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Desaparecida

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Z serii: Myron Bolitar #9
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—Los grandes hombres se apartan.

—Quizás en las películas. En los lugares llenos con polvos mágicos, conejos de Pascua y hadas bonitas. Pero en la vida real, el hombre que se aparta es considerado un cobardica de tomo y lomo.

—Entonces por mí, ¿vale? Por Jack. No vayas a ese bar esta noche. Prométemelo.

—Dijo que si no iba, buscaría satisfacción o algo así.

—Es un bocazas. Prométemelo.

Me obligó a mirarla a los ojos.

Titubeé pero no mucho tiempo.

—Vale, no iré.

Ella se volvió para alejarse. No hubo ningún beso, ni siquiera uno en la mejilla.

—¿Ali?

—¿Qué?

El pasillo de pronto pareció muy vacío.

—¿Hemos acabado?

—¿Quieres vivir en Scottsdale?

—¿Quieres que te responda ahora mismo?

—No. Pero yo ya sé la respuesta. Tú también.

3

No estoy muy seguro de cuánto tiempo pasó. Quizás un minuto o dos. Entonces me fui hacia el coche. El cielo estaba gris. La llovizna me mojó. Me detuve por un momento, cerré los ojos y alcé el rostro al cielo. Pensé en Ali. Pensé en Terese en un hotel de lujo de París.

Bajé el rostro, di dos pasos más y fue entonces cuando vi al entrenador Bobby y a sus colegas en un Ford Expedition.

Un suspiro.

Los cuatro estaban allí: el segundo entrenador Pat al volante, el entrenador Bobby en el asiento del copiloto y los otros dos trozos de carne con ojos sentados atrás. Saqué el móvil y apreté la tecla de marcado rápido. Win respondió a la primera.

—Articule —dijo Win.

Es así como responde siempre, incluso cuando ve con toda claridad en el identificador de llamadas que soy yo, y sí, es cabreante.

—Será mejor que des la vuelta.

—Oh —exclamó Win con la voz de un niño feliz en la mañana de Navidad—, bueno, bueno.

—¿Cuánto tardarás?

—Estoy al final de la calle. Sospeché que iba a pasar algo así.

—No le dispares a nadie.

—Sí, mamá.

Mi coche estaba cerca del final del aparcamiento. El Expedition me siguió a marcha lenta. La lluvia arreció un poco. Me pregunté cuál sería su plan —sin duda algo estúpidamente chulesco— y decidí seguirle el juego.

Apareció el Jaguar de Win y esperó en la distancia. Yo conduzco un Ford Taurus, también conocido como El Gallinero. Win detesta mi coche. No quiere sentarse en él. Saqué las llaves y apreté el mando a distancia. El coche hizo el típico ruido y se abrieron las cerraduras. Entré. Entonces el Expedition se movió. Aceleró y se detuvo detrás mismo del Taurus para impedirme la salida. Bobby fue el primero en saltar del vehículo; se acariciaba la barbilla. Sus dos colegas lo siguieron.

Exhalé un suspiro y miré como se acercaban por el espejo retrovisor.

—¿Puedo hacer algo por usted? —pregunté.

—Oí que su chica le metía la bronca —respondió.

—Espiar las conversaciones es de mala educación, entrenador Bobby.

—Me dije que quizás cambiaría de opinión y no aparecería. Así que pensé que podríamos solucionar esto ahora mismo. Aquí.

Bobby acercó su rostro al mío hasta casi tocarlo.

—A menos que sea un gallina.

—¿Ha comido atún?

El Jaguar de Win se detuvo junto al Expedition. Bobby dio un paso atrás y entrecerró los ojos. Win se apeó. Los cuatro hombres lo miraron y fruncieron el entrecejo.

—¿Quién demonios es ése?

Win sonrió y levantó una mano como si lo acabasen de presentar en un programa de entrevistas y quisiese agradecer los aplausos del público presente en el estudio.

—Es un placer estar aquí —dijo—. Muchas gracias a todos.

—Es un amigo —expliqué—. Está aquí para nivelar las probabilidades.

—¿Él? —Bobby rió. El coro lo imitó—. Oh sí, claro.

Salí del coche. Win se acercó un poco más a los tres colegas.

—Le romperé el culo —anunció Bobby.

Me encogí de hombros.

—Le deseo suerte.

—Por aquí hay mucha gente. Hay un claro en el bosque detrás de aquel campo —dijo, y señaló el camino—. Nadie nos molestará allí.

—¿Tendría la bondad de decirme cómo conoce la existencia de ese claro? —preguntó Win.

—Yo fui aquí al instituto. Allí le rompí el culo a mucha gente. —Sacó pecho mientras añadía—: También fui el capitán del equipo de fútbol.

—Qué guay —dijo Win con un tono monótono—. ¿Puedo llevar su cazadora del equipo en el baile de graduación?

Bobby señaló con un dedo gordo en la dirección de Win.

—Tendrá que usarla para quitarse la sangre si no se calla.

Win intentó con todas sus fuerzas no mostrarse demasiado risueño.

Pensé en mi promesa a Ali.

—Somos dos adultos —dije. Me parecía estar escupiendo vidrio molido con cada palabra—. Tendríamos que ser capaces de evitar llegar a las manos, ¿no le parece?

Miré a Win. Win fruncía el entrecejo.

—¿De verdad ha utilizado la expresión «llegar a las manos»?

Bobby apareció en mi espacio personal.

—¿Es un gallina?

Otra vez con la gallina.

Pero soy un gran hombre y los grandes hombres se van. Sí, claro.

—Sí —respondí—. Soy un gallina. ¿Contento?

—¿Lo habéis escuchado, muchachos? Es un gallina.

Hice una mueca pero me mantuve firme. O débil, todo depende de cómo se mire. Sí, el gran hombre. Ése era yo.

Creo que nunca había visto a Win tan desolado.

—¿Le importaría mover ahora el coche para que me pueda marchar? —pregunté.

—Vale —respondió Bobby—, pero se lo avisé.

—¿Me avisó de qué?

Estaba de nuevo en mi espacio personal.

—No quiere pelear, vale. Pero entonces queda abierta la temporada de caza de su chico.

Sentí latir la sangre en mis oídos.

—¿De qué habla?

—El chico espástico que lanzó a la canasta equivocada será el objetivo durante el resto de la temporada. Si tenemos la oportunidad de que falle, la aprovecharemos. Si vemos una oportunidad para meternos en su mente, la usaremos.

No estoy seguro de si me quedé boquiabierto. Miré hacia Win para asegurarme de que había escuchado bien. Win ya no parecía tan desolado. Se frotaba las manos.

Me volví hacia el entrenador.

—¿Habla en serio?

—Como la vida misma.

Repasé mi promesa a Ali buscando un agujero. Después de la lesión que acabó con mi carrera en el baloncesto necesité probarle al mundo que me sentía bien. Así que estudié abogacía en Harvard. Myron Bolitar, el estudiante-atleta, el educado e impecable abogado. Me había licenciado en derecho. Eso significaba que podía encontrar agujeros.

En realidad, ¿qué había prometido hacer? Pensé en las palabras exactas de Ali: «Esta noche no vayas al bar. Prométemelo».

Bueno, eso no era un bar, ¿verdad? Era una zona boscosa detrás de un instituto. Claro, podía estar desafiando la intención de la ley, pero no la letra. Aquí lo importante era la letra.

—Pues vamos allá —dije.

Los seis caminamos hacia el bosque. Win prácticamente daba saltos. A unos veinte metros entre los árboles había un claro. El suelo estaba cubierto de colillas y latas de cerveza. El instituto. Nunca cambia.

Bobby ocupó su lugar en el centro del claro. Levantó el brazo derecho y me hizo un gesto para que me acercase. Lo hice.

—Caballeros —llamó Win—, permítanme un momento de su tiempo antes de que ellos comiencen.

Todas las miradas se volvieron hacia él. Win estaba con el segundo entrenador y los otros dos matones cerca de un árbol.

—Creo que sería una negligencia por mi parte —continuó Win— no ofrecerles este importante consejo.

—¿De qué coño está hablando? —preguntó Bobby.

—No hablo con usted. Este consejo es para sus tres amiguitos. —La mirada de Win recorrió sus rostros—. Quizás se sientan tentados en algún momento de intervenir para ayudar al entrenador Bobby. Ése sería un grave error. El primero que dé aunque solo sea un paso en su dirección acabará hospitalizado. Observen que no he dicho detenido, herido, o siquiera dañado. Hospitalizado.

Todos se limitaron a mirarlo.

—Éste es el final de mi consejo. —Se volvió hacia mí y el entrenador—. Ahora volvamos al asunto que nos ha traído hasta aquí y sigamos con la riña anunciada.

Bobby me miró.

—¿Este tipo es de verdad?

Pero yo ya estaba metido de lleno en el asunto y eso no era bueno. La furia me consumía. Y eso es un error cuando peleas. Hay que calmar un poco las cosas, evitar que el pulso se dispare, conseguir que la descarga de adrenalina no te paralice.

Bobby me miró y por primera vez vi la duda en sus ojos. Pero en ese momento recordé cómo se había reído, cómo había señalado la canasta equivocada, y lo que había dicho:

«¡Eh, chico, hazlo de nuevo!».

Respiré hondo.

Bobby levantó los puños como un boxeador. Yo hice lo propio, aunque mi pose era mucho menos rígida. Mantuve las rodillas flexionadas, salté un poco. Bobby era un tipo muy grande y el matón local y acostumbrado a intimidar a sus oponentes. Pero estaba fuera de su liga.

Unos rápidos apuntes sobre la pelea. Uno, la regla principal: nunca sabes de verdad cómo irá. Cualquiera puede soltar un puñetazo afortunado. Confiarse demasiado es siempre un error. Pero la verdad era que el entrenador no tenía ninguna posibilidad. No digo eso por falsa modestia o por ser repetitivo. A pesar de que los padres en aquellas gradas querían creer en sus entrenadores y sus ligas de tercer grado, superagresivas, los atletas generalmente se gestan en el útero. De acuerdo, necesitas el ansia, el entrenamiento y la práctica, pero la diferencia, la gran diferencia, es la capacidad natural.

 

La naturaleza siempre estará por encima de la preparación.

Yo había sido dotado de unos reflejos rapidísimos y una perfecta coordinación mano-ojo. No fanfarroneo. Es como el color del pelo, la estatura o el oído. Es así. Y aquí ni siquiera hablo de los años de entrenamiento para mejorar mi cuerpo y aprender a pelear. Aunque también es eso.

Bobby hizo lo más previsible. Se acercó y lanzó un golpe abierto. Un golpe abierto carece totalmente de efectividad contra un luchador veterano. Aprendes pronto que cuando peleas en serio, la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Pegas unos golpes estupendos cuando lo sabes.

Me moví un poco a la derecha. No mucho. Lo suficiente para desviar el golpe con la mano izquierda y mantenerme lo bastante cerca para responder. Me metí dentro de la defensa abierta de Bobby. El tiempo se había ralentizado. Podía golpear entre varios objetivos blandos.

Escogí la garganta.

Doblé el brazo derecho y golpeé con el antebrazo en la nuez del cuello.

Bobby soltó un cacareo. La pelea se había acabado en ese instante. Lo sabía, o al menos tendría que haberlo sabido. Tendría que haberme retirado y dejarlo caer jadeando al suelo.

Pero aquella voz burlona seguía sonando en mi cabeza...

«Eh, chico, hazlo de nuevo... El resto de la temporada será un objetivo... Si tenemos una oportunidad para confundirlo, la aprovecharemos... ¡Gallina!»

Tendría que haberlo dejado caer. Tendría que haberle preguntado si ya tenía suficiente y darlo por acabado. Pero en aquel momento se había desbordado la furia. No podía contenerla. Doblé el brazo izquierdo y comencé a girar con todas mis fuerzas en el sentido contrario a las agujas del reloj. Pensaba golpearlo de lleno en el rostro con el codo.

Mientras giraba comprendí que sería un golpe tremendo. La clase de golpe que hunde los huesos de un rostro. La clase de golpe que requiere cirugía y meses de calmantes.

En el último instante recuperé algo de sentido común. No me detuve, pero me contuve un poco. En lugar de pegarle de lleno, mi codo cruzó la nariz de Bobby. Brotó la sangre. Se escuchó un sonido como si alguien hubiese pisado una rama seca.

Bobby se desplomó con todo el peso.

—¡Bobby!

Era el segundo entrenador. Me volví hacia él, levanté las manos con las palmas hacia fuera y grité:

—¡No!

Pero fue demasiado tarde. Pat dio un paso adelante, con el puño en alto.

El cuerpo de Win apenas se movió. Solo la pierna. Descargó un puntapié en la rodilla izquierda de Pat. La articulación se dobló de lado, de una manera en la que nunca debía doblarse. Pat soltó un alarido y cayó al suelo como si le hubiesen disparado.

Win sonrió y arqueó la ceja hacia los otros dos hombres.

—¿El siguiente?

Ninguno de los dos se atrevió siquiera a respirar.

Mi furia se disipó en el acto. Bobby estaba ahora de rodillas, sujetándose la nariz como si fuese un animal herido. Lo miré. Me sorprendió mucho ver como un hombre derrotado se parece a un chiquillo.

—Deje que lo ayude.

La sangre manaba de la nariz a través de los dedos.

—¡Apártese de mí!

—Necesita presionarse la herida. Detener la hemorragia.

—¡Apártese de mí!

Estaba a punto de decir algo en mi defensa cuando sentí una mano en el hombro. Era Win. Sacudió la cabeza como si quisiese decirme: «No sirve de nada». Tenía razón.

Salimos del bosque sin decir palabra.

Cuando llegué a casa una hora más tarde había dos mensajes de voz. Ambos eran breves y concisos. El primero me sorprendió. Las malas noticias viajan rápido en los pueblos.

«No puedo creer que rompieses tu promesa», dijo Ali.

Pues ya estaba.

Exhalé un suspiro. La violencia no resuelve nada. Win tuerce el gesto cuando lo digo, pero la verdad es que cada vez que recurría a la violencia, que solía ser algo bastante frecuente, nunca acababa allí. La violencia se transmite y reverbera. Resuena y su eco nunca parece acallarse.

El segundo mensaje era de Terese:

«Por favor, ven».

Cualquier intento de ocultar la desesperación había desaparecido.

Dos minutos más tarde vibró mi móvil. El identificador de llamadas me dijo que era Win.

—Tenemos un pequeño problema.

—¿Cuál es?

—El segundo entrenador va a necesitar cirugía ortopédica.

—¿Qué pasa con él?

—Es un oficial de policía de Kasselton. Un capitán, para ser precisos, aunque no le pediré llevar su cazadora del equipo en el baile de graduación.

—Vaya.

—Al parecer están pensando en hacer arrestos.

—Ellos comenzaron.

—Oh, sí —dijo Win—, y estoy seguro de que todos en el pueblo aceptarán nuestra palabra frente a la de un capitán de la policía local y tres residentes de toda la vida.

Tenía toda la razón.

—Pero se me ocurre —prosiguió— que podríamos disfrutar de unas semanas en Tailandia mientras mi abogado resuelve este asunto.

—No es mala idea.

—Me han hablado de un nuevo club para caballeros de Bangkok, en la calle Patpong. Podríamos iniciar allí nuestro viaje.

—No lo creo —dije.

—Qué puritano. En cualquier caso, tendrías que desaparecer por un tiempo.

—Ése es mi plan.

Colgamos. Llamé a Air France.

—¿Queda algún billete para el vuelo de esta noche a París?

—¿Su nombre, señor?

—Myron Bolitar.

—Ya tiene usted billete. ¿Desea ventanilla o pasillo?

4

Utilicé los puntos de viajero habitual para conseguir alguna ventaja. No necesito bebidas gratuitas o una comida mejor, pero el espacio para las piernas significa mucho para mí. Cuando viajo en clase turista siempre me toca el asiento entre dos señoras enormes con problemas de espacio, y delante de mí, sin falta, hay una vieja diminuta cuyos pies ni siquiera tocan el suelo, pero que necesita echar el asiento hacia atrás todo lo humanamente posible para llegar casi al orgasmo cuando oye que el respaldo se aplasta contra mis rodillas, tumbándolo al máximo para que pueda pasarme todo el vuelo mirándole la caspa del cuero cabelludo.

No tenía el número de teléfono de Terese, pero recordaba el Hotel D’Aubusson. Llamé y dejé un mensaje en el que le anunciaba que iba de camino. Subí al avión y me puse los auriculares del iPod. Muy pronto me sumí en aquel duermevela de los vuelos, pensando en Ali: la primera vez que salía con una mujer con hijos, nada menos que una viuda, la manera como ella me había dado la espalda después de decir: «Lo nuestro no es para siempre, Myron...».

¿Tenía razón?

Intenté imaginarme la vida sin ella.

¿Amaba a Ali Wilder? Sí.

Había amado a tres mujeres en mi vida. La primera fue Emily Downing, mi novia del colegio universitario Duke. Había acabado por abandonarme en favor de mi rival universitario de Carolina del Norte. Mi segundo amor, lo más cercano a una compañera del alma que he tenido, fue Jessica Culver, una escritora. Jessica también había aplastado mi corazón como si fuese un vaso de plástico; o quizás al final fui yo quien aplastó el suyo. Es difícil saberlo a estas alturas. La había amado con toda mi alma, pero no había sido suficiente. Ahora estaba casada. Con un tipo llamado Stone.[1] Stone. No es broma.

La tercera, bueno, Ali Wilder. Yo había sido el primer hombre con quien ella había salido después de que su marido muriese en la Torre Norte el 11-S. Nuestro amor era fuerte, pero también más sereno, más maduro, y quizás el amor no debía ser así. Sabía que el final dolería pero no sería devastador. Me pregunté si eso también venía con la madurez, o si después de años de que te rompiesen el corazón, de forma natural comenzabas a protegerte.

O quizás Ali tenía razón. Lo nuestro no era para siempre. Así de sencillo.

Hay un viejo dicho yiddish que me parece muy adecuado, aunque no por elección: «El hombre planea, Dios se ríe». Soy todo un ejemplo. Mi vida ya estaba diseñada. Fui una estrella del baloncesto desde la infancia, destinado a ser un jugador de la NBA con los Boston Celtics. Pero en mi primer partido de la pretemporada, Gran Burt Wesson se me llevó por delante y me arruinó la rodilla. Intenté volver, pero hay una gran diferencia entre valentía y efectividad. Mi carrera se acabó antes de pisar la cancha.

También estaba destinado a ser un hombre de familia como lo había sido el hombre que más admiraba en el mundo: Al Bolitar, mi padre. Se había casado con su novia, mi madre, Ellen, se habían ido a vivir al suburbio de Livingston, en Nueva Jersey, y habían criado una familia, trabajado duro y organizado barbacoas en el patio trasero. Así se suponía que sería mi vida: un padre amante, 2,6 hijos, las tardes sentado en aquellas gradas destartaladas mirando a mi propio hijo, quizás un perro, una canasta oxidada en la entrada del garaje, visitas a Home Depot y Modwell’s Sporting Goods los sábados. Ya se hacen una idea.

Pero aquí estoy, pasados los cuarenta, todavía soltero y sin familia.

—¿Le apetece alguna bebida? —me preguntó la azafata.

No soy bebedor, pero pedí un whisky con soda. La copa de Win. Necesitaba algo que me adormeciese un poco, que me ayudase a dormir. Volví a cerrar los ojos. De nuevo al bloqueo. El bloqueo es bueno.

Entonces, ¿dónde encajaba Terese Collins, la mujer por la que estaba cruzando el océano?

Nunca pensaba en Terese en términos de amor. Al menos no de esa manera. Pensaba en su piel tersa y su olor de manteca de cacao. Pensaba en la pena que emanaba de ella a oleadas. Pensaba en la manera como habíamos hecho el amor en aquella isla, dos náufragos. Cuando Win por fin vino a buscarme con un yate para llevarme a casa, era más fuerte gracias al tiempo que habíamos pasado juntos. Ella no. Nos dijimos adiós, pero la historia no había acabado. Terese me ayudó cuando más lo necesitaba, hacía ocho años, y entonces había vuelto a desaparecer con su dolor.

Ahora había regresado.

Durante ocho años, Terese Collins había desaparecido no solo para mí, sino de la vista del público. En los noventa, había sido una figura popular de la televisión, la principal presentadora de la CNN, y de pronto, puf, desapareció.

El avión aterrizó y fue hasta la puerta de desembarque. Cogí mi maleta —no hace falta facturar cuando se va solo por un par de noches— y me pregunté qué me esperaba. Fui el tercero en desembarcar, y con mis pasos largos ocupé de pronto el lugar número uno cuando llegamos a la cola de la aduana e inmigración. Había confiado en pasar sin problemas, pero acababan de aterrizar otros tres vuelos y había un atasco. La cola serpenteaba entre las cuerdas al estilo Disney World. Se movía deprisa. Los agentes en su mayoría dejaban pasar a las personas con un gesto, y solo dedicaban una mirada de trámite a cada pasaporte. Cuando fue mi turno, la funcionaria de inmigración miró mi pasaporte, luego mi cara, otra vez el pasaporte, y de nuevo a mí. Su mirada se demoró. Le sonreí, sin pasarme con el encanto Bolitar. No quería que la pobre mujer comenzase a desnudarse detrás del mostrador.

La funcionaria se volvió como si le hubiese dicho una grosería. Le hizo un gesto a un agente. Cuando me miró de nuevo, deduje que debía mejorar mi juego. Agrandar la sonrisa. Aumentar el encanto de poco a máximo.

—Póngase al lado, por favor —dijo ella con el entrecejo fruncido.

Yo continuaba sonriendo como un idiota.

—¿Por qué?

—Mi colega se ocupará de su caso.

—¿Soy un caso? —pregunté.

—Por favor, póngase al lado.

Estaba reteniendo la cola y los pasajeros de detrás de mí no estaban nada contentos.

Me aparté. El otro agente uniformado dijo:

—Por favor, sígame.

No me gustó, pero, ¿qué podía hacer? Me pregunté, ¿por qué yo? Quizás había una ley francesa contra ser demasiado encantador; tenía que ser eso.

El agente me llevó a un pequeño cuarto sin ventanas. Las paredes desnudas eran de color beige. Había dos ganchos detrás de la puerta que servían de percheros. Las sillas eran de plástico. Había una mesa en un rincón. El agente cogió mi maleta y la puso sobre la mesa. Comenzó a buscar en su interior.

—Vacíese los bolsillos, por favor. Póngalo todo en esta bandeja. Quítese los zapatos.

 

Lo hice. Billetero, BlackBerry, monedas, zapatos.

—Tengo que cachearlo.

Lo hizo muy a fondo. Iba a hacerle un chiste sobre cómo lo estaba disfrutando o quizás decirle que, después, un viaje en un Bateau Mouche no estaría nada mal, pero me pregunté cuál debía de ser el sentido del humor francés. ¿Acaso Jerry Lewis no era aquí un ídolo? Quizás un chiste visual sería más apropiado.

—Por favor, siéntese.

Lo hice. Se marchó, llevándose la bandeja con mis pertenencias. Durante media hora me quedé allí solo, esperando sentado, como se suele decir. No me gustó.

Dos hombres entraron en el cuarto. El primero era joven, veintitantos, apuesto, con el pelo rubio y aquella barba de tres días que los chicos guapos utilizan para parecer más duros. Vestía vaqueros, botas y una camisa con las mangas arremangadas hasta el codo. Se apoyó en la pared, cruzó los brazos sobre el pecho y mascó un palillo.

El segundo hombre tendría unos cincuenta y tantos, con unas grandes gafas con montura de acero y un pelo gris que se acercaba peligrosamente a la calvicie. Se secaba las manos con una toalla de papel cuando entró. Su cazadora de cuero parecía una de aquellas que Members Only vendía en 1986.

Para que después hablen de los franceses y su alta costura.

El tipo mayor llevó la conversación.

—¿Cuál es el propósito de su visita a Francia?

Lo miré, después al mascador del palillo, y de nuevo a él.

—¿Quién es usted?

—Soy el capitán Berleand. Él es el inspector Lefebvre.

Le hizo un gesto a Lefebvre, que masticó el palillo un poco más.

—¿El propósito de su visita? —insistió Berleand—. ¿Negocios o placer?

—Placer.

—¿Dónde se alojará?

—En París.

—¿En qué parte de París?

—En el Hotel D’Aubusson.

No lo anotó. Ninguno de los dos tenía bolígrafo ni papel.

—¿Estará solo? —preguntó Berleand.

—No.

Berleand continuaba secándose las manos con la toalla de papel. Se detuvo, utilizó un dedo para subirse las gafas en el puente de la nariz. Cuando seguí sin decir nada más, se encogió de hombros como diciéndome: «¿Y?».

—Me reuniré con un amigo.

—¿El nombre del amigo?

—¿Es necesario? —pregunté.

—No, señor Bolitar, soy curioso y hago las preguntas sin ninguna razón aparente.

A los franceses les da por el sarcasmo.

—¿El nombre?

—Terese Collins.

—¿Cuál es su ocupación?

—Soy agente.

Berleand pareció confuso. Lefebvre, al parecer, no hablaba inglés.

—Soy representante de actores, atletas, escritores, animadores —expliqué.

Berleand asintió, satisfecho. Se abrió la puerta. El primer agente le dio a Berleand la bandeja con mis pertenencias. Él la dejó en la mesa, junto a mi maleta. Luego comenzó a secarse las manos de nuevo.

—Usted y la señora Collins no viajaron juntos, ¿verdad?

—No, ella ya está en París.

—Comprendo. ¿Cuánto tiempo piensa permanecer en Francia?

—No estoy seguro. Dos, tres noches.

Berleand miró a Lefebvre. Éste asintió, se separó de la pared y fue hacia la puerta. Berleand lo siguió.

—Lamento las molestias —dijo Berleand—. Espero que disfrute de una agradable estancia.