harán un análisis de sangre y verán que es un farsante.

—Pero ¿cuándo, Billy?

—¿Cómo?

—¿Cuándo lo harán? ¿Dentro de un día? ¿De una semana? ¿De un mes? Para entonces el daño ya estará hecho. Hoy aparecerá con Greg Downing en la rueda de prensa. Todos los medios estarán allí. Incluso si se acaba demostrando que es falso, nadie se acordará de la rectificación. Lo que quedará es la alegación.

Englehardt se reclinó en su butaca:

—Dios mío.

—Deje que le sea sincera, Billy. Tengo unos cuantos colegas que le creen, pero yo no. Intuyo que anda detrás de la publicidad. Tengo a algunos de mis mejores investigadores escarbando en el pasado de ese hombre. Hasta ahora no han encontrado nada y el tiempo se está acabando.

—Entonces, ¿qué puedo hacer?

—Necesito saber a ciencia cierta que eso no es verdad. No puedo pararlo basándome simplemente en una intuición. Tengo que saberlo con toda seguridad.

—¿Cómo?

Terese se mordió el labio inferior. Pensó con concentración:

—Su base de datos.

Englehardt negó con la cabeza:

—La información que hay aquí es confidencial, ya se lo he explicado antes. No puedo decirles...

—No necesito saber el nombre del donante —se inclinó hacia delante. Myron se apartó todo lo que pudo de la conversación, tratando de no representar ninguna amenaza—. Sencillamente, necesito saber si no es el nombre.

Englehardt parecía dubitativo.

—Yo estoy aquí sentada —dijo—. No puedo ver la pantalla. Malachy está junto a la puerta. —Se volvió hacia Myron—. ¿Tienes la cámara apagada, Malachy?

—Sí, Terese —dijo Myron. La dejó en el suelo para dar mayor tranquilidad.

—Pues le propongo lo siguiente —dijo Terese—. Busque usted a Jeremy Downing en su ordenador. Saldrá un donante. Yo le doy un nombre y usted me dice si el nombre coincide; ¿le parece?

Englehardt seguía dudando.

—Usted no estaría violando la confidencialidad de nadie —añadió—. Nosotros no vemos su pantalla. Si quiere, incluso podemos salir de su despacho mientras lo mira, si lo prefiere.

Englehardt no dijo nada; Terese tampoco. Daba tiempo a su interlocutor. Era la entrevistadora perfecta. Finalmente se volvió hacia Myron.

—Recoge tus cosas —le dijo.

—Esperen. —La mirada de Englehardt se desplazó a derecha e izquierda, arriba y abajo—. ¿Ha dicho Jeremy Downing?

—Sí.

Hizo otra serie rápida de miradas. Cuando vio que no había moros en la costa, se encorvó encima del teclado y tocó las teclas rápidamente. Al cabo de unos segundos preguntó:

—¿Cómo se llama el supuesto donante?

—Victor Johnson.

Englehardt miró a la pantalla y sonrió:

—No es él.

—¿Está seguro?

—Absolutamente.

Terese le devolvió la sonrisa.

—Es lo único que necesitábamos saber.

—¿Lo detendrán?

—Ni siquiera llegará a la rueda de prensa.

Myron recogió el rollo de película y la cámara y ambos salieron apresuradamente pasillo abajo. Una vez fuera se volvió hacia ella y le dijo:

—¿Malachy Throne?

—¿Sabes quién es?

—Hacía de False Face en Batman.

Terese sonrió y asintió con la cabeza:

—¡Muy bien!

—¿Te puedo decir una cosa?

—¿Qué?

—Me pones cachondo cuando hablas de Batman —dijo él.

—Y también cuando no lo hago.

—¿Tratas de decirme algo?

Al cabo de cinco minutos estaban mirando la grabación en el furgón.

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